TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 49. Candelaria
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Capítulo 49. Candelaria

Glen Corrach tuvo techo ocho días antes de Candelaria, y Marsaili se quedó sin excusas.

Lo pensó la mañana de la boda, sentada en un taburete de la cámara de las mujeres de Dùn Àird, mientras Sìne Mhòr le quitaba la venda de la mano derecha con la delicadeza de quien despelleja un conejo.

—Cerrada —dijo la vieja, y le volvió la palma hacia la ventana—. Fea, pero cerrada.

La cicatriz le cruzaba la mano de lado a lado, rosa y tirante, como una marca de oreja hecha por alguien con mal pulso. Marsaili abrió y cerró los dedos. Tiraba. Iba a tirar siempre.

—Tú decías que no te casabas con nadie hasta que hubiera techo —dijo Sìne.

—Hay techo.

—Pues eso. Ya no tienes con qué defenderte. —La vieja le dio una palmada en la rodilla—. Bienvenida a lo que hemos pasado todas.

Sorcha entró sin llamar, con un fardo de lana en los brazos y aquellos ojos que no se estaban quietos.

—De Ailsa —dijo—. Lo ha traído un pastor por el Bealach, medio congelado. El pastor, no la capa.

La desenrolló sobre la cama. Era verde. Un verde hondo, de musgo mojado, tejido apretado, con una orla de hilo más oscuro en el borde. Marsaili no la tocó enseguida. Se quedó mirándola. Su madre había estado tejiendo una capa verde el invierno del fuego. Para su padre. No la terminó.

—Hay nota —dijo Sorcha, y la leyó en voz alta—: «Para la que le ha enseñado a mi hermano a perder.

Es verde porque a él le gusta, y así tendrá algo que mirar que no sea su barba.

No puedo ir: estoy tan redonda que no quepo por el paso.

El niño vendrá con los corderos. Y pisa tú primero en el baile, porque él te va a pisar más».

Marsaili se echó la capa a los hombros. Pesaba lo justo. Sacó de su capa vieja el broche de plata del tamaño de un puño y se lo prendió a la nueva, sobre el corazón.

Sìne se sonó la nariz con mucho ruido.

—Es el humo —dijo.

En la cámara no había fuego.

• • •

En la capilla de San Maelrubha todo Strath Aird tenía una vela en la mano.

Era Candelaria. El padre Colmán las había bendecido al alba, cientos de ellas, y ahora ardían en el aire helado delante del pórtico, una por cabeza, temblando todas a la vez cada vez que soplaba el viento del río.

Olía a cera, a nieve y a lana de domingo.

Los votos se decían fuera, en el umbral, delante de la gente, como manda la Iglesia. Dentro se bendecían.

Marsaili llegó del brazo de Ailean, que llevaba una túnica nueva y la cara de quien va a su propia ejecución.

A su paso se apartaban los MacKerron y los de Glen Corrach mezclados, sin orden: Pàdraig junto a Gilleasbuig Bàn, Raonaid con Eòin dormido contra el pecho, Uilleam con el pelo aplastado con agua.

Lady Muirne, en primera fila, con los labios muy apretados.

Neachdan, detrás de ella, con el espejo de bronce bajo el brazo, por si acaso.

Y en el umbral, Diarmad.

Capa verde, espada de piedras, la cara recién lavada. Y una barba de seis semanas, rubia rojiza, corta y espesa, de una sola pieza. Neachdan había intentado partírsela en dos aquella mañana; se le notaba en la cara de luto. Diarmad no lo había dejado.

La miró llegar. No se atusó nada. No se puso en jarras. Se quedó allí, muy derecho, con la boca un poco abierta, como un hombre que ve por la ventana algo que no esperaba.

—T-tenéis que d-decir… —empezó el padre Colmán.

—Ya lo sé, padre —dijo Diarmad. Carraspeó. Sacó la voz de leer un testamento—: Yo, Diarmad, hijo de Cormac, jefe de los MacKerron de Strath Aird, señor del vado del Aird y de…

Marsaili levantó una ceja.

Él se calló. Respiró.

—No —dijo, con su otra voz—. Eso ya lo sabéis todos. —La miró solo a ella—. Te tomo a ti, Marsaili. No te prometo ganar. Te prometo perder contigo todas las discusiones que merezca perder.

—Y alguna más.

