Capítulo 43. Glen Corrach
Tardó cuatro años en volver a casa, y volvió siguiendo las huellas de un perro.
Las de Gaoth eran grandes, hondas, imposibles de confundir en la nieve.
Las del caballo gris iban al lado, con una herradura del pie izquierdo que pisaba torcida.
Marsaili las siguió desde el vado todo el domingo y toda la noche, a la luz de una luna que entraba y salía de las nubes, y toda la mañana del lunes, cuando el potro empezó a cojear y tuvo que bajarse y llevarlo del ronzal por las cuestas.
No paró a comer. Masticó nieve. Contó el camino en noches, como lo contaba todo: una noche hasta los pinares, media hasta la cresta, y luego el resto del día bajando por un monte que se sabía de memoria aunque no lo hubiera pisado desde los diecisiete años.
Detrás no oía nada. Ni la yegua vieja, ni a Pàdraig, ni a Rìgh. Había dejado atrás a todos.
Mejor. Esto era suyo.
A media tarde llegó a la boca del valle y se paró.
Glen Corrach era estrecho, como ella lo recordaba, dos laderas de brezo negro bajo la nieve y un río en el fondo, rápido, color de hierro. El sol se estaba poniendo por la cabecera y lo teñía todo de rojo. Por un momento le pareció que el valle volvía a arder.
Luego vio la sala.
Lo que quedaba de ella. Los muros de piedra, bajos, ennegrecidos hasta la altura de un hombre.
Ni tejado ni vigas: el fuego se los había comido y la nieve había llenado el hueco.
La puerta era un agujero. El corral, una línea de piedras caídas.
Las chozas de los demás, montones blancos con forma de nada.
Y al lado, solo, el fresno.
Estaba vivo. Tenía el tronco quemado por un lado, negro y agrietado, y por el otro había echado ramas nuevas, grises, desnudas de invierno. Su padre decía que aquel fresno ya era viejo cuando llegó el primer MacCorrach. Marsaili había tenido un columpio en la rama baja. La rama baja ya no estaba.
No había ruido. Ni pájaros, ni perros, ni vacas. Solo el río.
Ató el potro a una piedra y bajó a pie.
• • •
Tormod estaba dentro de la sala.
Lo vio por el agujero de la puerta, de rodillas junto a lo que había sido el hogar, cavando con un cuchillo en la tierra helada bajo la losa grande.
Tenía a un lado una bolsa de cuero abierta y en la nieve brillaban monedas.
Gaoth estaba tumbado junto a él. Al verla, el perro levantó la cabeza y movió la cola contra la ceniza.
Tormod no se volvió.
—Sabía que llegarías tú primero —dijo—. Ese toro tuyo no corre y tu MacKerron monta como un saco de avena.
Ella entró. Pisó el umbral. Era la misma piedra. Allí había estado su madre.
—Debajo del hogar de mi padre —dijo—. Has guardado tu plata debajo del hogar de mi padre.
—Nadie viene aquí. —Tormod se sentó sobre los talones y por fin la miró. Tenía la cara cansada, los ojos rojos de la nieve, y aun así era guapo. Siempre lo había sido—. Ni los MacCorrach. Ni tú. Era el sitio más seguro de Escocia.
Ató la bolsa. Se puso en pie, despacio, sin tocar la espada.
—No quiero pelear contigo, Marsaili.
—Lo sé. Tú nunca quieres. Te sale solo.
—Escúchame. —Dio un paso. Gaoth se levantó con él—. Hay una birlina en Loch nan Ròn que zarpa con la luna nueva. Con esto —sacudió la bolsa— nos sobra para una casa en las islas. Tierra buena. Ganado. Nadie sabe allí quién eres. Nadie sabe quién soy yo. Vente.
Ella lo miró. No le contestó.
—Todo lo que he hecho lo he hecho por ti.
—Lo decía con la voz cálida de siempre, la de las piedras de Clach nam Fiann, la de sentarse junto al fuego con Ailean en las rodillas—.
