Capítulo 11. Tom na Croiche
Una aldea de carboneros se huele antes de verla, y lo que a Catriona le llegó con el humo aquella tarde fue el silencio.
Tenía que haber ruido. Hachas, troncos cayendo, algún crío mandando a otro a por agua.
Tom na Croiche eran treinta chozas de turba, bajas como lomos de jabalí, y una docena de montones repartidos por los claros, cada uno tapado con césped y tierra y soltando un hilo gris por las rendijas, como bestias dormidas que respiran despacio.
Un perro flaco los olió desde lejos y decidió, por una vez, no ladrar.
Nadie levantó la cabeza al verlos llegar.
Eso, en un sitio donde un forastero es el acontecimiento del mes, no era buena señal.
Dejaron a Mala Hierba y al rocín de Hobb en un cobertizo con un fardo de heno y una advertencia. La garrona mordió el aire en dirección a Cailean, por si acaso, y se puso a comer.
—Capa de mercader —dijo Cailean, ahuecándose sobre los hombros el paño verde que Hobb había traído de la guarnición. Le quedaba corto de mangas—. Con esto, nadie sospecharía que soy un hombre buscado. Sospecharían que soy un hombre que cobra.
—Cállate.
—Es una observación sobre el atuendo.
La taberna de Beitris era un cobertizo con techo y un barril.
Olía a cerveza agria y a lana mojada, y de una viga colgaba, con mucho cariño, una pata de jabalí que llevaba allí desde antes del rey.
La Zorra los miró entrar con unos ojos claros y quietos y no dijo nada hasta que Catriona le puso delante la bolsa de las monedas: pocas, de plata mala.
—El pan lo pago con leña —dijo Beitris, empujando la bolsa de vuelta—. Hay un montón sin partir detrás de la casa. El muchacho que no toque el hacha, que tiene cara de dejarse un dedo.
Hobb, que estaba junto a la puerta con un hacha en la mano y una sonrisa de halago recién cobrado, la bajó despacio.
Partió ella la leña, y bien: con el cabeceo corto de quien lleva media vida enseñándole al hacha lo que quiere.
Y mientras partía miraba. En la pared de la taberna colgaba una cuchara de plata, nueva, con el lustre que da el no haber sido nunca lavada con ceniza, y ninguna casa de carboneros tiene una cuchara de plata.
En el suelo del patio había huellas de botas con clavos, de cuatro hombres, tres días antes, y no habían venido a pie sino a caballo: las herraduras habían hundido el barro hasta el fondo.
Un crío miró a Cailean desde detrás de un tronco, se llevó un dedo a la boca y desapareció.
—Han estado aquí —dijo ella en voz baja, cuando él le trajo agua.
—Repartiendo recompensa, imagino.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo, cuando reparto recompensa, dejo cucharas.
Fue a decir algo más y vio que ella ya no le miraba.
Miraba a una mujer que salía de una choza con un cubo y que, al verlos, volvía a entrar sin haber llenado nada.
Miraba las puertas: todas con la tranca echada a mediodía.
En un poblado donde cada familia vive de lo que el vecino compra, nadie atranca a mediodía salvo por miedo, o por una bolsa.
—Aquí han comprado algo —dijo ella.
—Han comprado callar. Es lo más barato que hay y lo que más pesa.
—Pues no me gusta cómo pesa.
• • •
El guardabosques llegó solo y a pie, y eso fue lo que lo hizo peligroso. Una patrulla es un ruido que se ve venir. Un hombre solo es una pregunta.
Era normando, de bigote caído y cota corta, con la insignia del condestable cosida en el hombro. Se sentó en la mesa de ellos sin pedirlo y puso la cerveza que Beitris no había traído en el sitio donde la habría puesto.
—Gente de paso —dijo, en gaélico correcto—. Con una mula.
—Una pony —dijo Catriona, que no soportaba que se hablase mal de un animal.
—¿Y de dónde?
Hubo una pausa. Ella la oyó, larga como un cepo abierto. Mentir, para Catriona, era como caminar con una piedra en la bota: se podía, pero se notaba a cada paso. Por una vez, en lugar de callar, pensó rápido.
