Capítulo 6. El que sigue a la sabuesa
Caminar para llegar cansa; caminar para que nadie sepa por dónde has pasado cansa el doble, y encima no se puede protestar sin dejar huella.
Cailean lo descubrió hacia media mañana, con el agua helada de un arroyo por encima de los tobillos, mordiéndole los pies con dientes de hielo hasta dejárselos primero ardiendo y luego ajenos, como dos animales prestados, y con la sospecha creciente de que la montera lo estaba haciendo caminar en círculos por pura diversión.
No era diversión. Tenía método. Primero, un tramo de arroyo, media legua contra corriente, pisando donde ella pisaba, en el centro del cauce, donde el agua se lleva todo.
Después, una loma de granito pelado donde no cabía un dedo de huella, que cruzaron descalzos con las botas colgadas del cuello, como dos peregrinos de una religión muy rara.
Luego, una pendiente de brezo, que ella le hizo pisar a contrapelo, empujando la mata hacia atrás con el pie, para que cuando se levantara pareciese que nadie la hubiera tocado jamás.
—Es admirable, sabuesa —dijo él, jadeando—. Conozco a gente que ha estudiado doce años con los monjes para aprender menos.
Ella, por delante, no giró la cabeza. Lo hacía todo con la espalda.
Si ponía el pie en un sitio, el sitio se sabía elegido.
Rodeaba una piedra pidiéndole permiso, levantaba un helecho sin romperlo, y había algo en la manera de apartar una rama y devolverla a su sitio que a él le recordaba a Seonaid la Grande doblando una masa: un oficio hecho con tanto respeto que parecía una oración.
—Te digo esto —siguió— porque en Callan nadie lo va a decir, y alguien tiene que decírtelo. Tu manera de andar es de las mejores que he visto. Y yo he visto andar a mucha gente, porque estaba de guardia y no tenía otra cosa que hacer.
—Pisa —dijo ella.
Pisó. Pisó mal, y resbaló en una piedra lisa, y se sentó en el arroyo con toda la compostura que le fue posible.
Ella lo levantó del cuello de la camisa, sin una palabra, igual que se saca una bota de un barrizal.
Pisó otra vez. La bota encima de la huella, el talón en el hueco, el peso en la punta.
El costado le tiraba. Tenía la venda mal apretada, y bien apretada, que era peor, porque dolía a medias.
Pararon al mediodía en un hueco de rocas. Ella lo sentó contra una peña, le dio de beber de la bota y un puñado de piñones. No se sentó. Se puso a escuchar el monte con la cabeza ladeada, igual que Lulach cuando le fallaba el oído bueno, y de pronto se quedó muy quieta. Cogió el venablo.
—Alguien —dijo.
—¿Cuántos?
—Uno.
Cailean la oyó mejor que al monte: un cascabeleo de arreos, un caballo de carga resoplando cuesta arriba y, encima de todo, una voz humana que cantaba, bajito y desafinado, una canción que hablaba de una moza de Inverness y de una cabra, y en la que la cabra, según el estribillo, salía ganando.
Quien la cantaba no tenía el menor interés en pasar desapercibido.
—Es el peor perseguidor que he oído nunca —susurró él.
—Calla.
Se escondió ella tras la peña, el venablo a la altura de la cadera.
El cantor apareció por la cuesta, a lomos de un rocín bayo cargado hasta las orejas, con un fardo en cada lado y un cesto al frente.
Era un muchacho flaco, de diecisiete años, con las orejas de jarra, el pelo del color de la paja mojada y una expresión de absoluta buena fe.
Cailean lo conocía. Todo el mundo en Callan lo conocía, porque era imposible no hacerlo: se caía del caballo cada vez que se subía y se levantaba siempre pidiendo perdón al caballo.
—Hobb —dijo.
El muchacho se detuvo. Miró a la peña, a Cailean, y a una mujer con un venablo que se había materializado a su derecha sin que nadie la hubiese visto llegar. Se le fue el color de la cara.
—¡Capitán! —dijo, aterrado y encantado—. ¡Estaba usted vivo!
