TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 46. Dos eraic
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Capítulo 46. Dos eraic

Neachdan quería peinarle la barba antes del consejo, y Diarmad le dijo que no.

El senescal se quedó con el peine de hueso en el aire, como un hombre al que le han dicho que el sol ya no sale por el este.

—Señor. Es la fine.

—Ya lo sé.

—Es la fine entera, señor, y medio Strath Aird, y esos… —bajó la voz— proscritos. Con la vieja. La que cose.

—Por eso.

—No lo entiendo.

—Yo tampoco del todo, Neachdan. —Se levantó del banco con una mano en el costado. Los puntos de Sìne Mhòr tiraban como cuerdas de ganado—. Pero hoy no voy a hablar con la barba. Voy a hablar con la boca.

Neachdan se guardó el peine en la manga con una cara de luto que no se le quitó en todo el día.

• • •

El salón de Dùn Àird no había estado nunca tan lleno.

La fine en los bancos de la derecha, con Gilleasbuig Bàn en medio, envuelto en pieles.

Su madre y Sorcha, en la mesa alta. El padre Colmán en una esquina, con tablilla y punzón, más pálido que su propia tonsura.

Los hombres de la hueste, de pie contra las paredes, hombro con hombro.

Olía a turba, a lana húmeda y a carne asándose en las cocinas.

Y en los bancos de la izquierda, donde nunca se había sentado nadie de fuera, los de Glen Corrach.

Pàdraig, con los brazos cruzados. Raonaid, con Eòin dormido en el regazo.

Uilleam, que miraba las vigas con la boca abierta.

Sìne Mhòr, que miraba la comida. Ailean, con el perro negro de Tormod echado a sus pies, porque Gaoth no se había querido separar de él desde Glen Corrach y nadie había tenido valor de discutirlo.

Y Marsaili. Con la mano derecha vendada en el regazo, el broche de plata prendido en la capa y aquella cara de pizarra que no le daba a nadie nada gratis.

Diarmad se puso en pie delante del hogar. No se puso en jarras. Le costó.

—En septiembre de hace cuatro años —dijo— quemé Glen Corrach.

El salón se quedó quieto.

Lo contó todo. No con la voz de testamento, sino despacio, sin adornos, como se cuentan las cabezas de ganado que faltan en un corral.

Tormod y su juramento. La pena por su padre.

Las ganas de que alguien pagara. La noche, el fuego, los viejos, las mujeres.

Que no había preguntado. Que no había vuelto a preguntar.

Que había ido al justicia del rey con un mentiroso al lado y había hecho proscribir a treinta personas que no le habían hecho nada, y que luego, durante cuatro años, no había mirado ni una sola vez hacia el noroeste.

Nadie lo interrumpió. Cuando acabó, tenía la boca seca.

—Debo una eraic —dijo—. El precio de la sangre.

No hay plata que pague a los muertos, pero lo que se puede pagar, se paga.

Glen Corrach vuelve a los MacCorrach, entero, sin una vaca ni una piedra que reclame Strath Aird.

Doscientas vacas de mis rebaños, de las buenas, no de las que sobran.

Madera de los pinares de Tom an Fhuarain para levantar la sala.

Y hombres de Strath Aird que la levanten, hasta que esté hecha. —Miró hacia la esquina—. Padre Colmán.

El cura dio un respingo.

—S-señor.

—Escribid al rey. Que el MacKerron pide que se levante la proscripción de los MacCorrach, porque la pidió con mentiras. Y añadid una línea para Sir Baldwin, en Inverness: que la comisión de Tormod MacCorrach se ha terminado, y por qué.

—¿P-por qué, señor?

—Por un toro.

El padre Colmán miró la tablilla, miró a Diarmad y decidió no apuntarlo.

En los bancos de la fine se levantó un murmullo. Doscientas vacas. Madera. Hombres. Gilleasbuig Bàn se rascó la barba blanca y no dijo nada, pero tampoco dijo que no.

Entonces se levantó Marsaili.

Diarmad no sabía que iba a hacerlo. Lo vio en la cara de Pàdraig, que tampoco lo sabía.

