TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 50. Epílogo. Beltane
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Capítulo 50. Epílogo. Beltane

El primero de mayo, el agua del lochan de Glen Corrach estaba exactamente igual de fría que en noviembre, y Diarmad MacKerron estaba metido en ella hasta el ombligo.

—¡Las piernas! —gritó Marsaili desde la orilla—. ¡Muévelas!

—Las estoy moviendo.

—¡Las estás plantando! ¡Eso es lo que haces en el baile!

Ailean flotaba a su lado boca arriba, con los brazos abiertos y los ojos cerrados, tieso y feliz como una trucha al sol. Llevaba así desde la Pascua. A Diarmad le había costado un mes de tardes y medio lago tragado llegar a donde el niño llegó la primera semana.

—Te tumbas —dijo Ailean sin abrir los ojos—. Y te dejas.

—Ya me tumbo.

—No. Te tumbas y te agarras al agua. El agua no se agarra.

—El agua —dijo él con toda la dignidad que se puede tener mojado hasta la cintura— no ha sido nunca de fiar.

Tomó aire. Se echó hacia atrás.

El frío le entró por la nuca y por las orejas, y el cuerpo entero le gritó lo de siempre: abajo, abajo, la poza, la oscuridad. Entonces notó una mano pequeña debajo de la cabeza. Flaca, firme. No tiraba. Solo estaba.

—Ya —dijo Ailean—. Ahora suelta.

Soltó. No supo qué. Algo que llevaba agarrado desde los siete años.

Y flotó.

Arriba había un cielo de mayo muy alto, con nubes deshilachadas, y un milano dando vueltas.

Le entraba agua en los oídos. La barba, que le había vuelto a crecer y que llevaba ahora de una sola punta, le flotaba encima del pecho como un pez muerto.

Neachdan había llorado igual al verla. Diarmad pensó en Lachlan, en la mano que tiraba de él hacia arriba, y por un instante le pareció que era la misma mano.

—¡Flota! —chilló Marsaili—. ¡Ailean, mira, flota!

—Ya lo veo. Lo estoy sujetando yo.

Abrió la boca para protestar y se hundió.

Salió escupiendo, de pie, con el agua por la cintura y la barba chorreando. En la orilla, Marsaili se había doblado de risa sobre una piedra. A su lado, los dos terneros blancos de Rìgh lo miraban con la misma cara de desprecio que su padre.

—He flotado —anunció.

—Has flotado —concedió ella, secándose los ojos—. Lo que dura un padrenuestro corto.

—Para un MacKerron, es una vida.

Ailean salió del agua por su cuenta, morado y orgulloso, y se plantó delante de él con los brazos cruzados, igual que su hermana.

—Mañana otra vez —dijo—. Me lo prometiste. Los dos a la vez.

—Te lo prometí atado a un poste.

—Las promesas de poste también cuentan.

• • •

Al atardecer encendieron los fuegos.

Dos, en el prado del fresno, a diez pasos uno de otro, con brezo seco y ramas de serbal que olían a resina y a verano.

Glen Corrach entero se había juntado alrededor.

La sala nueva de piedra se levantaba detrás, con su techo de brezo y su humo saliendo recto por el agujero, y en el umbral la piedra vieja de siempre, gastada en el centro.

El fresno había echado hoja. Verde, menuda, por todas partes.

El jefe se quedó mirando las llamas un buen rato.

La última vez que había encendido fuego en aquel valle, había quemado lo que había en él. Lo sabía todo el mundo y nadie se lo decía ya. Sìne Mhòr, sentada en un tocón con una jarra en la mano, lo miraba de reojo.

—Si vas a llorar, boyero, que sea lejos de la cerveza.

—No voy a llorar.

—Pues no pongas esa cara, que asustas a los terneros.

Marsaili pasó el ganado. Primero las vacas de la eraic, gordas ya de hierba nueva.

Luego las de Glen Corrach. Las llevaba canturreando, delante, sin cuerda, y ellas la seguían entre las dos hogueras con los ojos en blanco y el pelo oliendo a chamusquina.

