TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 5. Pisadas de jinete
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Capítulo 5. Pisadas de jinete

El rastro que importa casi nunca es el que va delante, y Catriona llevaba diez días mirando al sitio equivocado, como el que busca una llave en el único rincón donde hay luz.

Subió a la loma antes del alba, con el venablo y sin Mala Hierba, y se tumbó sobre el brezo escarchado a esperar a que el día le devolviera el camino.

La escarcha crujía bajo su vientre con ruido de azúcar vieja.

Abajo, el valle era una pizarra con niebla baja que se comía los senderos y dejaba solo las cumbres, y una chova pasaba de una peña a otra discutiendo con el viento.

Cuando vino, lo vino a leer del revés. Atrás.

Los dos días que había recorrido con la cara al frente y la espalda al mundo.

Lo encontró a media hora de marcha, en el vado de un arroyo donde se había lavado la cara el día antes.

Un grupo de jinetes había cruzado detrás de ella, siguiendo su línea.

Las herraduras, de borde ondulado y clavos de cabeza cuadrada, no eran de la tierra: eran normandas, de las que se fraguan en Northumbria o en Rouen y llegan a los bosques del rey en los caballos de quienes los administran.

Contó los cascos con la yema de un dedo.

Doce caballos. Quizá trece, uno de ellos con un peso de más o de menos.

Un día y medio detrás. Quizá menos. El barro del borde conservaba el agua de las pisadas más hondas, y esa agua aún no se había enturbiado. Un barro dice la hora mejor que una campana, si uno se calla a escucharlo.

Lo que no le gustó era la línea. Cailean había dejado un rastro de hombre que se hace notar, ancho como el de un buey, con la bota hacia fuera.

Si los hombres de Odo hubieran querido seguir al fugitivo, habrían seguido eso, que era evidente.

No lo hacían. Habían puesto sus caballos exactamente sobre las pisadas de Mala Hierba, sobre la herradura del pie izquierdo trasero, con la grieta en el borde, que ella conocía de memoria y que no habría reconocido nadie que no la hubiese buscado.

La seguían a ella. No a él.

Lo primero que sintió fue un alivio absurdo, el de quien descubre que la mancha de la cara es de otro. Lo segundo fue frío.

Se arrodilló en la orilla fangosa, donde habían echado pie a tierra para abrevar.

Ahí estaba lo otro. Dos huellas de bota, hondas, con la punta hacia dentro, a un palmo de una marca cuadrada, ancha, en el barro: la de un estribo de hierro puesto en el suelo y pisado con fuerza, mientras unas manos tiraban de una cuerda hacia el pecho.

Así se arma una ballesta.

Catriona se quedó un rato quieta, con los dedos en el barro.

Era una cosa muy sencilla de entender y a ella le costó mucho.

Se arma una ballesta para una de dos razones: porque piensas matar o porque temes que te maten.

Las cuerdas se llevan para atar. Y nadie va a atar a un hombre con los dedos manchados de grasa de herraje y una saeta lista en cada silla.

«Vivo», le había dicho Sir Odo.

Sacó la tablilla. Con la púa, despacio, anotó: «Doce. Ballestas. Detrás. Siguen a la garrona». Bajo la última línea trazó una raya, y bajo la raya, aparte, con el cuidado con que se anota algo que no se quiere haber visto: «¿A quién esperan?».

• • •

Cuando volvió al campamento, Cailean ya estaba despierto, sentado contra la peña, con la camisa abierta y la cara lavada de haber dormido seis horas de verdad después de diez días de dormir con un ojo abierto.

—Buenos días —dijo—. Estaba a punto de empezar a hablar solo, que es una enfermedad de mi familia. ¿Has visto algo? Tienes cara de haber visto algo. O de querer comer. Con ese gesto no se distinguen las dos cosas.

—Nada.

—Eso es mentira —dijo él con mucha dulzura— y estoy encantado de comprobar que no sabes mentir.

