Capítulo 47. La novia de la indemnización
Diarmad la encontró en el corral de Rìgh, que era el único sitio de Dùn Àird donde nadie la miraba como a una novia.
Era temprano. La escarcha cubría la empalizada y el aliento del toro subía en nubes gordas. Marsaili le rascaba la frente con la mano buena, entre los cuernos, donde a él le gustaba, y le contaba en voz baja que se iba. Rìgh no estaba de acuerdo. Se lo decía con resoplidos.
—¿Por qué? —dijo Diarmad desde la cerca.
No había dormido. Se le notaba en los ojos hundidos.
—Buenos días a ti también.
—¿Por qué no?
Marsaili siguió rascando al toro.
—Porque ayer, delante de todo Strath Aird, diste doscientas vacas, la madera de un pinar, los brazos de tus hombres y una carta al rey. Y después de la carta, sin respirar, me pediste a mí. —Lo miró por encima del lomo blanco—. Como la vaca doscientas una.
Él se puso rojo hasta las orejas.
—Tú no eres una vaca.
—Ya lo sé. Las vacas no dicen que no.
—¡No era parte del pago!
—Lo parecía. —Rodeó al toro y se acercó a la cerca.
El vendaje de la mano le tiraba—. Escúchame.
Tú me debes un valle. Yo te debo un muerto que no maté, una venta en las Tres Piedras y cuatro otoños de vacas.
Si me caso contigo ahora, nadie va a saber quién paga a quién.
Ni tú ni yo. Y dentro de veinte años, en una mala noche, uno de los dos lo va a echar en cara.
—Yo no echaría…
—Tú le echas en cara a tu madre que te corte la carne y a la vez te enfadas si no te la corta.
Abrió la boca. La cerró.
—Eso es distinto.
—Eso es exactamente lo mismo.
Rìgh asomó la cabeza por encima del hombro de ella y le pasó a Diarmad la lengua por los nudillos, de lado a lado, con todo el cariño de una semana de conocerlo. Diarmad apartó la mano.
—Tú no te metas.
—Es mi toro —dijo Marsaili.
—¡Es mi toro!
—Pregúntaselo a él.
Diarmad apoyó las dos manos en la cerca. Tenía las manos grandes, nudosas, con las cicatrices del lobo todavía rosas bajo la manga. Bajó la voz.
—Nadie me ha dicho que no dos veces.
—La arquera te lo dijo una.
—La arquera no cuenta.
—¿Por qué?
—Porque a la arquera no la quería.
Se le quedó la frase entre los dos, colgando en el vaho. Marsaili sintió que se le iba toda la rabia de golpe y que en el sitio de la rabia no le quedaba nada con lo que defenderse.
—¿Y a mí? —preguntó, más bajo de lo que pretendía.
—¿Necesitas que lo diga?
—No. —Se agarró a la cerca con la mano buena—. Pero me gustaría que no lo dijeras así, en jarras.
Él miró hacia abajo. Tenía los puños en las caderas. Los quitó.
—Te quiero —dijo—. Te quería cuando me tiraste al río. No lo sabía, pero te quería. Y no te estoy comprando, Marsaili. No tengo con qué. Ya lo he dado todo.
—Por eso. —Se le quebró la voz y la enderezó—. Porque lo has dado todo y ahora estás vacío y lleno de deudas, y yo también, y dos vacíos no hacen una casa. Yo te quiero, Diarmad. Por eso no.
Él se quedó mirándola un buen rato. Ella vio cómo lo entendía, o cómo intentaba entenderlo, con aquella cara de toro testarudo que ponía cuando una idea no le cabía en la cabeza.
—Eso —dijo al fin— es lo más absurdo que he oído en mi vida.
—Lo sé.
—Y no lo entiendo.
—Ya lo entenderás.
—¿Cuándo?
—Cuando lo entiendas.
Diarmad se dio la vuelta y se fue hacia la torre, con una mano en el costado y la espalda muy derecha. A medio patio tropezó con una gallina. No miró atrás.
• • •
Sorcha la encontró en la cámara de las mujeres, metiendo en un hatillo las pocas cosas que tenía. Una camisa limpia. «Mordaz». El cuchillo de mango de hueso de su padre. El broche de plata, que se quedaba en la capa porque no sabía dónde más ponerlo.
—Te vas.
—A Glen Corrach. Tengo treinta personas sin techo y diciembre encima. Con amor no se tapan goteras.
Sorcha se sentó en la cama con las piernas cruzadas, como una niña. Tenía aquellos ojos inquietos que no paraban de mirarlo todo: el hatillo, la mano vendada, la cara de Marsaili.
—Le has dicho que no.
—Lo sabe todo Strath Aird.
—Lo sabe hasta el toro. Lleva toda la mañana dando cabezazos a la cerca. —Sorcha ladeó la cabeza—. ¿Sabes qué ha hecho mi hermano después?
—¿Romper algo?
—Se ha sentado en el banco de la sala y no ha roto nada. Nada, Marsaili. Ni ha gritado ni se ha puesto en jarras ni ha mandado azotar a nadie. Se ha quedado allí sentado, mirando el fuego. Mi madre ha ido a cortarle la carne del almuerzo y le ha dicho que gracias, que ya podía él.
Marsaili se quedó con la camisa a medio doblar.
—No te está pagando —dijo Sorcha—. Está perdiendo. Es la primera vez en su vida que lo hace bien.
Se levantó, le quitó la camisa de las manos, la dobló ella en cuatro con mucho cuidado y la metió en el hatillo.
—Vete a levantar tu techo —le dijo—. Pero no le cierres la puerta. Le ha costado treinta y un años aprender a llamar.
• • •
En la puerta de la empalizada la esperaba Lady Muirne, envuelta en su capa gruesa, con un hatillo de lienzo en las manos.
—Cordero —dijo, y se lo puso a Marsaili contra el pecho—. Cortado. Con esa mano no te apañas en el camino.
—Señora, no hacía falta…
—Ya sé lo que hacía falta y lo que no. —Lady Muirne la miró de cerca, de abajo arriba, porque era más baja que ella—. Yo no leo cartas, muchacha. Leo caras. La tuya dice que vuelves.
—La mía dice que tengo frío.
—Eso también. —Le subió la capa hasta el cuello con dos tirones secos, como a una hija, y se apartó—. Andando. Que se os hace de noche.
Salieron a mediodía. Los treinta de Glen Corrach, los primeros carros de madera, una docena de MacKerron con hachas que no sabían muy bien si iban de escolta o de castigo, y el ganado de la eraic delante, mugiendo hacia el noroeste.
Sìne Mhòr iba en el poni, quejándose. Ailean iba a pie con Gaoth pegado a las rodillas, girándose cada diez pasos hacia la torre.
Rìgh se quedó en su corral. Diarmad no lo había regalado y ella no lo había pedido. Cuando vio que ella se iba, el toro bramó de tal manera que los perros de toda la empalizada se pusieron a aullar.
A Marsaili se le partió algo al oírlo. No se dio la vuelta.
Hasta lo alto de la loma.
Allí se paró y miró atrás.
Dùn Àird estaba abajo, gris y pequeño, con el humo de las cocinas subiendo recto en el aire frío. En el patio, junto al pozo, había dos figuras. Una era Neachdan, con algo redondo en las manos que brillaba al sol como una moneda grande. El espejo de bronce.
La otra era Diarmad, de pie delante del espejo.
No se movía. No se atusaba la barba. Solo la miraba, la barba de dos puntas, como se mira a un viejo amigo al que hay que decirle algo difícil.
Ella se quedó en la loma hasta que el último carro la adelantó.
Él seguía mirándose.