TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 14. Humo y sal
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Capítulo 14. Humo y sal

Todo guiso soso se arregla con un puñado de sal, y a las personas les pasa lo mismo, solo que el puñado es más difícil de medir.

Cailean llevaba la mañana entera haciendo como si no hubiera pasado nada, lo cual era complicado, porque había pasado.

Catriona había dormido tres horas con la espalda contra el montón de carbón, y al despertar había comprobado el humo, el viento y la altura del sol, en ese orden, y a él ni una vez.

Le había dado los buenos días mirando una rama.

Él, que habría podido escribir un libro sobre las formas de no hablar de una cosa, estaba impresionado.

—Cebada —dijo a nadie en particular, removiendo el cazo—. Con tuétano de la liebre de ayer. Una cebada limpia, honesta, sin ninguna intención.

—Huele bien —dijo ella, mirando el cielo.

—Gracias. Es la cebada.

A mediodía llegó Òran, solo, con un saco al hombro y a Mala Hierba tirando de él por una cuerda, y más que una visita parecía un secuestro al revés.

La garrona se paró en seco a dos pasos de Cailean, le enseñó los dientes y, acto seguido, con una majestad pasmosa, se acercó a Catriona y le puso el hocico en la axila.

—Beitris manda esto —dijo Òran, tirando el saco al suelo—. El rocín del chico se queda en su cuadra, que un caballo de guarnición se ve a dos leguas. Sal gris, queso, un pedazo de tocino. Y dice que las patrullas se han ido al valle de abajo. Mañana, de noche, podéis iros.

—Dile que gracias —dijo Catriona.

—Ya se lo dirás tú. Dice que vuelvas, que le caes bien. A ti, a él no. —Señaló a Cailean con la barbilla—. A él lo ha apuntado en la lista de los que hablan demasiado, que es corta pero muy gloriosa. Y si se muere, que no sea en mi leña, que da mala fortuna a los montones.

Y se fue colina abajo, con el paso de quien no ha dicho nada que no pensara.

• • •

Lo del amanecer no lo había olvidado nadie.

Se habían quedado mirándose junto a un montón de carbón, con la niebla subiendo, y después ella se había levantado como si la hubiera llamado alguien y se había puesto a revisar el humo con una atención que no necesitaba.

Él había aprendido en la cocina de Callan que lo que no se nombra no se enfría: se queda en el fondo, a fuego muy lento, y espera.

Cailean cocinó durante toda la tarde. No tenía otra manera de pensar.

El humo del carbón se le metía en los ojos y en la ropa, un humo de roble dulce que sabía a pan quemado, y de vez en cuando miraba hacia el montón por si el montón tenía algo que decir.

Había traído una olla de hierro prestada y una sartén de barro, y mientras se ahumaba los ojos sobre el fuego iba contándose los hechos como quien cuenta una paga corta.

Hecho primero: había besado a tres mujeres en treinta años, y una de ellas le había mordido.

Hecho segundo: no había nada en el mundo más estúpido que enamorarse de la mujer que te lleva a la horca.

Hecho tercero: la mujer lo miraba, de reojo, cuando creía que él estaba distraído, igual que mira un cazador a un ciervo que no sabe si es suyo.

Hecho cuarto, y definitivo: se estaba quedando sin sal en la conversación.

Hobb, tras la cena, que consistió en cebada y silencio a partes iguales, se llevó el cazo a la choza con una excusa sobre fregar, y no volvió.

Cailean lo vio irse con la cara de un perro que sale del cuarto sabiendo que sobra: demasiado concentrado en no mirar.

Quedaron los dos junto al montón. La noche había caído, y con la oscuridad el carbón empezó a mostrar su secreto: por las rendijas de la turba se le veía dentro el rojo, finísimo, como el reflejo de un rayo dentro de una piedra.

Catriona se arrodilló junto a una de las bocas. Metió la pértiga. Sacó la pértiga.