Ella se encogió de hombros. Era la única mentira que se permitía: no decir. Se agachó junto a la lumbre apagada. El trozo de liebre que había sobrado seguía en la olla, y se lo llevó a la boca, para tener la boca ocupada.

Fue entonces cuando lo vio.

Mala Hierba, que no se dejaba tocar por nadie sin intentar arrancarle algo, estaba a un paso de Cailean con la cabeza baja.

Él le tendía la palma. En ella, una corteza de pan duro, de las que se guarda un soldado en la bolsa del cinto para las emergencias y para los caballos.

La garrona resopló, se lo pensó con la gravedad de un tesorero, y le tomó el pan con los labios, sin dientes, blanda como un perro. Después se dejó rascar la frente.

Catriona dejó de masticar.

Lo había mordido el día anterior. Le había rasgado la manga hasta el hueso.

A los mozos de cuadra de Dùn Callan les había mordido el hombro, el pelo y el gorro, y a un clérigo la sotana con el clérigo dentro.

Quince años de mal genio, y ahora apoyaba la cabeza en la mano de un hombre que había maldecido a su madre y a toda su genealogía.

—Es muy educada —dijo él, rascando—. Solo hay que saber qué quiere. Quiere pan. Y quiere que no le hables de su madre, cosa que ya intuí ayer.

Ella no sabía lo que quería decir aquello. Tampoco sabía si le gustaba.

Un animal no sabe de leyes ni de condestables.

Lo único que conoce es el olor de quien lo trata bien y de quien no.

Eso se lo había enseñado su padre, que no se fiaba de ningún hombre al que no le gustaran los perros.

La garrona llevaba quince años sin fiarse de nadie, ella incluida durante el primer invierno.

«No juzgo», se dijo. «Sigo.»

Pero había una cosa que sí hacía: medir.

Lo miró mientras él, sin darse cuenta, se acariciaba el costado vendado con la palma de la mano, igual que se sosiega a un animal de la casa.

Hablaba con las manos, con los hombros, con la nariz rota, con todo.

Si mentía, mentía con el cuerpo entero. Y ella había visto a muchos mentirosos, que suelen quedarse quietos.

También era cierto, pensó, que los mejores mentirosos eran los que no paraban de hablar.

—¿Qué sabes de Odo de Mortain? —preguntó.

—¿De Odo? —Él alzó las cejas—. Que se lava las manos. Que habla un gaélico mejor que el mío. Que no ha levantado la voz en toda su vida y no la ha necesitado. —Se rascó la barba—. Que no hace nada que no haya escrito antes en alguna parte. ¿Por qué lo preguntas?

—Por saber.

—Me inquieta que preguntes por saber. Cuando preguntas por saber, siempre pasa algo.

Ella recogió la olla. Le dio un golpe con la rodilla para sacudirla y la colgó del arzón.

No iba a decirle nada de los jinetes, todavía.

Un hombre que se cree perseguido por doce se pone a correr, y una montera que corre deja huellas de montera que corre.

Y hasta que no supiese a quién esperaban aquellos hombres, lo único que podía ofrecerle era el silencio.

Le desató la cuerda del tobillo.

—Desde ahora pisas donde piso.

—¿Y eso por qué? ¿Es una orden o una declaración?

—Es para que quien nos siga lea un solo rastro, y cuente una persona con mucho peso.

Él la miró un instante más largo que de costumbre. Después se echó a reír, muy flojo, por el costado.

Echó a andar tras ella para probar. Ella marcó un paso sobre el barro blando; él puso la bota encima, y le sobró un palmo de talón por detrás y dos dedos de punta por delante.

—Tienes los pies pequeños —dijo él.

—Tú los tienes de más. Dejas una huella que se lee desde el cielo.

—Es un rastro con ambiciones. —Probó el paso—. Pisa donde piso —repitió—. A mí me parece un buen principio para una cosa, aunque no sepa de qué.