Capítulo 8. Lo que la ballesta no dice
Una ballesta no necesita explicar nada, y esa es su gran ventaja sobre un hombre.
Cailean lo pensaba sentado en el suelo de una cueva tan baja que había que entrar a gatas y salir a gatas, sin otro decoro posible.
Era un agujero seco en un risco de granito, a media legua del Allt, que la montera había encontrado sin dudar, con la seguridad con que se abre la despensa propia.
Fuera, los caballos mascaban cebada bajo un abedul.
Dentro olía a oveja, a piedra y a ropa mojada.
Dos fardos de víveres. Una manta empapada colgada de una estaca. Tres personas que no hablaban.
No tenía nada que decir, y lo notó con la sorpresa con que se nota que se ha dejado de oír una gotera. El suelo era de arena fina, pisada por siglos de ovejas, y tenía lo que en esas circunstancias valía más que un hogar: no goteaba.
Hobb temblaba. No de frío: el frío ya le había pasado.
Se había sentado contra la pared, con las rodillas abrazadas, y miraba un punto fijo en el suelo, donde un hilillo de agua cruzaba la roca y se perdía.
Cailean le echó la manta seca por los hombros.
El muchacho dijo «gracias, capitán» con una vocecilla de niño, y aquello dolió más que la ballesta.
Catriona estaba en el extremo del fondo, de espaldas, quitándose la túnica mojada.
No la miró nadie. Pero en el movimiento con que levantó el brazo izquierdo para pasarla por la cabeza hubo algo, un tirón, un gesto cortado en medio, y Cailean lo vio, porque llevaba seis años de capitán vigilando quién cojea de qué.
—Hazme ver el hombro.
—No.
—Te lo digo como persona que se ha pasado la vida mirando lo que otros esconden.
Te diste un golpe contra la repisa al lanzarte sobre mí.
Puede que sea una costilla. Puede que sea solo un hueso con ganas de dar lata.
—Respiró—. Me has salvado el pellejo y te debo una vida entera. Prefiero empezar por pagarte a plazos.
Ella no se volvió.
—Hobb tiene un tarro en el fardo grande —añadió él—. Ungüento de consuelda. Lo metió Seonaid sin que nadie se lo pidiera. Seonaid siempre sabe a quién le va a hacer falta una cosa antes de que lo sepa el que la necesita.
Hobb levantó la cabeza.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Porque lleva cuarenta años sirviendo la mesa de gente que se rompe cosas.
Buscó el tarro. Era de barro, con un trapo atado y un olor a hierba húmeda. Se lo enseñó. Ella, después de lo que en un hombre habría sido una discusión consigo mismo, se giró despacio, sentada, con la túnica interior sobre el pecho, y se bajó el borde del hombro izquierdo con dos dedos.
—¿Puedo? —preguntó él.
Ella asintió, una sola vez.
El moretón le cubría el omóplato entero y bajaba hacia las costillas: del tamaño de una torta de avena, negro en el centro, verde y amarillo en el borde, con una raspadura roja en la parte alta donde la turba la había arañado.
Había pecas por encima y por debajo, como si el moretón fuera un sitio más del mapa.
Y en la nuca, donde el pelo se le recogía en la trenza, una línea de piel más clara por la que el sol no había pasado nunca.
Él se frotó los dedos con el ungüento para calentarlo. No hizo ninguna broma. Se sorprendió de eso, y se sorprendió más de lo que tardó en notarlo.
—Voy a tocar. Si duele, dices.
—Duele.
—Entonces ya sé dónde está.
Apoyó la yema de los dedos en el borde del moretón y la deslizó despacio hacia el centro.
Ella no se movió. Era como curar a un animal de monte, de los que aguantan por orgullo.
Notó el calor de la piel bajo la humedad, las costillas respirando, el temblor mínimo y cortado que ella dominaba apretando la mandíbula.
No era un contacto que le hubiera dado nunca a nadie.
Era cosa de oficio. Era también otra cosa.
