Capítulo 10. Aprender a no dejar rastro
Para no dejar rastro hay que renunciar a ser alguien, y Cailean, que había tardado treinta años en serlo, no pensaba hacerlo por una tarde.
—Otra vez —dijo la montera.
Era el cuarto «otra vez» de la tarde, y los cuatro sonaban igual: sin enfado, sin burla, el tono con que se le pide a una puerta que cierre bien.
Habían parado en un claro de abedules, a una legua del cruce de las pieles, con la luz bajando oblicua y el suelo cubierto de hojas amarillas, y ella le había dado una lección que consistía en caminar diez pasos y volverse a mirar lo que había hecho.
Lo que había hecho era un desastre.
Detrás de él, sobre el suelo blando, había un rastro que no habría disimulado ni un ciego: talones hundidos, puntas arrastradas, una raya donde el pie derecho se le torcía hacia fuera, y un regalo de hojas removidas que parecía el paso de una vaca borracha.
—Es un rastro hermoso —dijo él, con orgullo—. Yo lo encontraría en la oscuridad.
—Tú lo encontrarías en el mar.
—¿Es una crítica?
—Es un dato.
La luz se colaba entre los troncos blancos como si alguien estuviera pelando el día en tiras. Olía a hoja podrida y a setas, a ese dulzor de otoño que avisa de lo que viene después.
Hobb no estaba. Ella lo había mandado al collado con un silbato de caña, a vigilar, y a Cailean el collado le pareció muy lejos y el motivo muy razonable, y se negó a darle más vueltas.
—Mira —dijo ella.
Se plantó junto a él. Echó a andar, despacio, para que la viera, un paso, otro, dejando atrás un rastro tan leve que había que arrodillarse para encontrarlo. No había talón. No había punta. Había una sombra de pie.
—No se pisa —explicó—. Se posa. El peso rueda de fuera a dentro, como una barca. Sin torcer el talón. Sin empujar. Y mirando adelante: el pie va donde miran los ojos, y si miras el suelo, el suelo se entera.
—El suelo se entera —repitió él—. Me gusta. Es una frase para ponerla en el escudo.
—Otra vez.
Lo intentó. Perdió el equilibrio al tercer paso, agitó los brazos, y habría caído de espaldas sobre la hojarasca si ella no lo hubiera sujetado por el hombro con una mano que parecía de hierro envuelta en cuerda.
Se enderezó. Miró hacia abajo y comprobó que había dejado, como firma, una huella exacta de nalga.
—Debo de ser el único hombre del mundo —dijo— que lo hace peor con instrucciones.
Ella no se rió, pero hizo algo con los hombros que no era no reírse.
Después se agachó. Le cogió el tobillo.
Con las dos manos, a través del cuero de la bota, y lo giró un poco hacia dentro, y le empujó el talón hacia abajo, y le dijo «así», y se lo soltó.
No fue más que un instante. Cailean descubrió que en el tobillo, que es un sitio sin pretensiones, caben muchas cosas: el calor de una palma, la dureza de unos dedos que han tirado de lazos de crin toda la vida, la ligera sorpresa de que una mano se detenga medio latido más de lo que hace falta para corregir un pie.
Miró hacia delante, como le habían dicho. Notó que se le había secado la boca. Se dijo que era el frío, y después que era el hambre, y después dejó de decirse cosas, que es lo que se hace cuando ya no queda ninguna con la que se pueda discutir.
—Ahora —dijo ella, ya de pie, sin mirarlo.
Anduvo. Diez pasos. Se volvió. Detrás de él, en las hojas, había por fin una cosa que podía pasar por rastro de un hombre cualquiera, como el de un pastor, un monje o un fantasma con prisa.
—Bien —dijo ella.
Era la primera vez que oía esa palabra con aquella voz, y se dio cuenta de que habría hecho cincuenta pasos más con tal de oírla otra vez.
• • •
Esa noche cocinó a escondidas.
