Capítulo 15. La nieve primera
La nieve escribe más claro que el barro, y eso, para quien sabe leer, es una condena: ya no se puede decir que no se ha visto.
Cayó por primera vez el sexto día de noviembre, cuando dejaron el último pinar y empezaron a subir hacia la Lairig Fhada.
No fue una nevada de verdad. Olía a hierro y a harina, el olor que tiene la nieve cuando aún no ha decidido si va a quedarse.
Fue una advertencia: copos gordos y lentos que se posaban en la lana, en las crines de Mala Hierba, en las pestañas de Cailean, y se quedaban allí, sin derretirse, para que se notara.
—Es bonita —dijo Hobb, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta.
—Cierra la boca —dijo Catriona—. Se te va a llenar de invierno.
—¿Eso es malo?
—Es frío.
Llevaban nueve días de monte desde Tom na Croiche, dando rodeos por cañadas, durmiendo bajo salientes de roca, enterrando las brasas antes de que amaneciera.
Nueve días de patrullas oídas y no vistas.
Y nueve días en los que Cailean había cumplido con una puntualidad de herrero lo que prometió en la carbonera: hablar de cebada.
De la cebada, de la avena, de cómo se tuesta el grano para que huela, de por qué el pan de centeno es el pan de los viejos.
Ni una palabra de nada más. Ella lo escuchaba, subía, bajaba, hacía comprobaciones inútiles con la pértiga o con la cuerda, y cada noche se acostaba un poco más cerca de donde había estado la anterior, sin que ninguno de los dos dijera nada de eso tampoco.
Era, pensaba, un modo de callar muy bien trabajado. Tardó una semana en darse cuenta de que él lo hacía a propósito. Que la cebada era una cortesía. Que, mientras ella no dijera «hablemos», él iba a hablar de cereal hasta el día del juicio.
Eso la irritaba un poco. Y la tranquilizaba mucho más.
—Estas botas —dijo él ahora, a su espalda, con un resuello— no son botas. Son una opinión desfavorable sobre mis pies.
—Te las dio Beitris.
—Beitris me odia.
—No te odia. Te ha apuntado en una lista.
—Eso es peor.
Se oyó entonces un ruido, ni grande ni fuerte, un chasquido de piedra suelta, y luego algo que no era piedra: un grito corto de muchacho.
• • •
Hobb estaba cuarenta pasos más abajo, sentado en la ladera, con la cara vuelta hacia la pierna derecha y una sonrisa de disculpa que no le duró ni un latido.
La escombrera era vieja y la nieve fina la había dejado traidora: una capa de polvo blanco sobre cantos sueltos.
Había pisado fuera de la senda, justo donde ella le había dicho que no pisara.
Catriona llegó resbalando, se dejó caer de rodillas y le palpó la pierna sin pedir permiso.
Lo sintió antes de verlo: el hueso no estaba donde debía, debajo de la lana, a un palmo del tobillo.
—No pasa nada —dijo Hobb—. De verdad. Es solo… Ay.
—Tibia —dijo ella—. Limpia, creo. Por el sitio.
—¿Eso es bueno?
—Es mejor que sucia.
Cailean ya estaba allí. Se había arrodillado detrás del muchacho, le había pasado los brazos bajo las axilas y le hablaba sin parar, con esa voz de cocina, de olla en el fuego, que le salía cuando algo iba mal: que no mirase, que mirase al cielo, que contase los copos.
Hobb contaba. Cada vez que llegaba a un número, Cailean le decía que era un número excelente, y a Catriona le pareció que no mentía: había en esa voz algo como un tablón sobre el que se podía cruzar un río. Llegó a diecisiete.
Catriona cortó dos varas de avellano con el cuchillo de monte, las descortezó a ojo, las acolchó con un trozo de capa.
Ató la pierna con tres lazos de crin, firmes y sin apretar, con el nudo de montero que se hace sobre una pata de ciervo.
Mientras lo hacía no pensaba en el hueso, sino en lo que venía detrás: una pierna rota y una nevada en la Lairig.