—Somos del s-s-sur —dijo—. De más allá de… de Strath… de… Strath-algo. Vendemos l-l-l-lana.
Cailean, a su lado, cerró los ojos con una especie de dolor profesional.
—Mi mujer —dijo, y se le ensanchó la sonrisa-escudo— se pone así con los forasteros. Se emociona. En casa solo habla con las ovejas, y las ovejas la entienden, que es más de lo que yo puedo decir.
—Tu mujer —repitió el guardabosques.
—Desde hace seis años. Es muy callada. Es una virtud que yo le agradezco todos los días.
Catriona se miró las manos. Tenía la sensación de que le ardían las orejas y de que el normando lo estaba anotando. Debajo de la mesa, algo le rozó el pie: la bota de Cailean, dos veces. Despacio.
El guardabosques bebió. Dejó el vaso.
—Lana —dijo—. En octubre. Cuando ya se ha vendido toda.
—Por eso nos sale barata —dijo Cailean.
El hombre sonrió con un lado de la boca, se levantó, se atusó el bigote.
—Voy a por el sargento —dijo—. Es un hombre al que le gusta la lana.
Y se fue sin prisa. Hobb, desde el hacha, abrió la boca. Beitris, desde el barril, no la abrió. Se limpió las manos en el delantal y salió por la puerta de atrás, y Catriona oyó un silbido de dos notas, largo y bajo, y entendió que no era a ella a quien se avisaba.
—No sabes mentir, muchacha —dijo Beitris al volver—. Pero lo haces con tanto empeño que casi da pena.
—Me lo han dicho.
—Pues que te lo digan los que viven, que es lo importante. Venid.
• • •
Òrd y Òran eran dos montañas de hollín con ojos.
Medían lo mismo, olían igual y se despreciaban con idéntico fervor.
Cuando Beitris dijo «ahora», uno cogió a Catriona por la cintura y el otro a Cailean por el cinto, como se coge un haz, y los metieron entre dos pilas de troncos de abedul recién cortados, en un hueco donde no cabía un perro.
Después empezaron a apilar leña por encima. Con prisa y con orden.
—Yo aquí —murmuró uno.
—Tú ahí —respondió el otro—. Que a mí me toca arriba.
—Siempre te toca arriba.
—Porque nací antes.
—No naciste antes, saliste antes, que es distinto.
—Callaos —dijo Beitris desde fuera—. Y ni respirar.
El hueco era un ataúd con corteza. Catriona estaba de lado, con la rodilla de él clavada en la suya y la mejilla casi contra su cuello, y por las rendijas entre los troncos entraban rayas de luz tan finas como crin.
Olía a abedul y a humo, y a él, que olía a ajo silvestre, a humo de cocina y a algo más, que tardó en reconocer: a lana limpia.
Cailean no habló. Por una vez no hizo falta pedírselo. Notó que su pulso latía en la sien contra la suya, rápido, a un paso muy distinto del de la sonrisa.
Fuera, pasos. Botas con clavos, varias. Un caballo bufando.
Entre los troncos goteaba resina, y una gota le cayó en el cuello y la sintió bajar como un dedo. Intentó contar. Era lo que hacía cuando tenía miedo: contar. Cuatro botas, cinco, seis. Dos caballos. Ni uno de ellos pisaba como quien busca, sino como quien ya ha encontrado y viene a recoger.
Cailean le puso, despacio, la mano abierta en la espalda. No la apretó. Solo la dejó allí, con el peso justo de quien dice «estoy aquí», y Catriona, que no soportaba que la tocaran sin avisar, descubrió con irritación que respiraba mejor.
Una voz que mascaba ajo hasta con las vocales preguntó algo en francés.
—Aquí no ha estado nadie —dijo Beitris.
—Mira tú qué casualidad —dijo la voz.
Un silencio. Luego un ruido seco, de madera abriéndose, y entre dos troncos, a un palmo de los ojos de Catriona, entró la punta de una lanza.