TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 7. El cruce del Allt
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Capítulo 7. El cruce del Allt

Un rastro falso solo engaña a quien cree estar leyendo la verdad, y Robert el Bachiller tenía cara de creérselo todo, que era justo lo que le hacía peligroso.

Catriona lo olió antes de verlo. Ajo mascado, de media mañana, rancio, que el viento del este traía sobre el cauce del Allt Bàn junto con el hedor a lana mojada y a caballo sudado de una docena de monturas.

Olía a gente que lleva tres días masticando ajo para no pensar en el frío.

Ella había olido mucho ajo en su vida —lo mascan los carboneros contra los espíritus y los soldados contra el aburrimiento—, pero nunca tan organizado.

Se tiró al suelo. Una cuerda de humo, a media legua, subía de un collado, y bajo el humo había una mancha oscura moviéndose, y la mancha tenía forma de jinetes.

Faltaba el tiempo de ordeñar una vaca. Quizá menos.

—Doce —dijo en voz baja—. Con las ballestas armadas.

Cailean, tumbado a su lado en la ladera, no dijo nada. Fue la primera vez. Ella lo miró de reojo, con alarma de verdad: era como ver a un río quedarse seco de golpe.

—Hobb —dijo ella.

—¿Señora?

—Los caballos. Aquella hondonada, entre los alisos. Les pones un trapo en el hocico y no te mueves.

—¿Y si me muerde la señora Mala Hierba?

—Te muerde.

El muchacho se fue arrastrándose, con la elegancia de una oruga. Ella se puso en pie.

El cruce del Allt era un tramo ancho y poco hondo, de unas cuarenta varas, con fondo de guijarros y una orilla de turba negra que se desmigajaba bajo los pies.

A su derecha, hacia el este, se abría la turbera, un llano verde y brillante, de esos que parecen prados y se tragan a un caballo de pie.

A la izquierda, el agua bajaba entre dos bancos altos, con las raíces de los abedules colgando como cabellos de ahogado.

Cogió dos ramitas de endrino, las partió en dos con los dientes y se arrodilló en el barro de la orilla.

Clavó las ramitas, juntas, en la blanda negrura.

Las sacó. Las clavó más allá, con la huella ligeramente arrastrada, un paso corto, un paso largo, la pezuña izquierda sin cerrarse del todo, como de venado que se ha torcido una mano.

Eso era oficio de furtivo, y ella había perseguido a los suficientes para saberlo.

Un ciervo herido corre hacia el agua. Y a la turbera.

Después dio la vuelta, y echó a andar hacia atrás.

Fue lo más difícil: caminar hacia el cauce con la cara hacia la turbera, apoyando primero el talón y luego la punta, de manera que cada huella mintiera.

La del que viene dice: «vengo de allí». La del que va dice: «voy hacia allá».

Una huella al revés cuenta la historia del revés, pero solo la lee bien quien conoce el camino de la historia. A Robert le gustaba leer deprisa.

Cuando llegó al agua, se sentó en el borde y se limpió las manos de turba. Silbó, muy bajo, dos notas. Cailean, que se había metido en la corriente hasta la cintura, con los dientes apretados, alzó la mano.

—Ahí abajo —le dijo ella—. Debajo del abedul grande. Hay una repisa de turba que cuelga sobre el agua. Cabe un hombre. Si no hablas, cabe un hombre.

—Yo siempre hablo.

—Ahora no.

• • •

El agua era un cuchillo. Al segundo respiro se le agarrotó la parte de abajo del cuerpo.

El frío no dolía: quitaba cosas, una a una, los dedos primero, luego las rodillas, luego la idea de que existiera un mañana.

Contó respiraciones para no contar lo demás.

Se metieron los tres bajo la repisa, apretados como cebollas en una tinaja, con la espalda contra la turba, sólo con las cabezas fuera del agua y la cortina de raíces delante.

Hobb, a la derecha, castañeteando con un ritmo que ella reconoció como un padrenuestro; Cailean, en medio; ella, a la izquierda, donde se veía el cruce.

Hubo un cascabeleo. Después, voces.

—¡Aquí! —dijo alguien en francés, y luego, con la misma facilidad, en gaélico—. Huellas de ciervo.