Cuando acabó, ella se subió la túnica y le dijo, con la voz bajísima, sin volverse:
—Gracias.
—De nada. Cuéntaselo a mi nariz, que lleva un día dudando de ti.
La esquina de su boca se movió. No era una sonrisa. Era el lugar donde una sonrisa se habría puesto.
• • •
Hobb habló cuando dejaron de mirarlo.
Fue como esos arroyos que bajan por una pared, durante horas, sin ruido, y de golpe se desbordan en el sitio que menos esperaban. Estaba sentado con las manos entre las rodillas, y se las miraba como si fueran de otro y le hubieran salido mal.
—No lo sabía —dijo—. Se lo juro. Yo creía que era una… comisión. Una cosa normal, de las de Sir Odo. Me dijo: «Ve con la Montera, hijo, que no se canse, que no pase hambre, y que el preso no se pierda». Me dio un caballo para cuando volviera.
—¿Y qué más te dijo, Hobb?
—Nada. A mí, nada. Pero oí a Robert en las cuadras, antes de salir. Y había otros dos. —Tragó saliva—. Dijo que Sir Odo lo había explicado muy claro. Que el preso, si se resiste… Que si se resiste, se acaba la historia. Que no hace falta que le pregunten nada.
—Se resiste —dijo Cailean—. Siempre, tarde o temprano. Es lo primero que hace un hombre al que quieren matar.
—Y la señora Montera… —El chico miró hacia el fondo de la cueva con tanto miedo que casi se le oyó—. Que si estorba…
No acabó. No hizo falta.
Catriona, en el rincón, había parado de escurrirse la trenza.
No dijo nada. No había gritos. Tampoco ese silencio que se llena de furia.
Era un silencio de las cosas que se hunden: lento, con una última burbuja en la superficie.
Cailean la vio mirar sus propias manos, las de cuerda y nudos, y luego mirar a un lado, a la nada, igual que miraba el barro cuando el barro le decía algo que no quería oír.
—No es contigo —le dijo a Hobb—. Tú eres un mensajero que no sabía de qué.
—Pero vine.
—Y lo has contado. Eso es lo que cuenta.
Hobb apretó la manta contra el pecho y asintió con tantas ganas que le tembló la barbilla.
Pasó un rato largo. Fuera, un chorlito. El hilo de agua en la piedra. En algún sitio de la ladera un cuervo dijo dos veces lo mismo, como el que da una noticia que ya nadie quiere.
—Yo no juzgo —dijo ella al fin, con aquella voz gastada—. La ley es la ley. Yo le debo a la ley un hermano.
—No te mienten a ti —dijo Cailean, muy suave—. Te usan. Es distinto. —Hizo una pausa—. ¿Cuál de las leyes dices? ¿La que cuelga a un crío por una cierva, o la que manda ballestas armadas detrás de un hombre atado?
—No ibas atado.
—Hasta que me atases. Eso lo supo Odo antes que tú.
Ella lo miró. En tres días, era la primera vez que la veía mirar a alguien sin rastrear. Con una cara desnuda. Con las motas doradas de los ojos muy quietas.
—Si es verdad —dijo—, tu muerte no es una sentencia. Es un encargo.
—Me gusta cómo suena. Es más limpio.
—Y mi hermano —siguió ella— no depende de la ley. Depende de él.
—Odo.
—Odo.
Cailean no dijo más. Pensó en Odo en la mesa alta, partiendo el pan con las manos recién lavadas, preguntando por la salud de todos.
Cuántas veces habría preguntado por la salud de un hombre al que ya había encargado enterrar.
Era una de esas veces en que el silencio, que él había tenido por enemigo toda la vida, trabajaba a su favor.
La vio levantarse. Cogió el venablo de la pared, comprobó la punta con el pulgar.
Se quedó un momento de pie, con la cabeza casi tocando el techo bajo y el pelo húmedo cayéndole sobre la cara.
—Te llevo vivo —dijo—. Pero por mi camino.