No era un secreto con nadie, salvo con el monte.
Ella había armado un fuego de hoyo con piedras planas y leña de abedul seca, cavado en la ladera a favor del viento, con una chimenea de terrones que se llevaba el humo hacia dentro de la tierra, lo bastante hondo como para que desde diez pasos no se viera nada y desde veinte no se oliera.
Había colgado de un palo la carne de un corzo que un lazo suyo había cogido esa mañana, despellejado en cuatro tirones, sin ensañamiento, con la limpieza de quien respeta lo que mata. Él le hizo preguntas.
—¿El rey cuenta los corzos?
—El rey no cuenta lo que no ve.
—Eso es una teoría de gobierno.
—Es una teoría de montera.
Cailean no era hombre de teorías de gobierno, pero entendió que acababa de oír la única ley de Escocia que se cumplía sin necesidad de verdugos.
Cailean guisó. Sofrió el hueso con grasa, soltó ajo silvestre, un puñado de bayas de enebro machacadas con el pomo del cuchillo, que soltaron su olor de resina y de invierno, tomillo, un poco de cerveza del odre de Hobb, y por primera vez desde la liebre cocinaba con calma, sin la sensación de estar defendiendo un argumento.
Le salía solo. Eso es lo que se aprende de Lulach: que cocinar no es lucirse, es poner las manos a servir.
Se lo contó mientras removía. Lo del lobero. Lo de Mac an Fhèidh.
—Me lo pusieron los chicos de la aldea. Hijo del ciervo.
Porque tenía las patas largas y la nariz fina, y porque, cuando se reían de mí, me quedaba quieto, mirándolos, igual que un ciervo cuando oye un ruido.
Me tiraban piñas para ver si saltaba. —Probó el caldo—.
Yo no saltaba. Hasta que cumplí diez años, y un día salté.
—¿A quién?
—A uno. Con las dos piernas. —Sonrió—. Le rompí el brazo. Lulach me dio una paliza, y esa noche me enseñó a hacer un estofado de carnero. Creo que fue un solo castigo con dos partes.
Ella soltó una cosa por la nariz. No era una risa, pero era su prima.
Se sentaron frente al hoyo. Él le sirvió en un cuenco de madera que había sacado del fardo de Hobb, y ella comió en silencio, como siempre, hasta que de pronto dejó de hacerlo. Tenía la cuchara a medio camino. Miraba el fuego, no a él.
—Lo de mi padre —dijo—. No te lo conté entero.
Cailean dejó de remover.
—Fue hace cuatro inviernos. Estaba solo en la Coille na Rìgh, en el claro del Allt Bàn.
Yo debía relevarlo a mediodía. —Apretó la cuchara—.
Llegué a la caída del sol. Me paré en el camino a seguir un rastro de ciervo que no era mío.
Un rastro muy bueno, de macho grande. No tenía ninguna razón. Solo me gustaba.
No dijo más. Él tampoco. Sabía que no hace falta responder a lo que se dice así, a media voz, a una lumbre que no tiene prisa.
Después de un largo rato, ella siguió.
—Por eso no me fío de mí cuando sigo.
—Sin embargo, sigues.
—Sí.
—Es la mejor cualidad que tienes —dijo él, despacio— y la que más miedo te da. Lo he notado. Tengo ojo para eso. Los cocineros somos así: vemos cómo se quema algo antes de que huela.
—No digas más.
—No digo más.
Cumplió. Tardó lo que se tarda en rezar un avemaría, que en él era una proeza.
Le llenó otra vez el cuenco sin preguntarle, y ella lo aceptó con un gesto, y comió.
Comió con los dedos, con la cabeza gacha, con la cara que se le pone a la gente a la que alguien cuida de una manera que no sabe pagar.
Al terminar, rebañó con una corteza de pan.
Cailean fue a servirse y rascó el fondo de la olla. Limpio como una patena.
—Te has comido mi parte.
—Era mejor que la mía.