Catriona los vio llegar por la grieta de las raíces.

Doce. Todos con cota de cuero y la ballesta en bandolera, con el estribo del arma colgando junto al pie.

Delante, un hombre de mediana estatura, ancho, de cara sonrosada y sonrisa blanda, que mascaba algo con la mandíbula mientras miraba el barro.

Robert el Bachiller. Tenía los ojos de un buey que ha aprendido a sumar.

Desmontó. Se acuclilló. Pasó dos dedos por las ramitas de endrino, por la huella del talón.

—Un ciervo cojo —dijo—. Y una mujer, detrás, de pie, hacia la turbera. —Escupió algo, probablemente el ajo—. La Montera, sin duda. Se ha entretenido en cazar.

Uno de los hombres soltó una carcajada. Cailean, apretado contra ella en la oscuridad de la repisa, hizo un ruido.

Un ruido muy pequeño, el que se hace cuando el pecho se prepara para decir una frase.

Catriona le llevó la mano a la boca, sin pensarlo, y se la tapó.

La barba corta le hizo cosquillas en la palma. Él, bajo su mano, murmuró algo.

—Calla —susurró ella.

La mano le quemaba. Era la primera vez que tocaba su cara. Notó que sonreía contra sus dedos, y que lo hacía con los ojos cerrados.

Arriba, Robert miraba la turbera. Se enderezó.

—Ocho conmigo —dijo—. Se ha metido a rastrear en el cenagal, la muy cabezota. Con un poco de suerte, se hunde ella sola. Los otros cuatro, a la orilla. Mirad el agua.

Catriona apretó el venablo bajo el agua.

Los cuatro se esparcieron por el banco. Uno, grande, con un jubón gris, se plantó sobre la repisa, justo sobre su cabeza.

Ella oyó crujir la turba. Una gota de barro le cayó en la frente.

Contó las respiraciones de los tres: la de Hobb, entrecortada; la de Cailean, quieta; la suya, medida. Las botas se movieron. Se alejaron.

Ya casi.

Entonces Hobb, que ya no sentía las piernas, resbaló en la grava. Fue un ruido pequeño, un plof de pez. Fue lo bastante para que el agua se moviera, y para que en el círculo de luz de las raíces naciera una onda.

—¡Willem! —dijo una voz—. ¡En el río!

Catriona no pensó. Soltó el venablo y se echó encima de Cailean con todo el peso del cuerpo, le agarró la camisa, lo hundió.

Se oyó un chasquido seco, un sonido de cuerda liberada, y algo cruzó el aire donde un instante antes había estado el pecho de él.

Fue un zumbido más cerca que el de ninguna avispa.

La saeta se clavó en el borde de la turba con un golpe de hacha, a un palmo de la cabeza de Hobb, y se quedó vibrando.

Bajo el agua, con los ojos abiertos, ella vio la cara de Cailean a una cuarta de la suya. Verde, enorme, sin sonrisa.

Tiró de él hacia abajo, y hacia la izquierda, por el cauce, con la corriente, sin soltarle la camisa.

Cuando salieron a respirar, treinta varas más lejos, detrás de un recodo con los alisos, no había nadie en las orillas. Oyeron los gritos allí detrás, el chapoteo de los caballos, la voz blanda de Robert preguntando sin levantarla:

—¿Willem? ¿Le has dado?

—¡No, señor! ¡Era una nutria, creo!

—Pues a la turbera todos. Que la nutria espere.

Catriona tenía todavía los dedos cerrados en la camisa de él. Se los ordenó abrir uno a uno, como se deshace un nudo que ha mordido, y comprobó con fastidio que la tela le había dejado dibujados los pliegues en la palma.

Cailean tosió, escupió, se apoyó en la raíz de un aliso. Se llevó una mano al cuello.

—Eso —dijo—. Eso me ha rozado.

—No.

—Me ha rozado el pensamiento.

Hobb salió del agua a gatas. Estaba blanco como la cera. Se miraba las manos. Las manos temblaban, y miró a Catriona con los ojos muy abiertos.

—Eso ha sido… —dijo, y tragó saliva—. Eso ha sido la orden.