TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 9. Un mensaje y un mapa
39%

Capítulo 9. Un mensaje y un mapa

Un camino largo es un camino corto con tiempo de sobra para arrepentirse, y Catriona, que no se arrepentía casi nunca, lo escogió.

Lo dibujó en el barro de la boca de la cueva, con un palo, mientras fuera caía una llovizna fina que el viento tumbaba de lado.

Dos días de descanso forzoso, de víveres a medias, de mantas húmedas, y una tarde en que el cielo dejó de gotear y pudieron asomar la nariz.

Ella arrodillada. Cailean, con el costado apretado contra la roca, mirando por encima de su hombro.

Hobb, de cuclillas, haciendo como si no mirase.

—Esto es la Monadh Ruadh —dijo ella, raspando una mancha larga—. Esto, la ruta corta: el camino de Strath Callan, por el valle, tres jornadas. Los caballos de Odo van a esperar en cada vado. —Hizo tres muescas—. Aquí, aquí y aquí.

—¿Tantas?

—Yo pondría cuatro.

Él asintió, sin bromear. Era la tercera vez en dos días que no bromeaba, y a ella ya no le parecía tan raro.

—Esto —prosiguió, dibujando una línea quebrada hacia el norte y luego hacia el oeste— es la Lairig Fhada.

Un paso alto. Con nieve en noviembre, y sin nadie.

Mi padre me llevó por él a los doce, para enseñarme que hay sitios que solo se atraviesan una vez para saber que se pueden atravesar.

Después de la Lairig, bajamos al Gleann Bàn.

—A casa de Lulach —dijo Cailean.

—Donde puede jurar por ti.

—Jurar, jura por todo. Por sus dientes, por los de su abuelo, por el culo del obispo de Dunkeld.

Pero es un hombre de palabra, que es peor: sabe cuántas palabras tiene y no las gasta en bromas.

Fue el que me sacó de una choza de pastores, con siete años, y me enseñó a guisar con lo que hubiera.

Si Lulach dice que no maté a Domnall, a lo mejor no te sirve de nada ante Odo.

Pero sirve ante la fine. Y la fine… —Se detuvo—.

La fine es lo que importa. En el solsticio.

—Del Gleann Bàn a Callan —siguió ella, raspando una línea más fina— por sendas de cabras. Sin camino real. Sin vados.

Se quedaron mirando el dibujo. Una raya larga y fea, tres veces más larga que la otra, con un puñado de nombres que ninguno de los dos sabía si podría pisar. Hobb dijo, con timidez, que eso parecía una serpiente que se hubiera tragado un puente.

—Un puente muy largo —aceptó Cailean— y muy mal digerido.

—Son seis semanas con nieve —dijo ella—. Menos si no nieva. Más si nieva.

—Tenemos cincuenta días largos hasta Santa Lucía.

—Sí. Los cuento.

Él la miró. Tardó un poco en hablar.

—Te los has contado todos, ¿verdad? Uno a uno.

Ella no contestó.

• • •

El otro asunto lo dejó para después de comer, que es cuando uno es más capaz de aguantar una mala noticia.

—Tengo que mandar un mensaje a Odo.

Cailean, que estaba cortando queso con el cuchillo de ella, dejó el cuchillo.

—Perdona. Creía que habías dicho que tenías que mandar un mensaje a Odo.

—Sí.

—Esa frase solo la dice quien ya lo ha decidido. Catriona…

—Es mi hermano.

Lo dijo sin elevar la voz, de la manera en que se dice que llueve. Cailean cerró la boca. Fuera, una gota cayó desde el borde de la roca, y luego otra.

—Piénsalo —continuó ella, con una calma que se había ido fabricando en tres días, ladrillo a ladrillo—.

Odo no sabe que lo sé. Él piensa que sigo siendo la que firmó.

Si dejo de escribirle, si desaparezco, ¿qué hace?

Se pregunta por qué. Y cuando un hombre así se pregunta por qué, lo primero que mira es la parte más débil de lo que he dejado. —Hizo una pausa—. Yo he dejado a Ruari.

