Capítulo 48. La barba
Neachdan empezó a llorar antes de que la navaja tocara un solo pelo.
—Señor. Os lo ruego. Pensadlo una noche más.
—Llevo trece pensándolo.
—Una más.
—Sujeta el espejo, Neachdan.
El senescal sujetó el espejo de bronce con las dos manos, a la altura de la cara de su jefe, y le temblaba tanto que Diarmad se veía a trozos: un ojo azul, media boca, la barba.
Sobre todo la barba. Rubia rojiza, espesa, partida en dos puntas perfectas que Neachdan le había peinado cada mañana durante veinte años con un peine de hueso y una paciencia de santo.
Estaban en la cámara alta de la torre. Fuera nevaba. En la jofaina humeaba el agua caliente y en la mano derecha tenía la navaja, afilada esa misma mañana por el herrero, que le había preguntado para qué la quería y se había santiguado al oírlo.
Diarmad se miró a los ojos en el bronce.
—Por la barba de mi padre —dijo.
Y se cortó la primera punta.
Neachdan soltó un gemido de viuda. La punta cayó en la jofaina y se quedó flotando como un pájaro muerto.
La segunda costó menos. Luego vino el agua, el jabón de sebo, la hoja. Fue lento. Se cortó dos veces debajo de la mandíbula. Neachdan lloraba ya sin disimulo, con la cara arrugada y la nariz goteando, sin dejar de sostener el espejo, porque antes muerto que soltarlo.
Cuando acabó, Diarmad se secó la cara y se miró.
No se conocía.
El hombre del espejo tenía barbilla. Una barbilla cuadrada, obstinada, con un hoyuelo que no sabía que tenía. Parecía más joven. Parecía más desnudo. Parecía, sobre todo, un hombre que no había ganado nunca nada.
—Bueno —dijo—. Es lo que hay.
Neachdan se sonó en la manga.
• • •
Su madre no lo reconoció.
Entró en la cámara a buscarlo, vio a un desconocido sin barba junto a la ventana y se volvió hacia el senescal con cara de tormenta.
—¿Quién es este hombre? ¿Dónde está mi hijo?
—Madre.
Lady Muirne lo miró. Se acercó. Le cogió la cara con las dos manos, como le había cogido la oreja a la Gorm en el vado, y la giró a un lado y a otro, a la luz.
—Tienes la barbilla de tu abuelo —dijo al fin—. Era un hombre feísimo.
En el patio, los perros le ladraron como a un ladrón. Sorcha bajó la escalera, lo vio, se paró en seco y se sentó en un escalón a reírse. Se reía sin ruido, doblada sobre las rodillas, y cada vez que levantaba la cabeza y lo miraba volvía a empezar.
—No tiene gracia —dijo él.
—No —jadeó Sorcha—. No tiene ninguna. Por eso.
• • •
Salió de Dùn Àird al alba del día siguiente. A pie. Solo. Sin la espada de piedras, sin la capa verde, sin el broche que ya no tenía. Con un plaid pardo de boyero, un zurrón con pan y queso, y un hacha al hombro.
Dos días de camino por la nieve. Durmió una noche en una majada y otra al raso, sin toro que le diera calor, y pensó mucho en lo que se echa de menos un toro.
Llegó a Glen Corrach al tercer día, con las piernas de madera y el costado tirándole donde Sìne había cosido.
El valle ya no estaba en silencio. Se oían hachas.
Había humo en tres chozas nuevas de piedra y turba, y en el sitio de la sala vieja se levantaban los muros otra vez, con piedra limpia encima de la piedra negra.
Los MacKerron de las hachas trabajaban al lado de los de Pàdraig.
Unos niños perseguían a Gaoth por la nieve.
Y debajo del fresno, rumiando, enorme y blanco, estaba Rìgh.
Diarmad se paró en seco.
—Se escapó a los dos días de iros —le dijo a la primera persona que se le acercó, que fue Pàdraig—. Rompió tres vallas y el corral del porquero. Neachdan creía que lo habían robado.
Pàdraig lo miró de arriba abajo. La cara desnuda. El plaid pardo. El hacha.
—¿Y tú quién eres?
—Pàdraig, por favor.
—No te conozco. —Pàdraig se volvió hacia las obras y levantó la voz—. ¡Marsaili! ¡Aquí hay un boyero que busca trabajo!
Todos dejaron de trabajar. Todos lo miraron. Uilleam se tapó la boca. Raonaid se dio la vuelta para que no la viera reírse. Ailean echó a correr hacia él y Raonaid lo agarró del cogote.
Marsaili bajó de los muros con la mano derecha todavía vendada y una viga de pino en el hombro izquierdo. Llevaba el broche de plata prendido en la capa. Lo miró a la cara un buen rato, muy seria. No pestañeó.
—¿Sabes cargar?
—Sé aprender.
—Eso habrá que verlo. —Le soltó la viga en los brazos. Pesaba como un ternero—. A los muros. Hasta que yo diga.
Desde una choza, envuelta en pieles junto al fuego, Sìne Mhòr levantó la voz.
—¡Que coma primero, el boyero, que está en los huesos!
Cargó tres días.
Vigas, piedras, turba. Se le llenaron las manos de astillas y se le abrieron ampollas sobre ampollas.
Comió gachas con los de Glen Corrach sentado en el suelo.
Durmió en la choza de los hombres, entre Uilleam, que roncaba, y un MacKerron de su propia hueste que lo llamaba «boyero» sin pestañear.
Nadie le dijo su nombre. Nadie le hizo una reverencia.
Rìgh lo seguía a ratos por la obra, olisqueándole el zurrón.
Ella lo miraba trabajar. Él lo sabía porque la pillaba siempre que levantaba la cabeza.
• • •
Al tercer día, al atardecer, ella lo llamó junto al fresno.
Hacía un frío limpio, sin viento. El valle olía a resina, a turba y a pan. Las ramas nuevas del fresno estaban cubiertas de escarcha, y a su lado Rìgh mascaba algo con los ojos entornados.
Diarmad se quitó el hacha del hombro y la apoyó en el tronco. Se miró las manos, rotas. Luego la miró a ella.
—No te ofrezco nada —dijo—. Lo que tenía ya no es mío. Glen Corrach es tuyo. Las vacas son tuyas. La plata se la di a la fine. La barba se la di a Neachdan, que la guarda en un cofre y le reza. Solo me queda esta cara, que no conocías.
Ella no contestó. Lo miraba como se mira un potro antes de montarlo.
—Y él. —Señaló al toro con la barbilla—. Te lo robaste. Ahora te lo doy.
—Ya está aquí. Se vino solo.
—Por eso. Es lo único que he aprendido a regalar este invierno: lo que ya he perdido. —Dio un paso hacia ella—. Ya me robaste dos veces, Marsaili. Vengo a que me robes la tercera.
Se le movió algo en la cara. Primero en la boca. Después en los ojos.
Lo agarró del plaid con la mano buena, tiró de él y lo besó.
Fue un beso largo, frío por fuera y caliente por dentro, con olor a resina y a escarcha. Él le puso las manos rotas en la cara. Ella le pasó la vendada por la nuca, donde antes le caía el pelo encima de la barba, y por la mandíbula, donde ya no había nada.
Se separó un poco. Le tocó la barbilla con un dedo, despacio, de un lado a otro, como quien comprueba una marca en la oreja de una vaca.
—Tenías barbilla —dijo—. Quién lo iba a decir.