—Está bien —dijo—. Respira.

—Qué suerte, la carbonera.

Ella se rio. Una risa corta, hacia dentro.

La primera que él le oía, y le entró por el pecho de golpe, como un sorbo de licor fuerte tomado con hambre.

Se acercó. Se puso de rodillas al lado, a un palmo, con el calor del carbón en la cara y el frío del monte en la espalda.

Ella olía a humo y a pelo de pony y a algo seco y limpio, como la ropa que ha pasado el día al aire.

—Voy a besarte —dijo—. Para que no te pille de sorpresa.

Ella dejó de mover la pértiga.

—Si dices que no —continuó, deprisa, porque cuando se ponía nervioso la lengua le trabajaba de más—, no pasa nada.

Me voy a ver si Hobb ha quemado el cazo.

Y mañana hablaremos de cebada, que es un tema seguro y del que sé mucho.

Pero te lo digo ahora porque llevo dos días mirándote la boca mientras me contestas con monosílabos y ya no puedo más, y me parece de mala educación hacerlo sin avisar.

—¿Dos días?

—Tres. Pero el primero estaba herido y no cuenta.

Catriona lo miró. A la luz del carbón tenía los ojos del color del ámbar, y la cara de quien lee una huella nueva y no la conoce todavía. Fue un momento largo. Luego dejó la pértiga en el suelo, con mucho cuidado.

—Puedes —dijo.

Él la besó. Muy despacio, casi como si preguntara otra vez. Tenía la boca fría y sabía a humo, y a sal, porque se había pasado la tarde probando el guiso. Ella no se movió, y Cailean, que había calculado todos los desenlaces menos aquel, se separó un dedo, dispuesto a pedir perdón en tres lenguas.

Entonces notó la mano. Se le posó en la nuca, áspera, cálida, de dedos de cuerda, y tiró de él hacia atrás con la misma seguridad que usaba con los lazos.

Esta vez el beso no tuvo ninguna pregunta.

Fue lento, entero, con un frío en las costillas y un fuego en todo lo demás.

A su espalda el montón crepitó, un suspiro de brasa, y ninguno de los dos le hizo caso.

Le sostuvo la cara con una mano, torpemente, como quien sujeta algo que teme romper o que teme que se escape.

Algo se le cayó dentro, muy hondo, y no era el cazo.

Cailean había pensado, alguna vez, que sabía lo que era besar a alguien.

Era una creencia razonable, apoyada en la experiencia.

Ahora comprobaba que había confundido el oficio con el arte: aquello no era una cuestión de boca, sino de saber que la otra persona, mientras tanto, estaba decidiendo. Y que decidía a favor.

Se separaron por fin. Ella tenía los ojos abiertos de par en par.

—Los has tenido abiertos todo el rato —dijo él, sin aliento.

—Estaba… leyendo.

—Qué terrible oficio. Lo hago mejor cuando no me miras.

—No lo has hecho mal.

—Gracias. Es la cebada.

Catriona se levantó de golpe, se sacudió la túnica, miró el montón con una concentración sospechosamente repentina y dijo, con mucha solemnidad, que había que vigilar el fuego.

Y se fue a vigilarlo. Dio la vuelta entera, despacio, una vez, dos veces, a una distancia razonable de él, metiendo la pértiga en cada boca.

Cailean se quedó de rodillas junto al carbón, con la boca sabiéndole a humo y a ella, y los dedos de la mano derecha tan torpes como si le hubieran quitado el guante.

—Es azul —oyó que decía desde el otro lado, con una voz un poco ronca—. El humo. Es azul, y fino. Perfecto.

—Me alegro mucho —dijo él.

—Eso quería decir.

—Lo sé.

Se oyó entonces, desde la choza, un carraspeo largo y estudiado, como el de un hombre que ha llevado un buen rato aguantando la respiración.

—Yo no he visto nada —dijo la voz de Hobb—. Soy muy ciego de noche.