Capítulo 2. Lo que dijo el que se moría
Hay hoyos que enseñan humildad y hoyos que enseñan oratoria, y Cailean llevaba una hora larga en los del segundo tipo.
—Te lo digo sin rencor —dijo, con la cabeza echada atrás y la nariz taponada con un trozo de su propia manga—.
Tu garrona tiene los dientes de mi tía. Aunque no tengo tía ciega, ahora que lo pienso.
La inventé en la caída para humillarte y ha funcionado peor de lo que esperaba.
Tengo una tía con una vista excelente y muy mal genio, que vive en Strath Callan y que a estas horas estará rezando por mi alma o contra ella, según el día.
Desde el borde del hoyo, la mujer lo miraba sin pestañear.
Le había atado las muñecas por delante con un nudo de crin que él no conocía y que no se aflojaba por mucho que lo tentara.
Le había quitado el cuchillo, la espada y un cinto de cuero con una bolsa de sal, que Cailean lamentó más que las armas.
Y al llegar al tubo que le colgaba de la cintura, del largo de un antebrazo y medio, lo había sacudido junto a la oreja, escuchado, vuelto a mirarlo a él.
—Mi caña de pescar —había dicho Cailean—. Soy un hombre de aficiones sencillas.
Ella lo había mirado un rato largo. Con cara de anotar algo. Y lo había dejado donde estaba.
Ahora se había sentado en la orilla, con las piernas colgando sobre el hoyo y una tablilla de boj sobre la rodilla, y rayaba la cera con una púa sin levantar la vista más que para comprobar que él seguía allí.
Veinticinco años, a ojo. Pelo castaño tostado, la trenza gruesa como un cabo de barco metida bajo el gorro de piel, pecas que se le iban juntando hacia la nariz, y unos ojos pardos con motas doradas, del color del agua de turba cuando le da el sol.
Manos de cuerda. Sin una palabra todavía, aparte de su nombre.
—¿Estás escribiendo mi epitafio? —preguntó él—. Ponlo corto. Y con una buena nariz.
Rayó.
—Habla poco, la montera. —Esperó—. Ya veo. Tu garrona dice por ti lo que no dices.
Rayó.
—Mala Hierba. Se llama Mala Hierba, ¿verdad? Lo ha dicho el tono. Y yo le caigo mal por lo mismo que a todos, que es una opinión muy extendida, y lo respeto.
Rayó. A lo lejos, la garrona resopló como si hubiera entendido y estuviera de acuerdo.
El hoyo olía a turba mojada y a savia de sauce, y desde abajo el cielo era un círculo del tamaño de una tapa de olla, con una chova que lo cruzaba de vez en cuando para comprobar que él seguía allí.
Las estacas romas le habían dibujado en la espalda un mapa de cada una de ellas.
Pensó que era la mejor trampa en la que había caído, y también la única, lo cual le quitaba mérito a la comparación.
Cailean cerró los ojos. Le dolía el costado izquierdo con un dolor de tres capas: la superficie, que era del tajo; el fondo, que era del tajo mal vendado; y en medio un calor sordo que no le gustaba nada.
La caída había reabierto algo. Lo notaba húmedo bajo la camisa.
Habló más deprisa, que era lo que hacía siempre que algo le dolía, porque un hombre que habla no tiene tiempo de pensar en lo que le duele.
Había aprendido eso de pequeño, y había tenido veintitrés años para perfeccionarlo.
—Y hablando de caña, de aficiones y de condenados, te diré que… no, no me interrumpas.
Ella no lo había interrumpido. Rayó.
• • •
El 29 de septiembre era San Miguel, y en Dùn Callan se bebía como si el arcángel fuese a pasar lista.
Cailean tenía la guardia de la puerta del salón.
Había visto al mormaer retirarse temprano, apoyado en un criado, con el pie hinchado y su copa de la noche en la mano, como cada noche.
Había visto a la condesa seguirlo con la mirada.
