TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 45. Lo que no se quema
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Capítulo 45. Lo que no se quema

Sìne Mhòr entró en Glen Corrach maldiciendo al poni, y Marsaili no había oído en su vida nada tan bonito.

Ya era de noche. Las antorchas bajaban por la ladera en hilera, una docena de luces naranjas que se movían sobre la nieve, y delante de todas venía aquella voz que conocía desde la cuna.

—¡Bicho del demonio! ¡Te voy a vender a los isleños por lo que valga tu pellejo, que no es nada! ¡Tres maridos he enterrado y ninguno me dio tanto trabajo como tú!

Se rio. Le dolieron las costillas y se rio igual.

Había hecho lo que había podido. Un fuego de ramas de brezo en el hueco de la sala, al resguardo del muro.

Una tira de su camisa apretada en el costado de Diarmad, otra en su propia mano.

El manto azul, rajado, echado por encima de lo que había en la nieve junto al fresno, para no tener que verlo.

Gaoth seguía allí, tumbado, y no había querido moverse ni por un trozo de cecina.

Diarmad estaba sentado contra la piedra, muy blanco, con los ojos cerrados. No dormía. Cada vez que ella se movía, abría uno.

—Ya vienen —le dijo.

—Lo oigo. —No abrió el ojo—. Esa mujer podría mandar una hueste.

—Manda una. La mía.

Llegó Pàdraig primero, con diez de los suyos y Raonaid. Detrás, a caballo y en silencio, una veintena de MacKerron con el ciervo blanco en los escudos, que se pararon en el borde de las ruinas sin atreverse a pisarlas. Y la última, en el poni, Sìne Mhòr.

La vieja no saludó. Bajó del poni con un gruñido, se acercó al fuego, la miró de arriba abajo, miró a Diarmad y miró el manto azul en la nieve. Se santiguó una vez, rápido, como quien se quita una mosca.

—Bueno —dijo—. A ese ya no hay que coserlo.

• • •

Lo cosió junto al fresno, a la luz de dos antorchas que sostenían dos muchachos de Pàdraig con cara de ir a desmayarse. Sìne le abrió la camisa a Diarmad, le lavó la herida con nieve derretida y sacó de la bolsa la aguja de hueso y el hilo.

—No es honda —dijo—. Te ha pinchado como pincha un cobarde. Aguanta, que he cosido terneros más valientes.

—No lo dudo —dijo Diarmad con los dientes apretados.

—Y más guapos.

—Eso sí lo dudo.

Marsaili le sostenía la mano. La buena. Él se la apretaba a cada puntada y ella no se quejaba, aunque le estaba moliendo los nudillos.

Cuando acabó, Sìne cortó el hilo con los dientes y se volvió hacia ella.

—Ahora tú. La mano.

—No es nada.

—Enséñamela o te la enseño yo.

Ella desató la tira de camisa. La palma estaba abierta de lado a lado, limpia, profunda. Sìne la miró y chasqueó la lengua.

—Agarrar una espada por el filo. ¿Eso te enseñé yo?

—Me enseñaste a no soltar lo que es mío.

La vieja la miró un rato largo. Luego se le arrugó la cara de una forma que no le había visto nunca, y le vendó la mano sin decir otra palabra, muy apretado, como vendaba cuando tenía miedo.

• • •

Diarmad quiso levantarse.

—Ni se te ocurra —dijo Sìne.

—Quiero verla. —Miró a Marsaili—. Tu casa. Quiero que me la enseñes.

Nadie dijo nada. Pàdraig se cruzó de brazos, con el muñón de la izquierda bajo el codo. Los MacKerron, en el borde de la luz, se miraron entre ellos.

Marsaili lo ayudó a ponerse en pie. Pesaba como una vaca mojada. Le pasó el brazo por debajo del hombro y lo llevó, paso a paso, por las ruinas de la sala de su padre.

—Aquí estaba la puerta. —Se pararon en el umbral. La piedra de siempre, gastada en el centro por cien años de pies—. Aquí estaba mi madre. Con el pelo suelto. Iba a salir a buscar a mis hermanos.