—Yo también debo —dijo ella. Tenía la voz seca, rápida, como siempre que algo le importaba demasiado—.

Soy la lavandera del vado. La Bean Nighe.

Lo sabéis ya, pero no os lo había dicho yo.

Os he robado vacas cuatro otoños. A vosotros, a vuestros padres y a vuestros pastores.

Las vendía para que comieran treinta personas, y no me arrepiento de que comieran. Pero las vacas eran vuestras.

Sacó de debajo de la capa una bolsa de cuero y la dejó en la mesa, delante de la fine. Sonó a plata.

—La plata de Tormod. La que tenía enterrada debajo del hogar de mi padre. Y la manada que entró en vuestro campamento la otra noche, con las vacas viejas de Cormac, es vuestra. Esa es mi eraic. No quiero deberle nada a Strath Aird.

Hubo un silencio largo. Luego el murmullo de la fine subió de tono. Uno se reía. Otro protestaba. Gilleasbuig Bàn miraba la bolsa como si fuera a morderle.

Diarmad la miró a ella. De pie, sola en el centro del salón de sus enemigos, con la mano vendada y la barbilla alta, pagando una deuda que nadie le había reclamado. Había conocido muchos orgullos. El suyo, el primero. Nunca había visto uno tan limpio.

• • •

Comieron después. Y fue en la comida cuando pasó.

Su madre se levantó de la mesa alta, cruzó el salón y se plantó delante de Marsaili.

—Tú. Arriba. A mi lado.

Marsaili la miró. Miró a Diarmad. Se levantó.

Lady Muirne la sentó en el banco de la mesa alta, entre ella y Sorcha, en el sitio que siempre había sido de Ailsa. Le pusieron delante un plato de cordero. Marsaili cogió el cuchillo con la mano izquierda, torpe, y la carne se le escurrió.

Su madre le quitó el cuchillo. Sacó del cinturón el suyo, el pequeño, el de hoja gastada, el de las orejas de las terneras. Y empezó a cortarle la carne a Marsaili en trozos pequeños, ordenados, uno detrás de otro, como se la había cortado a él todos los inviernos desde que murió su padre.

El salón entero se calló.

Diarmad miró su plato. Su cordero. Entero. Sin cortar.

Sorcha soltó una risa baja, rara, por la nariz.

—No me mires —dijo su hermana—. Ya tienes treinta y un años.

Diarmad cogió su propio cuchillo con una dignidad enorme y se cortó la carne él solo, por primera vez en su vida delante de testigos. No sabía si quería llorar o reclamar. Las dos cosas le apretaban el pecho a la vez, y la segunda le daba mucha más vergüenza que la primera.

Marsaili, con la boca llena, lo miró por encima del plato. Tenía los ojos brillantes.

Entonces Sìne Mhòr se levantó en su banco, con un hueso de cordero en la mano, y gritó para que la oyera todo Strath Aird:

—¡Y vuestro jefe no sabe nadar!

Silencio. Doscientas cabezas se volvieron hacia él.

Diarmad dejó el cuchillo. Pensó en mentir. Pensó en la poza, en el río Corrach, en la yegua vieja, en Ailean agarrado a su pierna.

—Es verdad —dijo.

Y se rio.

No pudo evitarlo. Le salió de dentro, del sitio donde había estado el orgullo, y le dolieron los puntos del costado y siguió riéndose.

Y el salón se rio con él. Primero los proscritos, luego la hueste, luego, a regañadientes, hasta la fine.

Gilleasbuig Bàn golpeaba la mesa con el puño.

Neachdan, en la puerta de las cocinas, se tapaba la cara.

Cuando se le pasó, Diarmad se quedó mirando a Marsaili. A la mujer que le había robado el toro, la espada, el miedo y el nombre, y que estaba sentada en el sitio de su hermana mientras su madre le cortaba la carne.

Se puso en pie.

—Quiero casarme contigo.

Lo dijo delante de todos. Con la boca, sin la barba.

El salón se quedó sin aire.

Marsaili dejó el trozo de cordero en el plato. Lo miró largo rato. Sus ojos ya no brillaban.

—No.