TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 13. El fuego del carbonero
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Capítulo 13. El fuego del carbonero

Una carbonera es un animal que se hace el dormido, y hay que respetarla como a cualquier bicho que puede matarte sin cambiar de postura.

Òrd los dejó a la caída de la tarde en un hueco del monte, a media legua de la aldea, donde nadie subía salvo a quemar.

El montón era del tamaño de una era pequeña: un cono de troncos de abedul y roble colocados en pie, cubierto de turba y tierra, con un hilo de humo azul subiéndole por la cima.

Junto a él, una choza de ramas con un jergón de helechos.

El resto era silencio y la sensación de estar dentro de un secreto.

—Hay que mirarla cada pocas horas —dijo el gigante, sin dejar de rascarse el hollín de la oreja—. De noche, más. Si el humo sale blanco y espeso, está húmeda: tápala. Si sale azul y fino, déjala. Si sale amarillo, corre.

—¿Adónde? —preguntó Hobb.

—Lejos. Un montón que prende es una hoguera que ha esperado tres días para enfadarse. Y no la mires fija, que se sofoca.

—¿El montón?

—El que la mira. —Òrd se encogió de hombros hasta las orejas—. Mi hermano dice que es el montón. Mi hermano se equivoca.

Se fue colina abajo sin despedirse, como se van los que han hecho un favor y les incomoda que se lo agradezcan. Cailean miró el cono humeante con la cara que ponía ante una olla nueva.

—Turnos —dijo Catriona—. Hobb primero. Luego tú. Yo al alba.

—¿Y si me duermo? —preguntó Hobb.

—Te despertará el humo. No te va a gustar el color.

—¿Por qué yo en medio?

—Porque eres el que más habla. Así a media noche no te quedas dormido.

—Ese razonamiento —dijo él— es una injuria disfrazada de lógica.

Pero se echó en el jergón con la capa verde por encima y no volvió a protestar. Hobb se sentó junto al fuego con un palo largo en el regazo, muy serio, centinela de un secreto de Estado.

• • •

Se despertó sola, a oscuras, sin saber qué hora era. Olía a humo dulce y a madera cociéndose sin llama, un olor casi de pan, y se le ocurrió, con una irritación que no esperaba, que a él le habría gustado.

Eso le pasaba pocas veces. Su cuerpo sabía la hora por el frío, por el canto de los pájaros que todavía no cantaban, por un rumor de hojas distinto. Esa noche el monte callaba, y ella se quedó quieta con los ojos abiertos, contando algo por costumbre.

Y no encontró nada que contar.

Sacó la tablilla de boj del cinturón y la acercó a la luz de la hoguera.

Cada noche, desde los dieciocho años, rayaba en el borde una marca.

Una por día de rastro, una por día de caza, una por día sin su padre.

Y desde hacía una semana, o más, el borde estaba limpio. Ni una raya desde el vado del Allt.

Cuarenta y siete días hasta Santa Lucía. Lo sabía como se sabe el peso de la propia mochila. Pero no había sido capaz de rayarlos, y no sabía desde cuándo.

Se levantó y fue hasta el montón. Hobb dormía sentado con la barbilla sobre el palo, y el humo, azul y fino, subía derecho como una oración de buen carbonero.

Lo comprobó metiendo el extremo de una pértiga en la tapa de turba: nada, un aliento tibio.

Llevó a Hobb a la choza a medio peso, sin que despertara, y decidió que la guardia del medio también sería suya. Luego miró a Cailean.

Dormía de espaldas, con un brazo bajo la cabeza y el otro sobre el vendaje del costado, y la cara, por una vez, sin sonrisa.

Eso la sorprendió más de lo que esperaba.

Sin la sonrisa, tenía la boca un poco torcida, como quien ha aprendido a esperar un golpe, y entre las cejas la señal de una pregunta que de día no le dejaba hacer a nadie.