Era el tipo de cuenta que no sale por mucho que se repita.
—Duele —dijo Hobb, con voz pequeña.
—Va a doler todo el camino.
—Gracias por la sinceridad.
—Es lo que tengo.
Fabricaron una parihuela con dos varas largas y la capa verde de Cailean, atada a los costados de Mala Hierba.
La garrona miró la maniobra con cara de teólogo ofendido.
Mordió el aire, luego a la parihuela, luego, con una dedicación especial, el codo de Cailean; después se dejó cargar, porque Catriona le puso la mano entre las orejas y le dijo una palabra que solo ella entendía.
—Me odia —dijo Cailean, frotándose el codo.
—A todos.
—A mí con más gusto.
—Eso es verdad.
Pero él sonreía, y a ella se le olvidó, por un momento, la cuenta.
• • •
Subieron despacio hasta el collado. Tardaron toda la tarde.
Cuando llegaron, el viento había rodado el cielo hacia el oeste y la luz era larga, de cobre sucio, y la Lairig se abrió ante ellos como una calle sin casas: un valle ancho, cubierto de nieve fina, entre dos hombros de monte ocres y negros, que bajaba hacia un horizonte que se perdía en una bruma azul.
Allí arriba el aire no olía a nada, y sabía a cuchillo limpio.
Catriona no tenía palabras para esa vista; nunca las había necesitado. Había cazado aquí con su padre cuando era niña. Aquí había tirado su primer ciervo. Aquí le había enseñado él a reconocer un paso de lobo de un paso de perro: «El perro pisa para quedarse; el lobo pisa para seguir».
Se agachó. La nieve, fina como harina, lo había anotado todo.
—Lobos —dijo—. Cinco. Una hembra delante, pesada. Dos jóvenes. Pasaron anoche. —Movió la mano a la derecha—. Ciervos. Hace un día. Y esto…
Se quedó callada.
Cailean se puso en cuclillas a su lado, sin tocar nada, sin hablar, que en él era un gesto de respeto. Ella señaló con la púa.
Era una línea de huellas, anchas y hondas, que llegaba desde el sur, cruzaba el collado por la cresta de la derecha y desaparecía al bajar, como una cinta.
Caballos. Herraduras de punta fina, de las que salen de las herrerías de los francos.
Muchos. Un tropel que no había subido al collado, sino que lo había rodeado por el flanco, con cuidado, con una paciencia casi cortés, hacia el valle de abajo.
—Doce caballos —dijo, siguiendo la línea con la púa sin llegar a tocarla—. Cargados: llevan más peso que un jinete. Cota, y algo largo a la espalda que les hace ladear el paso. Ballestas.
—Doce —repitió Cailean—. Para uno que no sabe pisar y una que no sabe mentir. Es un halago.
—Han pasado hace dos días. Van por el pie del monte, no por el paso. No suben. No les hace falta. Han hecho la cuenta, que es lo que hace un hombre que ya sabe adónde va, y han ido a esperar a la otra boca.
—Y tú tienes otra salida.
No era una pregunta. Ella no contestó. Sentía su mirada en la nuca, la misma que ponía para decidir si a una cebolla le quedaba algo bueno por dentro.
—La Lairig es mía —dijo al fin—. Lo dije.
—Lo dijiste.
—Pues eso.
Se quedaron un rato más en cuclillas, mirando.
Un copo cayó sobre el rastro de las herraduras y se quedó allí.
Luego otro. Había tiempo: la nieve, que lo escribe todo, también lo borra, y en dos noches no quedaría de aquella cinta ni la sombra.
Pero ella la habría visto, y eso, para ella, no se deshacía.
Cailean ya no dijo nada. Hobb, en la parihuela, pálido, abrió los ojos y preguntó qué pasaba.
—Nada —dijo ella.
Pero miraba el rastro de los caballos, la cinta larga y limpia sobre la nieve, y la nieve le devolvía lo que había querido ignorar desde Tom na Croiche.
—Nos esperan —dijo— en la otra boca de la Lairig.