TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 12. Dos carboneros discuten
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Capítulo 12. Dos carboneros discuten

Dos hombres que se pelean de verdad convencen más que diez que mienten bien, y los gemelos de Tom na Croiche llevaban cuarenta años de ensayo.

Cailean no vio la lanza, pero la oyó: un roce de fresno contra corteza, a un palmo de la oreja de Catriona.

Notó cómo ella dejaba de respirar. Él, por su parte, no recordaba haber respirado nunca.

Tenía el costado izquierdo apretado contra un tronco y el derecho apretado contra ella, y entre una cosa y otra la herida le latía como un segundo corazón de peor carácter.

La punta se retiró un dedo. Volvió a entrar.

—Aquí hay madera —dijo la voz que mascaba ajo—. Mucha madera.

—Es una leñera —dijo Beitris—. Para eso la hacemos.

—Sargento, sondea esa pila.

Fue entonces cuando, al otro lado del patio, Òrd dijo:

—¿Que esa lanza va a tocar mi pila? ¡Mi pila!

—Tu pila —respondió Òran, con un desprecio que no había aprendido sino heredado— la apilé yo.

—La cortaste tú, que no es lo mismo, y la cortaste mal. Y además yo nací primero.

—Eso no viene a cuento.

—¡Todo viene a cuento si nací primero!

Siguió un ruido como de dos árboles que se discuten el mismo claro.

Algo de madera cayó al suelo. Alguien aulló.

La lanza abandonó la rendija con una prisa casi cómica y Cailean, con la boca contra el pelo de Catriona, sintió que ella temblaba por dentro, de risa o de miedo; con ella no era fácil distinguirlo.

—¡Eh, vosotros! —gritó el sargento—. ¡Quietos!

—¡Que decida el sargento! —bramó Òrd—. ¡Él es hombre de ley! ¡Dinos quién salió primero!

—Yo no…

—Salimos de madrugada. Nuestra madre decía que él asomó el pie y yo la cabeza. ¿Qué sale primero, el pie o la cabeza?

—El que no estorba —sugirió Beitris.

—¡Ahí tienes!

—Es un problema de la partera, no de mi cargo —dijo el sargento, con un tono más agudo que al principio.

—La partera está muerta.

—Pues entonces…

—Nuestra madre también. Por eso hay que decidir nosotros. ¡Y tú, normando, que has venido aquí a meterte en lo que no te importa, vas a ser el testigo!

Sonó una bofetada como un portazo. Alguien se rio, un soldado.

Después otro. Cailean, que había guisado para cuarenta hombres con resaca, reconoció el momento exacto en que un grupo de hombres armados decide que ya ha tenido bastante entretenimiento.

La voz del ajo gruñó algo corto en francés, y el ruido de botas empezó a alejarse.

Todavía se oyó, antes del silencio, al sargento decirle a alguien que no valía la pena, que eran dos bestias, y a Òran preguntar, ofendidísimo, si él también era una bestia o solo su hermano.

• • •

Ninguno de los dos se movió. Era lo prudente. Era también, Cailean lo admitió después a regañadientes, lo que ambos querían.

La voz volvió a sonar a unos pasos, ahora más baja, y esta vez habló en el francés de los guardianes de castillo, ese que los normandos usan delante de gente que supone que no entiende.

Él lo entendía. Había cenado seis inviernos oyéndolo, en la mesa baja del salón, entre la sal y los criados, donde un bastardo aprende pronto qué se dice en francés para que él no se entere.

—…ni rastro de ella ni del preso, Gaultier, pero la vieja miente peor que un niño. No importa. El mensajero era claro: dijo la Lairig. Si es verdad, estarán en el collado dentro de dos semanas, tres si nieva.

—¿Y si no es verdad?

—Es verdad. Los tratantes de pieles son gente de palabra cuando se les paga.

—Una risa seca—. La Lairig tiene dos bocas.

Yo me quedo en la de abajo, la del lado de Gleann Bàn, que es donde un hombre que huye querrá salir.

Tú sube a esperarlos por arriba y no hagas nada hasta que los veas.

Y al escudero, si aparece, tráemelo. No ha mandado una nota en una semana.