Y había visto a Domnall hacerle una seña desde la mesa alta, la de siempre, la de los dos dedos: «Luego, en la capilla. »
Domnall, el legítimo, el heredero, veintiséis años y los ojos de su padre. Lo llamaba hermano cuando estaban solos y bastardo cuando estaban delante, y las dos cosas le salían igual de cariñosas.
La capilla de San Miguel olía a cera y a lluvia vieja. Cailean entró con el cuenco de pan que le había guardado Seonaid, porque Domnall siempre tenía hambre después de beber. Lo dejó caer.
Domnall estaba de rodillas en las gradas del altar, con el cuerpo inclinado hacia delante, como rezando, y entre los omóplatos, hundido hasta la cruz, asomaba un mango de asta de ciervo con tres muescas.
Su daga. La que llevaba una semana sin ver, desde que alguien le había vaciado el arcón.
Lo giró hacia sí. Domnall tenía la boca llena de sangre y todavía conservaba en la cara el chiste a medio contar.
Le agarró la mano, y metió en ella algo largo, liso y frío: una vara de avellano blanca como un hueso, con un anillo de plata en el extremo, la que su padre le había confiado para guardarla hasta el solsticio, cuando se supiera a quién se la daba.
—Padre —dijo Domnall—. Padre… no bebas la…
Y ya no dijo más. Se quedó con la boca abierta en la palabra, como un pie que se ha parado en el aire a mitad de un paso.
Cailean no entendió. Nunca se había sentido tan lento. Tenía la vara en una mano y la cabeza de su hermano en la otra cuando oyeron gritar desde la puerta de la nave, en una voz que el eco de la capilla había dejado sin dueño:
—¡El bastardo! ¡El bastardo!
Corrió. No lo pensó. Fue la parte de él que, a los siete años, había aprendido a correr cuando alguien gritaba su nombre en ese tono.
Salió por la poterna este, tomó el primer caballo que encontró atado, y un guardia al que él mismo había enseñado a afilar una espada le abrió el costado de un tajo antes de reconocerlo.
Lo reconoció después. Se lo vio en la cara.
• • •
—…y eso es todo —acabó—. Eso es todo lo que sé, y no sé nada. Yo estaba ahí. Su sangre estaba ahí. Mi daga estaba ahí. Corrí. Si yo fuese un juez, me colgaría.
La tablilla dejó de sonar.
—Dejé el rastro a propósito —dijo—. Antes de que te ofendas. A doce jinetes no se les habla; a un rastreador solo, sí. Mi plan consistía en un cuchillo y mucha labia, y ya ves en qué ha quedado el cuchillo, y no digo nada de la labia.
Rayó. Durante un rato solo se oyó la púa, un ruido pequeño, de ratón royendo una puerta, y a Cailean le pareció que cada raya era un renglón de su sentencia. Él, que no soportaba el silencio de nadie, sintió que ese le tomaba la medida.
—No tengo pruebas —dijo, y le salió más bajo de lo que pretendía—.
No tengo testigos. Tengo una frase a medias de un hombre muerto y una vara de avellano que, por cierto, es también una caña de pescar.
Tengo la palabra de un bastardo, que es menos que la de un perro, porque un perro por lo menos tiene dueño.
Ella dejó la púa en la tablilla. Lo miró de arriba abajo, con la misma expresión con que miraba el brezo, el barro y las huellas de lo que no habla.
Cailean se oyó preguntar, a su pesar:
—¿Me crees?
—Yo no juzgo —dijo ella.
Era la primera frase entera que le oía. La voz era baja y ronca, de persona que gasta poco la voz y la guarda como se guarda el grano.
—Sigo —añadió.
—Eso me tranquiliza muchísimo —murmuró él—. Eso, en un hoyo, tranquiliza a cualquiera.
Ella se puso en pie. Sacudió la tierra de las rodillas, desató de la silla un rollo de cuerda y empezó a hacer algo con la punta, un nudo o un lazo, mientras él la miraba desde abajo con la nariz hinchada.
—¿Siempre hablas tanto?
—Solo cuando me van a ahorcar.