—Lo estaba. Lo sigo estando, de momento. ¿Qué haces tú aquí?
—Me envía Sir Odo. Para ayudar a la señora Montera.
—Hizo una inclinación torpe hacia ella, que resbaló del estribo y casi lo tira—.
Con víveres. Queso, tocino, cebada, una olla de hierro, una manta.
Y con la orden de no perder de vista al preso.
—Se tapó la boca—. Me dijo que no se lo dijera. Perdón.
—No se lo dices tú, se lo dice la olla —dijo Cailean—. ¿Cómo nos has encontrado?
—Por el olor.
—¿Perdón?
—Por el olor. A media legua, ayer a mediodía. Liebre con ajo y tomillo. Pensé: eso no es una cocina de campaña, es una cocina de Seonaid. Huele a casa. Me puse a seguirlo.
Cailean tuvo la sensación de que dos ojos pardos con motas doradas le abrían un agujero en la nuca. No se volvió.
—Ya sé —dijo—. Ya sé.
Mala Hierba, que había aparecido sin que nadie la llamara, le mordió a Hobb el gorro. Hobb dijo «ay» muy bajo, sin soltar las riendas, con cara de haber recibido un honor que no entiende.
—No te lo tomes a mal —dijo Cailean—. Tienes suerte. Es su manera de decir que le caes bien.
—¿Lo dice en serio?
—No. Pero el gorro no era muy bueno.
Catriona salió de detrás de la peña. No dijo nada. Se acercó al rocín, abrió un fardo con dos dedos, miró dentro, lo cerró. Miró a Hobb. Y entonces habló, con esa voz que parecía sacar de un pozo hondo, de uno en uno:
—Nada de fuego con olor.
—No, señora.
—Si te rezagas, no vuelvo a por ti.
—No, señora —repitió Hobb, que no sabía lo que estaba prometiendo.
Aquello fue todo. Se alejó a revisar la cincha de la garrona. A Cailean le pareció que, para ella, había sido una declaración de guerra, y que Hobb la había aceptado con toda la inocencia de un perro al que le tiran un palo.
• • •
Comieron queso y tocino, sentados en círculo, los tres.
El queso era de oveja, duro, con granos de sal que crujían entre los dientes, y el tocino sabía a humo de casa ajena.
El rocín de Hobb pastaba entre las rocas, y la montera estaba de pie a cierta distancia, mirando hacia donde habían venido.
Hobb hablaba. A Cailean le gustaba hablar con quien hablaba, porque descansaba.
El muchacho contaba chismes de la guarnición con tanta ilusión que costaba interrumpirlo: que si el cocinero nuevo hervía el pescado hasta devolverlo al estado de río, que si a Robert el Bachiller le habían puesto los cuernos con un mozo de cuadra, que si los hombres de abajo hablaban todos de una recompensa.
—¿Qué recompensa? —preguntó Cailean, sin levantar los ojos del queso.
—Cinco marcos de plata. Para quien traiga al preso.
—Hobb masticó con convicción—. Aunque dicen que solo se paga si el preso llega…
—Se detuvo, con el bocado inflado en la mejilla—.
Bueno, que se paga con ciertas condiciones.
Robert dijo que mejor muerto, que da menos trabajo.
Y que además se quedaran con lo que llevara encima, que eso no se lo pagaban dos veces. No sé a qué se refería.
La mano de Cailean no se fue al tubo del cinto. Se lo prohibió. Pero algo se movió muy cerca, en el borde de su visión: una mujer que dejaba de mirar el camino y empezaba a mirar sus manos.
Se limpió los dedos en la camisa. Pensó en lo que llevaba encima: un tubo de cuero, una venda mal puesta y treinta años de mala fama. Solo una de las tres cosas valía cinco marcos, y estaba dentro de un tubo que de pronto pesaba como un yunque.
—Hobb —dijo—. A ti, ¿qué te prometió Sir Odo?
—¿A mí? —El muchacho se puso colorado hasta las orejas—. Un caballo.
Cailean levantó la vista hacia Catriona, que seguía sin decir nada, de pie, con el venablo en la mano.
—Te dije lo de la ballesta —dijo.