Capítulo 1. El hoyo del lobo
Un hombre que huye deja huellas de hombre que huye, y el que quiere que lo encuentren deja las mismas, solo que mejor planchadas.
Catriona llevaba diez días leyendo las del bastardo de Callan y desde el tercero sabía que mentían.
No en lo que decían, que era claro: un hombre grande, un caballo que abandonó pronto, el costado izquierdo tirando de la zancada.
Mentían en cómo lo decían. El fugitivo corta por el brezo, que le tapa las pisadas; este lo rodeaba para pisar el barro.
El fugitivo no mira atrás; este se había parado en cada loma, con los dos pies juntos, y los había dejado marcados como un sello en la cera.
No era asunto suyo. Un rastro que miente sigue llevando al que miente, y ella no juzgaba. Seguía.
La Monadh Ruadh amanecía del color de un zorro mojado.
Escarcha en el brezo, escarcha en las crines de Mala Hierba, y un viento fino que se colaba por el cuello del gorro como una pregunta.
Delante, la meseta se estrechaba entre dos peñas caballeras hasta dejar un paso de tres varas, el único por donde se descolgaba hacia la Lairig sin romperse una pierna.
Un hombre que sabe de montes lo habría visto desde el primer día.
Un hombre que sabe de montes y quiere que lo atrapen, también.
Allí había cavado ella desde la medianoche, sin luz, porque una lumbre se ve a dos leguas, con la pala de fresno que llevaba plegada al arzón.
Un hoyo del alto de un pecho, con estacas de sauce clavadas en el fondo y la punta alisada contra su propio muslo, hasta dejarla roma.
La turba se dejaba cortar como un queso duro, en lonchas negras y húmedas que ella apilaba aparte, con la hierba hacia arriba y en orden, para devolverlas a su sitio sin que faltara un mechón.
Las manos se le pusieron rojas y luego blancas, y a mitad de noche dejó de sentir los dedos y siguió cavando con las muñecas.
Sir Odo había dicho «vivo». Ella tenía por costumbre cumplir lo que aceptaba, aunque no le gustara cómo olía el trato.
Cavó con la cuenta en la cabeza, porque la cuenta no la dejaba nunca.
Cincuenta y seis días hasta Santa Lucía.
La llevaba rayada en una tablilla de boj, una muesca por noche, cada una un poco más honda que la anterior.
En el pozo de Dùn Callan, Ruari llevaba veintiocho.
Tenía quince años y una lengua que corría más que sus piernas, y por esa lengua, más que por la cierva, estaba donde estaba.
Ella le había enseñado a poner un lazo antes que a leer.
Se dijo que esa había sido la equivocación.
Lo cubrió con varas finas, con turba, con brezo repuesto mata a mata, de modo que ni un ojo de lobo habría distinguido el sitio.
Dejó para sí una cinta de tierra firme del ancho de un pie, por el borde, la que usaría para entrar y salir.
Después fue a sentarse sobre sus talones a esperar, que es lo único en que el oficio coincide con la oración.
Mala Hierba, atada en una hondonada, mordía la cuerda con la mala conciencia de siempre.
Una chova se puso a discutir con otra en lo alto de la peña por un asunto sin importancia.
Catriona repasó el rastro del bastardo desde el primer día, como se repasa un rezo corto, y volvió a tropezar con lo mismo: nadie camina diez días tres leguas por delante de un perseguidor sin saber que el perseguidor existe, y que es lento.
El sol salió. Y a la hora en que salía, el suelo se abrió con un ruido de saco y un berrido.
Catriona maldijo en voz baja, que era su manera de maldecir en voz alta. Corrió. En el fondo del hoyo, con las patas traseras mal dobladas y los ojos blancos, un macho de seis puntas, con el cuello todavía hinchado de la berrea, intentaba trepar por la tierra suelta y solo conseguía enterrarse.
Un ciervo. Un ciervo del rey, en un hoyo del rey, cavado por la montera del rey.
