Capítulo 4. Cena de condenado
Una cena para convencer lleva más sal que una cena para alimentar, y Cailean, que no tenía casi sal, tendría que suplirla con labia.
Despertó con el olor de la liebre, y con el costado hablándole en un idioma nuevo, más hondo, que no le gustó.
Estaba colgada de una rama, despellejada, limpia, con la mirada entre ofendida y resignada de los animales que han perdido una discusión.
A su lado, de pie, la montera lo observaba con cara de haber puesto un trozo de carne delante de un perro grande sin saber si morderá.
—Creo que quieres que la guise —dijo él.
—Tengo hambre.
—Es la frase más larga que me has dicho sin que yo estuviera en un hoyo. Te felicito.
Ella le soltó las muñecas con un cuchillo. Le dejó una cuerda de crin atada al tobillo, de diez varas, enganchada a una estaca que había clavado bajo la peña. «Diez varas», pensó él, «justo lo que dura una fuga corta o una cocina cómoda». Él no tenía prisa por averiguar cuál de las dos.
—No voy a huir —dijo—. No tengo honor, pero tengo hambre, y las dos cosas juntas funcionan casi igual.
Ella señaló un hoyo estrecho, cavado a un palmo del suelo, de los que hacen los pastores en la montaña, con leña seca de brezo y tallos de pino apilada dentro.
Ardía bajo, sin llama, con un resplandor naranja que no pasaba del borde.
Tampoco había humo: la leña era tan seca que se consumía hacia dentro.
—Ya veo —dijo él, admirado—. Una lumbre que no se deja ver. Es lo más educado que he conocido en un fuego.
Cocinó con lo que había. Una liebre. Un puñado de bulbos de ajo silvestre que ella había desenterrado a cuchillo en una vaguada y que olían a verdad.
Tomillo de la meseta, tan duro y tan oloroso que pedía perdón por existir.
La grasa de la propia liebre, para dorarla en la tapa de una olla que ella llevaba colgada del arzón y que no parecía haber visto ni agua caliente en toda su vida.
Troceó, salteó, tapó. Lo de siempre. La carne tocó la grasa con un chisporroteo que le subió por los brazos hasta la nuca: hacía diez días que no oía ese ruido, el mejor del mundo, el de una cocina que empieza.
—Sal —dijo, tendiendo la mano.
Ella tardó. Metió dos dedos en la bolsa del cinto de él, que se había quedado con ella, y le dio una pizca.
—Una pizca. —La contempló en la palma—. Llevo diez días sin sal. Me he acostumbrado al dolor de las cosas insípidas. —La dejó caer sobre la carne—. Tiene gracia. Mi tía la de la buena vista decía que quien no sabe cocinar tiene miedo de sí mismo.
Ella estaba sentada frente a él, al otro lado del hoyo, con las rodillas dobladas y la tablilla sobre ellas, con la quietud de quien lleva toda la vida esperando a que algo salga de un agujero.
Miraba lo que él hacía con las manos. Y con los pies, que era raro.
Cuando lo miraba a la cara parecía estar comprobando un dato.
—Soy capitán de la guardia del hogar de Callan —dijo él, removiendo—.
Eso es lo que dicen, y es verdad. Soy el hijo bastardo del mormaer, lo cual también es verdad y se nota menos.
De pequeño me llamaban Mac an Fhèidh, hijo del ciervo, porque mi madre era pastora y se decía que mi padre me había hecho entre dos ciervos.
Me parece una teoría muy mala, pero era un pueblo con poca imaginación.
Mi madre murió cuando yo tenía siete años.
Y a mí me crio un lobero, Lulach, en Gleann Bàn.
Le debo los dientes sanos y la mala educación.
La liebre chisporroteaba. Ella no apartó la vista de la grasa que saltaba.
—Volví a Callan a los veinticuatro —siguió—. Mi padre quería reconocerme. Por la fine, delante de todos, en el solsticio de invierno. Lo había dicho. Dos veces, que yo sepa. —Se calló un instante; fue la única vez que se calló—. Yo creo que lo iba a hacer.
—¿Lo crees?
