Capítulo 44. Lo que hace un toro
La yegua vieja entró en el río de Glen Corrach sin pararse a pensarlo, y Diarmad tuvo que pensarlo por los dos.
El agua le subió por las botas, por las rodillas, por los muslos.
Estaba tan fría que le cortaba el aliento, y la corriente empujaba de lado, con prisa, hacia abajo.
Se agarró a las crines. Cerró los ojos un instante.
Los abrió, porque cerrarlos era peor: con los ojos cerrados el agua era la poza de cuando tenía siete años y la mano de Lachlan tirando de él hacia arriba.
—Anda —le dijo a la yegua, con los dientes apretados—. Anda, abuela. No te pares ahora.
La yegua no se paró. Salió a la otra orilla con un resoplido de fuelle y él se tiró de la silla antes de que terminara de pisar seco.
Arriba, en la loma, estaba la sala negra. Y en el hueco de la puerta, de espaldas, un manto azul rajado de arriba abajo.
A sus pies, en la nieve, Marsaili.
No recordó haber subido la cuesta. Recordó la espada de piedras en la mano, el aire que le quemaba las costillas y su propia voz, que no sonaba a testamento.
—¡Tormod!
El otro se volvió. No pareció sorprendido. Tenía la espada baja y la mano izquierda tendida todavía hacia ella, como si se le hubiera olvidado recogerla.
—MacKerron. —La recogió—. Vienes calado otra vez.
—Apártate de ella.
—Siempre has dado órdenes en sitios que no son tuyos. —Salió de la sala y bajó al llano de nieve, entre las piedras caídas del corral—. Este valle tampoco es tuyo. Lo quemaste, pero no es tuyo.
—Lo sé.
Eso sí lo sorprendió. Lo vio parpadear.
Y atacó.
Era mejor espadachín que Tormod. Lo supo en los tres primeros golpes, como se sabe la calidad de un caballo en los primeros pasos.
Tormod peleaba bien, con elegancia, pero peleaba como hablaba, adornando.
Diarmad no tenía nada que adornar. Tenía una noche y un día sin dormir, las costillas de Dùghall, un ojo que veía la mitad y una mujer en el suelo detrás de aquel hombre.
—Ella me quiere a mí —dijo Tormod entre dos golpes, sin perder la sonrisa—. Me ha querido siempre. Tú solo la has visto con hambre.
—La he visto robarme el toro, tirarme a un río y venderme. —Paró, giró, volvió a parar—. La he visto de todas las maneras. Tú solo la has visto agradecida.
Aquello le borró la sonrisa.
Le hizo retroceder hasta el muro del corral. Le abrió la manga. Le obligó a soltar una mano de la empuñadura.
Fue un error de jefe. Pensó que aquella mano libre era una mano vencida.
No vio el cuchillo. Solo vio la cicatriz blanca acercarse, y luego sintió un golpe en el costado izquierdo, debajo de las costillas, como un puñetazo caliente.
Se le fue la pierna. Cayó de rodillas. La espada de piedras se le resbaló de los dedos y se quedó en la nieve, con las piedras hacia el cielo.
Tormod lo miró desde arriba. Tenía el cuchillo en una mano y la espada en la otra, y la respiración tranquila.
—Tantos años con la barba peinada —dijo— para esto.
Levantó la espada.
No cerró los ojos. Eso se lo debía a su padre.
Una mano agarró la hoja.
Una mano pequeña, morena, con la punta del meñique cortada. La agarró por el filo, a dos palmos de su cabeza, y la paró en seco. Marsaili estaba de pie a su lado, encorvada sobre las costillas, con la cara de ceniza y los ojos de pizarra clavados en Tormod.
La sangre empezó a caerle por la muñeca.
Tormod se quedó mirándole la mano. En su cara había algo que Diarmad no le había visto en todo aquel invierno. Espanto.
—Suéltala —dijo, muy bajo—. Marsaili, suéltala. Te vas a…
—Ya me la he hecho.
Lo empujó hacia atrás con la hoja y la soltó.