—Y alguna más. —Tragó—. Y te prometo que no volverá a pasar un solo día sin que mire hacia el noroeste.

Se oyó a alguien sorberse la nariz. Neachdan, seguramente. O la mitad de la fine.

Le tocaba a ella. Había preparado algo en el camino desde Glen Corrach, dos días enteros, y se le había ido todo de la cabeza. Le quedaron las manos. Se soltó el broche de la capa verde.

—Me pediste que te robara la tercera vez —dijo—. Aquí la tienes. Delante de un cura, de tu madre y de todo tu clan, para que nadie diga que fue de noche.

Le prendió el broche en la capa, en su sitio de siempre, y le apretó el cierre con la mano de la cicatriz.

—Entero vale más.

A él se le movió la barba nueva. Le cogió la mano, la derecha, la que no soltaba, y la cerró dentro de la suya.

—Te t-tomo… —intentó el padre Colmán, por ayudar.

—Te tomo —dijo ella.

Fue entonces cuando las velas del fondo empezaron a apagarse en fila, de atrás hacia delante, y la gente a apartarse con gritos cortos.

Rìgh había bajado desde el corral. Venía por el medio, enorme, blanco, con la cabeza alta, apagando velas a resoplidos. Atravesó la boda sin prisa. Se paró en el umbral, junto a Marsaili, y resopló sobre el padre Colmán, que se agarró al marco.

—¿D-de quién es este a-a-animal?

—Mío —dijeron los dos.

Se miraron. Diarmad cerró la boca. La volvió a abrir.

—Suyo —dijo.

El padre Colmán miró al toro, miró al jefe y bendijo a los tres.

• • •

Al salir de la capilla, Marsaili se apartó de la gente y fue hasta la tumba del rincón del camposanto, bajo el tejo. Una losa con una cruz tallada, sin nieve, porque alguien la limpiaba.

Diarmad la siguió a dos pasos, sin ruido, con la nieve crujiéndole bajo las botas.

Ella se arrodilló. Sacó del cinturón el cuchillo de mango de hueso de su padre, el que había llevado encima cuatro años y medio, y lo dejó sobre la piedra.

—Te hice daño —le dijo a la losa—. No te maté, pero te hice daño. Esto te toca a ti. Yo ya lo he llevado bastante.

Se quedó un momento con la mano encima del cuchillo. Después la levantó, y la mano pesó menos.

Detrás de ella, Diarmad le puso la suya en el hombro.

• • •

En el salón hubo cordero, cerveza y música de arpa y flauta, y bailaron, porque Lady Muirne dijo que se bailaba. Ailsa tenía razón. Él le pisó el pie izquierdo cuatro veces y el derecho tres, con una dignidad tremenda, y se disculpó cada vez como un embajador.

—Para —dijo ella al quinto pisotón—. Me queda poco pie.

—Te estoy llevando.

—Me estás plantando.

Subieron a la cámara alta cuando la flauta aún sonaba. La escalera era estrecha y él iba detrás, con una antorcha, callado, y ella notaba su silencio en la nuca como una mano.

Arriba había fuego. Él dejó la antorcha en el soporte. Se quedaron de pie, el uno frente al otro, de pronto torpes, como dos que no hubieran compartido nunca una manta.

Él levantó la mano y le deshizo la trenza. Fue lento. Fue de abajo arriba, tirón a tirón, hasta que el pelo le cayó por la espalda, negro, con el mechón blanco de la sien suelto sobre la cara. Él se lo apartó con un dedo.

—Llevo desde el vado queriendo hacer esto.

—Desde el vado querías ahogarte.

—También.

Ella le soltó el broche. Le quitó la capa verde, la dejó en el arcón. Le puso la palma de la cicatriz en la cara, sobre la barba corta, que raspaba distinto. Él volvió la cara y le besó la cicatriz, de punta a punta, sin prisa.

—¿Sí? —preguntó él, muy bajo.

—Es sí desde la cueva de nieve.

Él fue a cerrar la puerta. La cerró.

• • •

Mucho después, a oscuras, con el fuego hecho brasa y la lana de la manta oliendo a humo y a él, Marsaili le pasó los dedos por la barbilla. Por la barba nueva. Por el hoyuelo, que seguía allí debajo.

—¿Echas de menos las dos puntas? —preguntó él.

—Echo de menos tener de qué reírme.

—Te queda mi madre.

Ella lo pensó con mucha seriedad.

—Eso es verdad.