Tu padre no tenía nada. Este valle no tenía nada.
Una sala de piedra y cuarenta vacas flacas.
Yo te iba a dar Strath Aird, Marsaili. Strath Aird entero, con su toro y su torre.
—Me diste ceniza.
—Te di la vida. Te saqué de aquí con estas manos.
Las levantó, como si fueran una prueba. La cicatriz fina brilló en el dorso de la izquierda.
Marsaili sintió que algo le subía por la garganta, frío como el río.
Lo había pensado toda la noche, al paso del potro, con las huellas de Gaoth delante.
Lo había pensado con las palabras de Diarmad en el bosquecillo, «Tú le diste en el hombro».
Pero quería oírselo a él. Cuatro años de peso.
Quería que se lo quitara el mismo que se lo había puesto.
—Aquella noche —dijo—, en esta puerta, un MacKerron agarró a mi madre. Yo le clavé el cuchillo de mi padre. Aquí. —Se tocó el hombro—. Cayó gritando. Gritando, Tormod. Los muertos no gritan.
Él no se movió.
—Le di en el hombro. Seguía vivo. —Dio un paso hacia él. Le temblaba la voz y la dejó temblar—. ¿Quién lo remató, Tormod?
Hubo un silencio largo. El río sonaba al fondo del valle.
Tormod podía haber mentido. Lo había hecho siempre, con una facilidad que ella había tomado por ternura. Ella lo vio pensarlo. Y vio, también, el momento en que el orgullo le ganó a la prudencia, porque nunca, en toda su vida, había soportado que ella no supiera lo mucho que le debía.
—Yo te salvé —dijo—. De todo.
Fue suficiente. Fue todo.
Se le doblaron las rodillas un instante y no se cayó. Notó el hueco donde había estado aquel muerto, cuatro años en el pecho, y el hueco dolía casi más que el peso.
—Tu manera de salvarme —dijo— quemó a mi madre.
—Tu madre estaba en la puerta. Yo no podía saber…
—Lo sabías todo. Trajiste el fuego hasta aquí de la mano.
Sacó a «Mordaz».
Tormod suspiró. Desenvainó él también, sin prisa, con pena.
—No me obligues.
Ella atacó.
Fue rápida. Más que nunca. Le entró por abajo, por la izquierda, por donde él tenía la cicatriz, y él paró.
Saltó sobre la losa del hogar y le buscó el muslo, y él paró.
Se le escurrió por detrás, entre las piedras caídas, con los pies de bailarina que le había enseñado su padre en aquella misma sala, y la punta de «Mordaz» le abrió el manto azul de arriba abajo.
Él no atacaba. Solo paraba. Y cada parada le llegaba hasta el codo como un martillazo.
Era más fuerte. Mucho más. Y ella llevaba una noche y un día sin dormir ni comer.
Lo supo cuando falló la quinta estocada. Él le apartó la hoja como quien aparta una rama y le dio con la rodilla en el costado. Las costillas le crujieron por dentro. Se le fue el aire. Intentó levantar la espada otra vez y él le golpeó la muñeca con el plano de la suya.
«Mordaz» voló. Cayó en la nieve, junto al umbral, con el jabalí boca abajo.
Marsaili se fue al suelo de espaldas, sobre la ceniza vieja de su casa. Le ardía todo el lado izquierdo. No podía respirar más que a sorbos.
Tormod se quedó de pie sobre ella, con la espada en la mano y la punta baja. Gaoth gemía detrás de él.
La miró mucho rato. Tenía la cara de un hombre que no entiende por qué las cosas no salen como las había planeado. No había rabia. Había algo peor, una especie de cariño cansado.
No levantó la espada.
Le tendió la otra mano. La de la cicatriz.
—Vente.
Ella no la tomó. Miraba por encima de su hombro, por el hueco de la puerta, hacia el fondo del valle.
En el río, rojo de atardecer, un caballo cruzaba el agua sin ningún miedo, con la corriente hasta el pecho.
El que lo llevaba sí tenía miedo. Se le veía desde allí.