O es traidor o es tonto, y no sé cuál de las dos cosas me tranquiliza menos.

Pasos. Más pasos. Un silencio más hondo y, por fin, la tos de Beitris.

—Ya podéis salir —dijo.

—¿Qué te han preguntado? —dijo Cailean, al que la pierna se le había dormido hasta el tobillo.

—Por una rastreadora y su preso. —Beitris escupió a un lado, con precisión—. Les he dicho que aquí solo tenemos leña, carbón y mentirosos, y que si querían un rastreador mejor que se compraran un perro.

Salieron como se sale de un parto, rígidos, con astillas de abedul en el pelo.

Los gemelos desmontaron la pila sin preguntar nada: tenían las caras negras de hollín y un ojo morado cada uno, y un aire de felicidad profunda.

Òrd ofreció un trozo de pan duro a Catriona. Òran, el mismo trozo, de la otra mano.

—Os habéis pegado de verdad —dijo Cailean.

—Siempre —dijo Òrd.

—Hacía semanas que no teníamos público —dijo Òran.

El rocín bayo del muchacho, que llevaba la marca de la cuadra del condestable en la grupa, había pasado la tarde en el fondo de una pocilga, cubierto de paja y de resignación.

Hobb salió del establo con la cara tan blanca que se le veían las pecas.

Mala Hierba le había mordido la manga para impedirle moverse.

Dijo que creía que había sido una táctica.

• • •

Él había pasado media vida entre gente que se calla mal: soldados que carraspean, damas que suspiran, criados que se toman un respiro después de cada frase para que se note.

Catriona callaba como callan los animales, sin adorno y sin intención de que nadie se lo agradeciera.

Era un silencio tan completo que a veces él lo oía, y se descubría rellenándolo con tonterías, igual que se tapa un hoyo con lo primero que haya a mano.

Fuera ladró un perro y alguien lo mandó callar con una patada; Cailean, que sabía contar las mentiras en la voz de la gente, contó tres vecinos que no iban a dormir esa noche.

Esperaron a que anocheciera en el cuarto trasero de la taberna, con una vela de sebo y un cazo de gachas que Cailean no tocó, y por primera vez desde el Allt él dejó que el silencio hiciera lo que quisiera.

Catriona se sentó frente a él en el banco, con la tablilla de boj en las rodillas. No escribía. Pasaba la púa por el borde, una y otra vez, como un hombre pasa el pulgar por una cicatriz.

—Han comprado al tratante —dijo él por fin—. O el tratante se ha vendido solo. Da igual. El mensaje que mandaste, el de la Lairig, no ha llegado a Odo: ha llegado a Robert. Saben por dónde vamos. Lo han sabido todo el tiempo.

—Ya lo sé.

Él esperó. Ella no añadió nada.

«Ya lo sé.» Dos palabras, y ni un gesto de rabia, ni una pregunta, ni un «¿cómo ha podido?». Cailean, que habría estado maldiciendo al tratante hasta el amanecer, comprendió que a ella no la había sorprendido nada.

Algo no encajaba, y Cailean lo notó como se nota un peldaño de más en una escalera conocida, sin poder decir cuál. La mujer que leía la nieve y el barro no se dejaba sorprender por una traición. Pero tampoco recibía un golpe sin decir ay.

—Podemos cambiar la ruta —dijo él—. Bajar por el río, rodear por el este. Cuatro días más.

—No.

—Catriona, nos esperan en la…

—Tendrían que perseguirnos hasta la Lairig. Y la Lairig es mía. Mi padre me subió a los doce años; he cazado allí ocho inviernos. —Levantó los ojos pardos, dorados a la luz del sebo, tranquilos y de repente muy cansados—. Allí lo que no es mío es de la nieve, y la nieve tampoco le debe nada a Odo.

Él la miró un rato. Sabía discutir. Era, de hecho, lo único que sabía hacer mejor que cocinar. Pero había una forma de cerrar los labios que ella tenía y que no admitía una segunda vuelta.

—Entonces la Lairig —dijo.

Ella asintió, bajó la vista, y volvió a pasar la púa por el borde de la tablilla.