—Puede mandar a Robert a Callan a hacerle daño a tu hermano y puede mandarlo a por ti, y no vas a saber cuál de los dos va a hacer, porque ya habrás dicho que sí.

—Puede. Pero si le llega un recado mío, si le digo que lo tengo y que voy a entregárselo, le basta con esperarme. Y mientras me espera, no toca a nadie.

—Un mensaje es una cuerda atada al pie —dijo él—. Quien lo manda cree que tira; quien lo recibe sabe de qué extremo.

—Pues lo mandaré con las manos libres.

—Y le dirás por dónde vamos.

—Le diré lo justo para que se quede quieto.

—Eso no es un no.

—No lo es.

No era una mentira, y tampoco era una verdad: era una puerta dejada entornada.

Había en su cabeza un rincón donde la Lairig Fhada era suya, un sitio que solo ella conocía, donde nadie podía seguirla, y donde decir «voy por la Lairig» era como decir «voy a mi casa».

En el cuarto de al lado, el de la razón, una voz muy baja le avisaba de que eso era un error.

Ella la dejó donde estaba. A veces, para seguir adelante, hay que dejar fuera de la puerta a quien tiene razón.

—Elige tú —dijo Cailean, tras un silencio largo. Se pasó la mano por la barba—. Es tu hermano, no el mío. Pero pesa lo que dices. Cada palabra que le des a ese hombre, se la devolverá envuelta.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Lo sospechas. Es distinto. —Y añadió, bajando la voz—: Yo también tuve a alguien por quien habría dicho cualquier cosa.

Era la frase más corta que le había oído. No preguntó. Ya habría tiempo.

• • •

El 24 de octubre amaneció helado, con la niebla pegada a los árboles, y en el cruce del camino de las pieles había un hombre con un carro.

Se llamaba Seumas. Olía, como todos los de su oficio, a cortezas hervidas y a algo que convenía no identificar, y la gente le cedía el sitio a favor del viento.

Era tratante, grueso, calvo, con las manos teñidas de marrón hasta las muñecas por el tanino de las cortezas, y compraba y vendía pieles de marta y de nutria y de lo que cayera entre Strath Callan y la costa.

Su padre había hecho tratos con él durante veinte años.

Fionnlagh decía que Seumas pesaba bien y regateaba mal, que era la mejor cosa que se podía decir de un hombre que vende pieles.

Ella había dejado atrás, a media legua, en un hueco de la ladera, a Cailean con una cuerda que ya no hacía falta y a Hobb con las cabalgaduras.

Había subido sola, con las manos a la vista.

El camino de las pieles era una cicatriz de barro y de cascos entre dos laderas de abedul desnudo, y a esa hora de niebla no se oía más que el carro, el resuello de un buey y su propio corazón, que se había puesto a dar explicaciones.

—Catriona —dijo el tratante, sorprendido—. ¡La hija de Fionnlagh!

—Seumas.

—Estás más flaca. Y más callada, que ya es decir. —La miró de arriba abajo—. ¿Qué tal por los bosques del rey?

—Quiero que lleves un recado.

—Ah. —Se rascó la nuca—. ¿A quién?

—A Sir Odo de Mortain, en Dùn Callan. De mi parte. Di que la Montera tiene lo que fue a buscar y que lo llevará. Que irá por la Lairig Fhada, para que nadie la vea. Que tardará por la nieve. Y que su palabra sobre mi hermano la tengo apuntada.

Seumas repitió el recado, moviendo los labios, como un niño que repasa una lección. Asintió. Después dijo que sí, que lo llevaría, que no había problema, que le pillaba de camino, que tenía que ir de todas formas a Callan con una carga de zorros.

—Gracias —dijo ella.

—Nada, muchacha. Tu padre y yo… —Dejó la frase en el aire.

Catriona dio media vuelta y se alejó cuesta abajo, sin mirar atrás, con el paso ligero de un deber cumplido sin gusto.

Por eso no lo vio.

A su espalda, junto al carro de pieles, el tratante se quedó un momento quieto. Después levantó la cabeza y miró al cielo del este, hacia la cumbre pelada que cerraba el valle. Dos veces. Despacio. Como un hombre que mira si va a llover.