Él no dijo nada. Miró la piedra.

—Aquí el hogar. Mi padre se sentaba ahí, en el banco, y nos contaba historias de toros que hablaban.

Mentía muy mal. —Avanzó un poco, hacia el rincón de la izquierda, donde el muro hacía un hueco bajo—.

Aquí dormía Ailean. Le hicimos un jergón de brezo y lo tapábamos con la piel de un ternero rojo.

Le daba miedo la oscuridad y dejábamos una brasa encendida para él.

Se le quebró la voz en lo de la brasa. Siguió.

—Aquí tejía mi madre. —Un trozo de suelo como otro cualquiera, bajo la nieve—. Tenía el telar contra la pared. Ese invierno estaba haciendo una capa para mi padre. Verde. Le gustaba el verde.

Se calló. No había más que enseñar. Una sala de piedra y cuarenta vacas flacas, había dicho Tormod. Era verdad. Y era todo.

Diarmad se soltó de su hombro.

Ella no lo entendió hasta que lo vio arrodillarse.

Lo hizo con torpeza, con una mano en el costado cosido y la cara gris de dolor, allí mismo, en la ceniza vieja del suelo de su madre.

Delante de Pàdraig y de los diez. Delante de Raonaid.

Delante de los veinte MacKerron que lo miraban desde el borde de la luz como se mira a un jefe que se ha vuelto loco.

—Yo quemé esta casa. —No usó la voz de testamento.

Usó otra, más baja, que ella solo le había oído en la cueva de nieve—.

Mis hombres la quemaron porque yo se lo mandé.

Creí a un mentiroso porque me convenía creerle, porque tenía pena y quería a alguien a quien odiar.

Aquí murió gente que no me había hecho nada.

Viejos. Mujeres. El marido de Raonaid. La madre de Marsaili.

—Tragó—. No di la orden de matarlos. Pero el jefe era yo, y el fuego es el fuego.

No sé pedir perdón. No lo he hecho nunca. Os lo pido a todos. Y a este valle.

Nadie se movió. El fuego chascaba en el hueco del muro. Uno de los MacKerron se quitó el casco.

Raonaid fue la primera.

Cruzó las ruinas con el hacha todavía al hombro, la dejó caer en la nieve y se plantó delante de él. Lo miró desde arriba un buen rato, con la cara dura, la de los últimos cuatro inviernos. Marsaili contuvo el aliento.

Entonces Raonaid le tendió la mano.

—Levanta —le dijo—. Que se te abre la costura y la vieja no tiene más hilo.

Diarmad le tomó la mano. Ella tiró de él con fuerza de mujer que corta leña, y él se levantó a medias, apoyado en ella, tambaleándose.

Marsaili no le dijo que lo perdonaba. No le salían las palabras, ni sabía si eran ya suyas para darlas. Se acercó, levantó la mano vendada, la de la palma abierta, y se la puso en la cabeza. Sobre el pelo rubio rojizo, sucio de ceniza. La dejó allí.

Él cerró los ojos.

Se quedaron así, los tres, en la sala sin techo, con la nieve cayendo floja sobre ellos y la luz de las antorchas temblando en los muros negros.

Entonces se oyeron cascos en el camino del río.

Un caballo solo, al trote, con dos jinetes. A la luz de una antorcha reconoció a Uilleam. Y delante de Uilleam, en la misma silla, un bulto flaco envuelto en una manta, con un remolino de pelo negro saliéndole por arriba.

—¡Ailean!

El niño se tiró del caballo antes de que se parara. Cayó en la nieve, se levantó y echó a correr hacia las ruinas, hacia la luz, hacia ellos.

Marsaili abrió los brazos.

Ailean pasó a su lado como una flecha, sin mirarla, y se abrazó a la pierna de Diarmad con tanta fuerza que casi lo tira otra vez a la ceniza. Levantó hacia él una cara furiosa, mojada de lágrimas y de nieve.

—¡Me prometiste lo del agua!