TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 16. Cómo pierde uno a un lobo
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Capítulo 16. Cómo pierde uno a un lobo

Los lobos no avisan, y por eso avisan siempre otros; aquella noche fue una garrona.

Cailean se enteró de que estaban allí por el caballo.

Es decir, por la garrona: Mala Hierba, que llevaba tres días mordiendo todo lo que se le ponía a tiro, dejó de morder.

Levantó la cabeza, clavó las orejas hacia el barranco y se quedó tiesa, y de pronto era un animal que ya no mordía a nadie porque tenía algo mejor en que pensar.

—¿Por qué allí? —había preguntado él.

—Para que huelan eso y no esto.

—¿Y si el viento…?

—No va a cambiar.

Con la misma seguridad con que aseguraba que la nieve se derretiría en primavera.

Y Cailean, que había aprendido en tres semanas lo que valía esa voz, asó el hígado y el corazón en una piedra plana, con un poco de tomillo seco y sal gris de Beitris, porque un hombre con el estómago vacío es una carga en la nieve y porque nadie, en la historia de la humanidad, ha tenido más derecho a un hígado asado que alguien a quien quieren matar.

Mientras siseaba, el refugio entero olió a casa.

Hobb, desde la parihuela, declaró que moriría contento si le dejaban el trozo más pequeño, y se comió el más grande.

El viento cambió a la hora del primer sueño.

• • •

Los vio primero como se ven las cosas cuando uno no quiere: de reojo. Ojos, bajos, al borde de la luz de la hoguera. Verdes, frías, pausadas. Después uno, dos, cuatro pares. Catriona había bajado al serbal con el arco para comprobar la pieza y llevaba allí un rato demasiado largo.

—Hobb —dijo Cailean, muy bajo, sin girar la cabeza—. Si hay algún santo de tu devoción, ahora.

—Sí, capitán.

—¿Cuál?

—San Huberto. Es el de los cazadores.

—Es lo más parecido que hay.

Cogió una rama de la hoguera por el extremo sin quemar y se plantó delante del muchacho, que seguía tumbado sobre la parihuela con la pierna entablillada, tratando de incorporarse y sin lograrlo.

En la mano izquierda, la antorcha. En la derecha, el cuchillo de monte que ella le había prestado desde el Allt.

Notaba el costado como un puño que se cierra a cada respiración.

Pensó, con una claridad ridícula, que de todas las maneras de morir que había imaginado en treinta años —la horca, la espada, un marido ofendido— ninguna incluía ser el segundo plato de un lobo.

La hembra fue la primera en ceder. Grande, flaca, con la piel de una rata de invierno y los hombros altos. Se acercó con el hocico bajo, olfateando el aire entre ella y él, y se paró a cinco pasos, sin gruñir. Los lobos que gruñen avisan. Los otros están decidiendo.

—Buen perro —dijo Cailean, y se oyó a sí mismo con vergüenza.

El animal saltó.

No fue un salto de fiera, sino un movimiento sin transición: ahora lejos, ahora encima.

Cailean metió el brazo izquierdo entre ambos, como pudo, y la mandíbula se le cerró en el antebrazo con una fuerza que no tenía nada que ver con los chuchos de la perrera de Callan.

El dolor fue blanco. Le hundió la antorcha en el hocico por puro instinto; oyó el crepitar del pelo, olió a pelo quemado, y la presión cedió con un aullido.

Detrás, Mala Hierba chillaba como un cerdo al que degüellan. Hobb gritaba. Dos lobos más se habían acercado por los flancos, y Cailean no tenía manos suficientes ni cabeza para el tercero.

Entonces oyó el silbido.

Era largo y bajo, de dos tonos, un sonido de caza que Catriona sacaba de entre los dientes y que se parecía muchísimo a un animal herido.

Se repitió. Desde el barranco llegó un resplandor, y luego otro: ella, de pie sobre la nieve, con una antorcha en alto en una mano y en la otra una cuerda larga tendida hacia atrás.

Y al final de la cuerda, arrastrándose por la nieve dejando un rastro oscuro, la cierva colgada del serbal.

Todos los lobos volvieron la cabeza a la vez.

—Quietos —dijo ella, no a ellos sino a él, sin levantar la voz—. No os mováis.

Dio un paso atrás. Tiró de la cuerda. La cierva, despellejada a medias, dejó una línea roja sobre el blanco, oliendo a muerte tibia, y los lobos olvidaron en un solo suspiro que existiera nada más.

Fueron tras ella como si estuvieran atados.

Catriona retrocedió, silbando, tirando de la cierva a lo largo del barranco, y el último destello de su antorcha se perdió entre las rocas, seguido de una larga, larga hilera de sombras.

El silencio fue como un oído tapado. Se oyó, muy lejos, el primer gruñido de una disputa por el hígado.

• • •

Volvió al rato, corriendo, sin antorcha y sin cuerda, con escarcha en el pelo, ramitas de serbal en la ropa y un olor a sangre ajena, con la respiración rota y la trenza deshecha. Se paró en el borde de la luz. Miró a Hobb, miró a la garrona, y por último a él, y el último fue el más largo.

—Los he dejado en la hondonada del norte —dijo—. Tienen para toda la noche. Déjame ver.

—Gracias —dijo Cailean, con el antebrazo goteando sobre la nieve—. No tenía ganas de ser cena.

—Lo sé. —Le tomó el brazo, y lo hizo con una delicadeza que no le había visto con nada vivo.

Lo giró bajo el resplandor de la hoguera. Cinco agujeros en el antebrazo, uno más ancho, con el borde de la piel desgarrado. Sangraba mucho, y bien.

—Yo también he ayudado —dijo Hobb desde su parihuela, con los ojos como platos—. Rezando.

—Mucho —dijo Cailean—. No se te oía desde aquí.

—No es hondo —dijo ella—. Pero está sucio. Lo sé lavar. Lo demás no.

—¿Lo demás?

—Coser. No sé. No puedo. —Apartó la vista, un instante, hacia la pared—. Una vez lo intenté con un perro de mi padre. El perro no me lo perdonó.

—Dame la aguja.

Ella lo miró. Fuera, entre las rocas, la riña por el hígado subía y bajaba como una marea.

—La que usas para los lazos —dijo él—. De hueso. Y crin. Dame, que yo me coso solo.

—No lo has hecho nunca.

—He cosido tres mil sacos de harina y una vez una oveja. Es la misma técnica, con menos protestas.

Pasó la aguja de hueso por el borde de la piel y la crin tiró con un sonido de cuerda de arpa, un sonido que no debería existir dentro de un brazo.

Mientras ella le lavaba la herida con agua tibia, le rellenaba los agujeros de musgo apretado y miel de un cuerno que sacó de la bolsa, y lo vendaba flojo para que respirase, él le fue contando, con voz de hombre que se habla a sí mismo, lo que hacía: que se pinchaba, que dolía, que la crin tiene mala memoria, que si había una orden de caballería que se dedicara a eso, él habría sido su gran maestre.

No paró. Ni cuando le temblaron los dedos, ni cuando el hueso rozó donde no debía.

No paraba porque, si paraba, oía su propio corazón y le parecía una cosa muy desagradable.

Catriona sostuvo la luz sin mirar. Cuando él tendió el último hilo y le pidió el nudo, ella lo hizo: un nudo de monte, corredizo y firme, el que se le hace al lazo de una trampa. Lo apretó. Tenía las manos frías y callosas contra su muñeca.

—Ya está —dijo, sin soltarlo—. Estás en mi cuenta.