Él retrocedió un paso. Ella también. Y otro. Y otro más, hacia el fresno, hacia el llano abierto donde no había piedras ni muros, solo nieve y el último rojo del sol.
—¿No querías que me fuera contigo? —le dijo—. Ven a buscarme.
—Marsaili —gruñó Diarmad desde el suelo—. A ghràidh, no…
Ella no lo miró. Siguió andando de espaldas, con la mano herida apretada contra el pecho, y Tormod la siguió. No pudo evitarlo. Diarmad lo vio en sus hombros: aquel hombre llevaba cuatro años siguiéndola, y la seguiría también hasta allí, con la espada baja y la mano libre tendida otra vez.
—Vente —le decía—. Todavía estamos a tiempo. Vente.
Gaoth ladraba detrás de él sin parar.
Se apretó el costado y levantó la vista hacia el borde del valle, donde la ladera se juntaba con el cielo.
Había algo blanco allí arriba.
Grande. Inmóvil. Echando vaho por el morro como una chimenea. Había llegado andando, sin prisa, por el camino de las huellas, como llegaba siempre a todas partes, cuando le parecía.
Rìgh.
Marsaili se paró junto al fresno. Tormod, a cuatro pasos de ella.
Ella se llevó dos dedos a la boca. Los dedos de la mano buena.
Silbó.
Dos notas agudas, cortas, que él conocía desde un charco en un bosque, hacía un mes. Las oyó rebotar en las dos laderas del valle.
Arriba, el toro bajó la cabeza.
Tormod también lo oyó. Se volvió sin entender, como quien oye su nombre en una lengua extranjera. Vio lo blanco que bajaba por la ladera, cada vez más deprisa, levantando nieve, con los cuernos largos por delante y un ruido de tierra que se rompe.
No corrió. Quizá no le dio tiempo. Quizá no creyó que fuera para él.
El toro llegó. Cuando pasó, Tormod estaba en la nieve.
No volvió a levantarse.
• • •
Luego hubo silencio en Glen Corrach.
Solo el río. Solo el resuello de Rìgh, que se había parado a diez pasos, con los costados subiendo y bajando. Marsaili soltó una nota larga, rota, y el toro sacudió la cabeza y se quedó quieto.
Gaoth se tumbó en la nieve junto a su amo y empezó a gemir, bajito, con el hocico entre las patas. No se movió de allí.
Diarmad miró un momento la forma oscura en la nieve, junto al perro.
Había jurado sobre una tumba colgar al que mató a Lachlan.
No lo había colgado él. Lo había hecho un toro que él había criado de ternero, a la orden de la mujer que llevaba cuatro años cargando con aquel muerto sin deberlo.
Le pareció justo. Le pareció, por primera vez desde aquel septiembre, que Lachlan podía dormir.
Marsaili no miró aquella forma. Vino hacia él tambaleándose, con la mano abierta y roja, y se dejó caer de rodillas a su lado. Le apartó la mano del costado. Miró. Volvió a ponérsela encima y apretó con la suya, la buena.
—No es honda —dijo. Le temblaba la voz—. No es honda, ¿me oyes?
—Te oigo.
—Te vas a quedar.
—Me quedo.
Se quedaron así, en la nieve, los dos sangrando por sitios distintos, con el sol hundiéndose detrás del fresno. Diarmad miró al toro, enorme, blanco y tranquilo, que pastaba ya entre las piedras como si no hubiera pasado nada.
—Siempre supe —dijo— que ese toro tenía buen juicio.
Ella soltó una risa que era casi un sollozo.
—A ti tampoco te quiere.
—Ya aprenderá.
Rìgh levantó la cabeza al oírle la voz. Lo miró un rato con aquellos ojos oscuros y mansos que en un mes de cuerdas y nieve solo le habían dedicado desprecio. Después vino hacia ellos, crujiendo la nieve.
Se paró encima de él. Le olió el pelo, la barba deshecha, la herida. Resopló.
Y le pasó por la cara, de la barbilla a la frente, una lengua enorme, áspera y caliente.
Él se quedó con la boca abierta.
Marsaili, con la mano ensangrentada en su costado, le sonrió entre lágrimas.
—¿Ves?