Lo había seguido diez días antes de verlo.

Después lo había tenido atado, vendado, vigilado.

Había leído sus huellas, su manera de apoyar el peso en la pierna izquierda, el modo en que cojeaba un poco cuando fingía que no.

Sabía dónde le dolía y qué cantaba cuando creía que dormía todo el mundo: una nana de pastores con tres notas y un estribillo de ovejas, bajito y mal, que ella, sin tener oído para nada que no fuera un rastro, había aprendido sin querer.

Y no había contado los días.

Le pareció, con una frialdad que se le asentó en el estómago, que alguien le había movido el rastro sin que ella lo notara. Y que, en lugar de enfadarse, lo estaba mirando dormir.

• • •

Al alba, la niebla subió desde el barranco y se quedó pegada a la turba. Cailean se despertó solo, sin que nadie lo llamara, con una exactitud que ella no habría esperado de un hombre tan poco disciplinado, y salió a relevarla con la capa a medio poner y un pelo en cada dirección.

—Vete a dormir —dijo.

—No tengo sueño.

—Entonces siéntate, que me pones nervioso de pie.

Se sentó. Dejaron al montón humear a medio paso de ellos, azul y tranquilo.

Hobb roncaba bajito en la choza. Cailean tenía las manos extendidas hacia el calor, con los dedos abiertos, esos dedos largos de amasar que en una espada habrían sido un estorbo y en un cuenco eran un argumento, y el vendaje del costado tirándole un poco la camisa.

—Dime —dijo Catriona, sin mirarlo— cómo es que uno nace sin sitio.

Él tardó en contestar. Era la primera pregunta que ella le hacía sin que hubiera una razón táctica detrás, y Cailean lo supo, porque se le quitó la sonrisa de la cara.

—Se aprende a cocinar —dijo.

—No es una respuesta.

—Es la única que tengo. —Removió el fuego con una ramita—.

Mira. Si naces en la casa de un hombre y no en su familia, te sientas al borde de la mesa y esperas a que alguien te mande a otro sitio.

Y alguien te manda siempre. Entonces descubres que el que cocina nunca es el que sobra.

Que el que hace la comida de todos tiene un sitio junto al fuego, aunque no tenga apellido, porque sin él se cena frío.

Es una trampa muy limpia. Yo la usé con dieciséis años. Con treinta me sigue funcionando.

—¿Y te basta?

—No. —Dijo esa sola palabra y no añadió nada, lo cual en él era un acontecimiento—. Pero llena la tripa. Es lo que tiene el pan: no pregunta de quién eres.

Catriona asintió. Pensó en la casa del Allt Bàn, en la mesa de dos, en la silla del padre que ella no había querido mover en cuatro años. Había sido una casa con sitio de sobra. Y él, que había nacido sin ninguno, le había hecho uno al borde de su propia mesa.

—Yo tenía uno —dijo—. Se me murió con él.

—Eso es peor.

—Un poco.

—No sé —dijo Cailean, con un bostezo que le cogió por sorpresa—.

Yo, por lo menos, nunca he tenido que perder lo que…

—Se le fue la voz. Apoyó la espalda contra el tronco del abedul que hacía de poste de la choza, y todavía dijo algo sobre una olla de hierro y una cocinera que se llamaba Seonaid, y la frase se le desmoronó por el medio, y se durmió.

En mitad de una palabra. Como se cae un árbol cuando le han cortado todo menos la corteza.

Catriona se quedó mirándolo, sin moverse, con la púa en una mano y la tablilla en la otra. El humo azul subía. La niebla se iba aclarando, color de leche, color de perla. Pasó un rato largo, o no tanto.

Entonces él abrió los ojos.

No parpadeó. No sonrió. Estaba a un brazo de ella, con las pestañas húmedas de niebla, y la miraba como se mira un camino que ya no se puede dejar de mirar.

Ninguno de los dos apartó la vista.