Capítulo 17. Pisa donde piso
Una cornisa de nieve es una mentira bien hecha: parece suelo, y solo es el borde del vacío con buenos modales.
El corredor empezaba a la sombra de un espolón negro y subía en diagonal, entre dos paredes de roca, hasta un collado menor que no figuraba en ninguna conversación de las que Catriona había oído en su vida, y que ella llevaba en la cabeza desde los doce años.
Por encima, a la derecha, el viento había ido colgando la nieve del borde de la ladera como se cuelga una manta de un tendedero: un labio grueso, blanco, que sobresalía sobre el aire. Por debajo corría el único camino.
—Escúchame —dijo ella—. Una vez.
—Soy todo orejas.
—La nieve del borde no se ve. Hay que pensar que está allí. Por eso se camina por el medio y no se habla fuerte. Y por eso —levantó un dedo— pisas donde piso.
—¿Siempre?
—Siempre. Donde pongo la bota, tú pones la bota. Ni un palmo a un lado. Ni «para ahorrar tiempo». Ni «para ayudar al pony». —Lo miró a los ojos—. Si el suelo está firme donde piso, está firme. Donde no he pisado, no lo sé.
—Una filosofía muy completa.
—Es la única.
Él inclinó la cabeza con seriedad, como si recibiera una orden de mando, y a ella se le torció la boca sin permiso.
Subieron.
El aire del corredor era tan seco y tan frío que cada respiración arañaba, y bajo la nieve nueva la vieja sonaba como azúcar pisada. Hasta Hobb, en su sueño, había dejado de quejarse.
Fue lento, y fue limpio. Catriona abría la marcha con el venablo como sonda, clavando el regatón a cada tres pasos, escuchando el sonido que devolvía la nieve: hueco, firme, hueco.
Luego la garrona, con los cascos metidos justo en sus huellas, cabeceando de fastidio, tirando de la parihuela con un cuidado que no le había enseñado nadie.
Y detrás, el último, Cailean, que cumplía la regla con una concentración casi religiosa.
Ella oía su respiración cada vez más larga a su espalda.
Oía también sus botas, y las contaba por costumbre. Una, otra. Una, otra.
A la mitad del corredor, Mala Hierba se paró.
Resopló. Echó las orejas atrás.
—¿Qué? —dijo Cailean.
—Nada. Es… —Catriona miró la cornisa, allá arriba, y vio lo que no había visto. Una línea fina, azulada, de sombra, a lo largo del borde. Una grieta del grosor de un hilo.
—Muévete —dijo—. Ahora. Sin correr.
Pasaron la garrona y ella, despacio. Siguió un silencio de latido.
Detrás, Cailean dio el siguiente paso, y el siguiente, y se detuvo: el extremo de las varas de la parihuela, que arrastraba, se había enganchado en un canto de hielo y tironeaba de Hobb hacia un lado.
Él se agachó para soltarlo. Con la mano buena.
El cuerpo se le fue hacia la izquierda, tres dedos, un palmo, medio paso, hacia el borde donde no había pisado nadie.
Oyó el crujido antes de verlo.
Fue un ruido seco, como el de una rama gruesa que se parte bajo el peso de una carreta.
Después la nieve entera, la cornisa, se descolgó.
No cayó: se inclinó. Cailean se vio, muy despacio, sentado sobre un trozo de suelo que ya no estaba en su sitio, mirando a Catriona con la cara de un hombre que ha olvidado el final de una frase.
El lazo salió solo.
No lo pensó. Llevaba la cuerda de crin colgada del hombro desde hacía tres lunas y su mano la había soltado, abierto el nudo y lanzado el aro antes de que ella supiera por qué.
El aro le cayó sobre el pecho, le bajó por los brazos hasta el costado sano, y ella tiró con el peso entero del cuerpo, con el talón clavado en una grieta de roca, con la otra mano sobre la lanza hincada hasta el regatón.
La cornisa entera se vino abajo con un rugido sordo, un trueno blanco que bajó por la barranca y se llevó el aire consigo.
El lazo se tensó como una cuerda de arco. Ella gritó algo que no recordaría.
Y se acabó. Después del rugido el silencio fue más grande que el rugido, un silencio con el eco de la barranca dentro, y en él se oyó, muy abajo, una piedra que seguía cayendo y cayendo y se decidía por fin.
Colgado del cuello de la ladera, con medio cuerpo sobre la nada y el resto sobre la nieve que quedaba, Cailean tenía el pelo lleno de escarcha, el brazo vendado mal doblado y la boca abierta.
Ella tiró. Tiró otra vez. Él pudo agarrarse a una piedra con la mano buena, y reptó, y llegó a su altura, y se quedó tumbado de espaldas sobre la nieve fresca, resoplando.
—Pisaba donde pisabas —dijo, al fin.
—A un palmo.
—Un palmo no es mucho.
—Un palmo es lo que hay entre el suelo y el aire. —Le temblaban las manos. Se las metió bajo las axilas—. Te dije que sin ayudar al pony.
—Quería ayudar a Hobb.
—Lo sé.
—Me ha parecido que merecía la pena.
—Lo sé —repitió, y se rio, de una manera extraña, con un sonido hacia dentro que casi era llanto.
• • •
El abrigo de roca estaba en el fondo del Coire an t-Sneachda, en una pared de granito gris que el viento llevaba siglos puliendo.
Era una cueva pequeña, seca, con una repisa por donde asomaba la ventisca y bastante espacio para cuatro cuerpos y una garrona.
Olía a granito mojado y a humo viejo de brezo, el olor de los sitios a los que otros han llegado antes y de los que se han ido vivos.
Hicieron fuego con brezo seco y el último tronco de abedul del hatillo.
Hobb, a quien Catriona había dado una infusión de corteza de sauce con un poco de miel, dormía como un niño al fondo.
Cailean se había quitado el cabestrillo y se miraba el brazo vendado como se mira una cuenta mal sumada.
—Llevo una cosa que no te he enseñado —dijo.
Catriona levantó los ojos. No dijo nada.
Él metió la mano en el cinto. Sacó un tubo de cuero, largo como un antebrazo, curtido y sobado de años, con un tapón de madera en el extremo. Lo destapó. Dentro había una vara de avellano, descortezada, blanquísima, del grosor de un dedo, con un anillo de plata en el extremo, sin adornos.
—Domnall me la puso en la mano al morir —dijo—. La llevo desde la capilla. Es la Vara Blanca de Callan.
Ella la miró sin tocarla. No necesitó que le explicaran nada.
Lo entendió con la lentitud con que se entiende que el hielo está hueco cuando ya se ha puesto el pie encima: Odo no quería a Cailean vivo.
Quería lo que Cailean llevaba. Vivo, mientras no se supiera dónde estaba la vara; muerto, en cuanto hubiese una forma de recogerla del suelo.
Las ballestas. Los doce caballos. «Tráelo vivo antes de Santa Lucía.
» Era una orden redactada con la misma cortesía con que se tiende una cuerda a quien va a colgarse de ella.
—Tengo —dijo despacio— que dejar de fiarme de lo que me dicen.
—Tienes que seguir fiándote de lo que ves. Es lo único que te ha salvado la vida.
—A ti.
—A mí también. —Volvió a cerrar el tubo—. Tres veces ya. Lo he contado, que soy hombre de números.
Ella no respondió. Miró las llamas.
—¿Por qué me lo dices? —dijo por fin.
—Porque has borrado tu rastro para que no lo siguieran los lobos, y has pisado sobre el mío para que no me mataran. —Dejó el tubo en el suelo, entre los dos, donde cualquiera de los dos podía alcanzarlo—. Es suficiente.