Para que tuvieran suerte. Para que el año fuera bueno.

Rìgh pasó el último, despacio, con los dos terneros pegados a los flancos, y al salir del humo se paró, miró a Diarmad y resopló.

Ailean les había puesto nombre a los terneros. Uno era Rey Pequeño. El otro, contra la voluntad expresa del jefe, Boyero.

Esta vez el fuego era bueno. Lo notaba en la cara.

• • •

El mensajero llegó con la última luz, en un caballo reventado. Venía de Dun Dorcha, al otro lado del Bealach; en Dùn Àird le habían dicho dónde estaba la familia del jefe y no había parado.

—Un hijo —dijo, sin bajarse—. La señora Ailsa ha tenido un hijo. Grande y con mala leche. Los dos están bien. —Tomó aire—. Le han puesto Cormac.

Hubo un silencio alrededor de los fuegos.

Diarmad buscó a su madre. Lady Muirne estaba de pie junto al fresno, pequeña, envuelta en su capa gruesa, y no se había movido. Tenía los ojos llenos y la boca muy apretada.

—Madre.

—No lloro —dijo ella—. Es el humo.

—Estáis contra el viento.

—Es humo de Beltane. Va a donde quiere. —Se pasó la manga por la cara con un tirón seco—. Cormac. Pues claro que Cormac. ¿Cómo lo iba a llamar esa niña? ¿Torquil?

Le pasó un brazo por los hombros. Ella se dejó, cosa que no había hecho nunca delante de nadie, y le dio dos palmadas en el pecho, como se las daba a las terneras buenas.

—Me voy a Dun Dorcha —dijo entonces Sorcha.

Estaba sentada en la cerca, un poco aparte, con las piernas colgando. Lo dijo tranquila, como quien dice que mañana lloverá.

—¿A qué? —preguntó Diarmad.

—A ayudar a Ailsa con el niño. Unos meses. —Se encogió de hombros—. Alguien tendrá que cortarle la carne.

Su madre soltó algo entre un sollozo y una risa. Sorcha no la miró. Miraba hacia el este, hacia donde el camino se perdía entre los montes camino del Bealach, con aquellos ojos que no se estaban quietos nunca y que ahora, por una vez, se habían parado en un solo sitio.

Entonces se dio cuenta de que Marsaili también la miraba. Con la cabeza un poco ladeada. Con la cara que ponía delante de un corral ajeno.

—¿Qué? —le preguntó en voz baja.

—Nada. Tu hermana mira ese camino como miraba yo tus vacas.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que ha visto algo que quiere.

—¿El qué?

Marsaili le dio una palmada en el brazo.

—Si lo supieras, no sería tu hermana.

• • •

Cuando las vacas se fueron a dormir y la gente empezó a cantar, Marsaili lo cogió de la mano. La derecha, la de la cicatriz.

—Ven.

Lo llevó hasta los fuegos. Hasta el pasillo de hierba quemada que había entre los dos.

—Eso es para el ganado —dijo él.

—Te saqué del vado atado a la cola de un toro, jefe. ¿Qué crees que eres?

Él se rio. Se rio de sí mismo, con todo el cuerpo, como había aprendido a hacer aquel invierno, y se dejó llevar.

Pasaron entre las llamas juntos. El calor les apretó la cara por los dos lados, le chamuscó a él un pelo de la punta única de la barba y le hizo brillar a ella el mechón blanco de la sien.

No les quemó nada. Salieron al otro lado, al fresco de la noche, con el humo detrás y las estrellas encima de Glen Corrach. Ella no le soltó la mano.

—Ya está —dijo él—. Me lo has robado todo. El toro. La espada. La barba. El nombre. El miedo al agua, casi. No te queda nada que llevarte.

Marsaili lo miró desde muy cerca, con la cara roja del fuego bueno y los ojos de pizarra llenos de luz, y sonrió igual que la noche del vado, cuando lo tenía agarrado del pelo en la poza y él todavía no sabía nada.

—Me queda el resto de tu vida —dijo la ladrona—. Y esa no pienso devolverla.