TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 3. Lo que leyó en el patio
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Capítulo 3. Lo que leyó en el patio

Saber atar no es saber vendar, y Catriona lo averiguó esa mañana con el costado de un hombre por maestro.

Primero lo sacó del hoyo. Le pasó el lazo de crin por debajo de los brazos, enganchó el otro extremo al arzón de Mala Hierba y le dijo a la garrona, con dos chasquidos de lengua, que tirara.

Mala Hierba tiró con tanto entusiasmo que parecía haber esperado toda la vida ese momento.

El preso subió por la pared de tierra a una velocidad que no estaba en el cuerpo de nadie, sin dejar de comentar cada palmo.

—Despacio. Despacio. Esto lo tengo de adorno, el costado, no hace falta ir a sacudirlo. ¡Ay! Dile a tu animal que yo no le he hecho nada.

—Te ha mordido —dijo Catriona.

—Eso es precisamente lo que quiero decir. Ya lo hizo, y no le ha servido de nada, y sigue.

Lo tendió sobre el brezo escarchado y le abrió la camisa.

El tajo le cruzaba el costado izquierdo desde la última costilla hasta la cadera, largo como una mano abierta.

Diez días. Los bordes, rojos y duros. Alguien había intentado cerrarlo con una tira de lino y un nudo de marinero, y el lino, pegado, tiraba de la carne cada vez que respiraba.

Olía a lo que ella temía que oliera. No era todavía lo peor. Era el camino hacia lo peor.

—Hay que lavarlo —dijo él, con los ojos cerrados—. Con agua hervida y un poco de vino, si hay, y si no hay, con agua hervida y mucha paciencia.

—No hay lumbre.

—Ya. Se ve a dos leguas. —Abrió un ojo—. Veo que sabes más de lo que dices, que tampoco es difícil.

Ella lavó la herida con agua fría de su bota, con un trapo, apretando donde le parecía que debía apretar.

Había vendado patas de perro, y el ala de un cuervo, y una vez el hocico de un jabalato que no quería saber nada de ella.

Hombres, no. Rasgó el borde de su camisa de lana, en tiras de un dedo de ancho, y empezó a darle vueltas alrededor del torso, tensando, como se ata un fardo de liebres para cargarlo a la grupa.

—Más flojo.

Aflojó.

—Más. No, así se me… ¡Catriona! ¿Puedo llamarte Catriona? Es que no hay más remedio. Así no. Esto no es una venda. Es una opinión.

Ella ató el nudo y lo apretó con la rodilla. Él soltó una cosa en gaélico que no figuraba en el vocabulario de ningún cura.

—Aprieta lo que sangra —dijo ella.

—Y lo que no, lo mata. —Respiró, un poco más claro—. Pero gracias. De verdad. Nadie me ha hecho daño con tanta eficacia desde mi última boda.

Ella lo miró. Él sonrió, con la sangre seca bajo la nariz rota.

—Es broma. No he tenido ninguna boda.

Se quedó un momento de rodillas mirando el vendaje: un lío de lana gris con nudo de pastor, feo como el primer queso de una moza, pero firme.

Le habían quedado en las manos el olor a hierro de la sangre ajena y algo tibio que no supo clasificar, y se las frotó contra el brezo escarchado hasta dejarlas rojas de frío.

Se levantó y fue a recoger la pala.

• • •

La última vez que había estado ante Sir Odo de Mortain, él se lavaba las manos.

Había sido en el patio de Dùn Callan, el 30 de septiembre, a la mañana siguiente de la muerte, con el olor a cera de San Miguel todavía en las piedras y los criados barriendo sin mirar al suelo.

Olía a sebo, a perro mojado y a esa lejía de ceniza con que los normandos frotan lo que no quieren recordar.

Un mozo sostenía una jofaina de plata. Otro, un paño de lino.

El condestable metió los dedos en el agua y los sacó uno por uno, despacio, secándolos como quien deshace una frase antes de pronunciarla.

—Montera —dijo, en un gaélico mejor que el de ella—. Me han dicho que tú lees lo que otros pisan.