—Es lo que quiero creer, que no es lo mismo. —Añadió el tomillo—. ¿Tú me crees?
Catriona abrió la boca. La cerró. Raspó una línea en la cera.
—No creo ni dejo de creer —dijo.
—Es una respuesta que no me ofende. Me esperaba algo peor, así que en realidad me alegra.
Hay un momento en que un guiso deja de ser comida y empieza a ser una promesa: se reconoce por el olor de la grasa cuando se pone dorada, y Cailean se alegró de haber llegado a él a tiempo.
Probó el caldo. Rectificó. Le tendió a ella, con el cuchillo de punta, el primer trozo, y esperó.
Ella lo tomó y se lo llevó a la boca sin soplar.
Se quedó muy quieta.
Después comió otro. Y otro. Con los dedos, deprisa, sin levantar la vista, con la concentración de un zorro en una gallinera, y Cailean, que había guisado para rey y para tropa y para el cerdo de Seonaid cuando estaba enfermo, dejó de comer él para mirar cómo comía.
Había visto comer a un conde, a una cuadrilla de segadores y a un obispo de Dunkeld, y a nadie así: como se defiende una cosa.
A la tercera mordida se le cayó una lágrima, de humo seguramente, y ella se la limpió con el dorso de la mano sin dejar de masticar.
—Se come despacio —dijo, por decir algo.
—Se come.
—Es verdad. Lo retiro.
• • •
Después, cuando la lumbre quedó en brasa y la olla en la arena, ella sacó la tablilla y la púa, y él, que no soportaba que alguien escribiera cerca de él sin saber qué, preguntó.
—¿Qué anotas?
—Huellas.
—¿Las mías?
—Las tuyas ya las tengo.
Le tendió la tablilla, con la prudencia de quien presta un cuchillo.
La cera estaba llena de rayas finas, pies de todos los tamaños, patas, pezuñas, y al final, con la fecha y una letra apretada, una bota grande con el talón hacia fuera.
Debajo ponía, en una línea: «Pisa como quien quiere que lo encuentren».
—Diez días —dijo ella—. Lo supe desde el tercero.
—¿Y aun así seguiste?
—Sigo.
—Esa es una virtud peligrosa —dijo él, devolviéndosela—. Una vez conocí a una mula con ella.
Ella guardó la tablilla en el zurrón. Dijo, sin mirarlo, y tirando las palabras como una moneda a un pozo para ver cuánto tardan en llegar:
—Nadie me ha hecho la cena desde que murió mi padre.
Él pensó cuatro o cinco respuestas. Descartó todas, y era una novedad.
—¿Cuándo fue eso?
—Cuatro inviernos.
—Un jabalí —aventuró él, que lo había leído en la cicatriz de colmillo que se le asomaba por el desgarro de la calza. Ella lo miró. No lo desmintió. Asintió una sola vez.
—Hace cuatro inviernos que como lo que cazo y me lo como yo sola —dijo—. Para ser más exacta: lo que cazo y no sé cocinar.
—Eso es un delito en muchos condados.
—Y además tengo un hermano.
Lo dijo a media voz, a la lumbre. Ya no dijo más. Pero a él le bastó. No le preguntó cuántos años, ni dónde, ni por qué. Había una cierva del rey en algún lado, o un pozo, o una cuerda: las historias de los hermanos pequeños acaban todas igual.
—Odo te ha prometido algo —dijo—. Por traerme.
—Vivo —dijo ella.
—Vivo. Qué bonita palabra. Dura exactamente hasta la puerta del salón de mi padre.
Ella no contestó. Dejó de comer. Cailean se limpió las manos en un trapo y se apoyó en la pared de roca, con la mirada puesta en el hoyo de las ascuas.
Fuera del abrigo el viento había girado al norte y traía un olor a piedra mojada y a cobre, a nieve todavía lejana. No era el invierno; era su recadero.
—Te propongo un trato —dijo—. Tú me llevas a Callan por la ruta larga.
—Voy por la corta. Es lo que firmé.
—La corta termina en una ballesta —dijo él, muy suave—. No sé en la de quién.