Se tumbó en el borde, midió los cuartos traseros con la mano, comprobó que las estacas romas habían hecho su trabajo y no habían hecho más que magulladuras, y se puso a abrirle una rampa con la pala, a un palmo de unas pezuñas que no entendían de quién eran las intenciones.
Tardó medio rato. El ciervo le pagó con una coz a la pala y ninguna a ella.
Cuando salió, se sacudió la tierra, se quedó mirándola a veinte pasos con cara de exigir una disculpa, y se perdió al trote ladera arriba.
A su hermano lo tenían en un pozo por una cierva. Ella acababa de sacar a un ciervo de otro. Se guardó el pensamiento donde guardaba los que no sirven para rastrear.
• • •
El hoyo pedía ahora otra media hora de trabajo. Estaba repoblando el brezo del borde, de rodillas, de espaldas a la roca, cuando oyó el chillido de Mala Hierba.
No era miedo. Ella conocía el chillido del miedo de esa garrona, que era fino, y este era hondo, de quien ha cerrado los dientes sobre algo que no era hierba.
Después, un grito de hombre, de los que se tragan a medias, y a continuación una frase larguísima en gaélico de montaña que afirmaba cosas muy precisas sobre la madre de una mula y la abuela de quien la parió.
Se levantó despacio. No le dio tiempo a más.
Algo duro y frío se apoyó entre sus omóplatos, justo donde ella solía llevar el cuchillo de monte, lo cual le pareció una falta de originalidad.
—Has tardado diez días —dijo una voz detrás, ronca, divertida y mojada de sudor—. Mi tía ciega lo habría hecho en cuatro.
Catriona no contestó. Olía a hombre. Sudor viejo, hierba machacada, y debajo, dulce y agrio, el olor de una herida mal curada en el costado. Se sostenía con la mano libre en algo, probablemente en la peña. Le sangraba un brazo; oía caer las gotas sobre la turba, con la paciencia de una gotera.
—Ahora, sin volverte, vas a caminar hasta aquellas rocas —siguió él—. Despacio. Y no me hagas hablar de lo que haré si no, porque no lo sé, y me pondría nervioso.
Ella echó a andar.
Por la cinta de tierra firme. Un pie, otro pie, el borde del hoyo a su izquierda, tan cubierto que parecía un prado. Notó que él no la seguía sobre sus huellas. Los hombres con un costado malo toman siempre el camino más corto: el de él pasaba, derecho y confiado, por encima de la tapa.
Se detuvo al final de la cinta. Sintió, o creyó sentir, que él se detenía también. El cuchillo ya no le tocaba la espalda.
Giró en un solo movimiento. El mango del venablo, que llevaba bajo el brazo, subió desde la cadera y encontró lo que buscaba. Sonó a rama seca de abedul.
—¡Ay, la…!
Él echó un paso atrás con las manos en la cara, y el paso atrás lo llevó a la tapa, y la tapa, que estaba hecha para eso, se lo tragó. Hubo un ruido de saco de harina y de insulto. Después, silencio, y un revuelo de turba y varas que terminaba de caer.
Catriona se asomó.
El hombre yacía de espaldas sobre las estacas romas, con un brazo mordido, la sangre goteándole de la barbilla, el pelo negro y largo desatado sobre el brezo.
Grande, ancho de hombros, de barba corta.
La nariz, que ya venía algo torcida de fábrica, había tomado una dirección nueva.
Se tocaba con dos dedos el sitio, como quien comprueba que el mundo sigue enganchado a la cara.
Después sonrió. Con la sangre en los dientes, sonreía como se cierra una puerta para que no se vea la casa.
Ella bajó el venablo hasta ponerle la punta en el cuello. No lo apoyó. Lo dejó allí, a un dedo.
—Esto era para mí —dijo él, con la voz de quien habla con la nariz tapada—. Ya lo entiendo.
Ella no dijo nada. Le dolían los nudillos del golpe y le dolía, más hondo, la sospecha de que el golpe estaba previsto.
—Cailean mac Maol Ìosa —añadió él, tosió, escupió, y volvió a sonreír—. Encantado.
—Catriona.
—Lo sé. Te he visto montar esa trampa desde la roca. Era mejor que mi plan.