Alto, rubio ceniza, impecable. Los ojos de un gris verdoso, sin prisa.

Y una voz de monje, de las que no levantan el tono porque no necesitan que nadie las oiga dos veces.

Ella había vuelto de la Coille na Rìgh a caballo la noche anterior, con el barro hasta la rodilla, porque un mensajero de Callan le había dicho que su hermano estaba en el hoyo y que el condestable quería hablar con ella.

Para tratar con alguien así hay que llegar limpia.

Ella llegó de barro. Era lo único que tenía.

—¿Qué lees? —preguntó él.

Y ella leyó.

El barro del paso entre la torre y la capilla se había secado con las huellas de cien botas dentro como un molde. Pero ella sabía leer por capas, de abajo arriba, del primero al último que había pasado, y en la capa más honda, bajo todas las demás, había una sola pisada que no encajaba.

—Un hombre grande —dijo—. Montado. Salió por la poterna este con prisa; el caballo se le fue de manos en la curva. Eso es lo que se ve arriba, y lo ve cualquiera.

—¿Y abajo?

—Abajo hay un pie pequeño.

Odo no se movió. El paño de lino se había quedado quieto en la mano del mozo.

—Fino —siguió ella—. De zapato de dama, o de muchacho. Entró en la capilla antes del hallazgo. Y salió sin correr.

Lo dijo despacio, para que quedase bien dicho. Ella no sabía todavía lo que estaba diciendo. Esa es la gracia del oficio, que uno cuenta lo que ve sin saber de quién es.

Odo la miró con unos ojos muy tranquilos, durante un tiempo que se le hizo largo.

—Una criada, sin duda —dijo.

—Una criada corre.

—No siempre. Hay criadas con sangre fría. —Y sonrió, sin mover más que la boca—. Gracias, Montera. Anota lo que quieras.

Ella lo había anotado ya. Con la púa, sobre una tablilla de boj, la forma exacta del pie: la puntera estrecha, el talón con un remiendo de clavos en cruz, el paso corto y parejo de quien va a un sitio en el que ya sabe lo que va a encontrar.

No se lo enseñó. Era de las pocas cosas que no se había parado a decir.

Entonces él habló del hoyo. Del muchacho de quince años, su hermano, que había matado una cierva del rey y esperaba al justicia que llegaría el día de Santa Lucía a juzgar las causas del bosque. Con una pena conocida. La horca.

—Hay un hombre que huye —dijo Odo, lavándose otra vez las manos—. El bastardo. Lo quiero vivo, para que hable. Tráemelo antes de Santa Lucía, Montera, y tu hermano sale de ese pozo por su pie.

—Vivo —repitió ella.

—Vivo. Soy un hombre de orden. —Dejó caer el paño en la jofaina—. Un hombre de orden no ejecuta lo que no ha escuchado.

• • •

Al caer la tarde, bajo una peña, Cailean dormía por fin con la fiebre pegada a la cara como una máscara mojada.

Catriona no durmió. Estaba sentada a unos pasos de él, de espaldas al viento, con la tablilla en las manos.

El pie pequeño la miraba desde la cera. No era una criada.

Eso lo sabía desde el patio, aunque lo hubiera dicho el condestable con tanta cortesía.

Qué era, y de quién, no lo sabía. Y una huella sin dueño es una deuda que se lleva a cuestas: no pesa, pero no se suelta.

Miró al preso. Un hombre que habla en sueños, un hombre que huele a fiebre, un hombre con un tubo de cuero que no era una caña. Un hombre al que ella iba a llevar a un sitio donde un condestable cortés se lavaba las manos.

No sabía si era culpable. No era asunto suyo saberlo.

Cuando cerró la noche hizo la muesca del día en la tablilla de los plazos, más honda que la anterior, apretando con la uña del pulgar hasta que la cera se rindió. Cincuenta y cinco.

—No lo ahorcarán por mi culpa —dijo muy bajo, para el viento, que era el único que no iba a repetirlo—. Haré lo que haga falta para que no.