TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 42. Pelea en el vado
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Capítulo 42. Pelea en el vado

La flecha no salió.

Lo vio todo a la vez, como se ve un campo de batalla desde un caballo: la cuerda tensa, la pluma azul junto a la mejilla de Dùghall, la trenza negra de Marsaili a un palmo de su propia boca, y el mechón blanco temblándole en la sien.

Ella no temblaba. Tenía los brazos abiertos, como para parar una vaca en un portillo.

Dùghall dudó. Una sola respiración.

—¡A ella no! —gritó Tormod—. ¡A ella no, animal!

Lo oyó el vado entero. Lo oyó la fine, lo oyeron las mujeres con los niños a la cadera y lo oyó el último pastor del último corral. El hombre que acababa de llamarla bruja la quería viva.

No esperó a que lo entendieran. Agarró a Marsaili por el cinturón, la levantó del suelo y la lanzó detrás de la piedra de moler. Ella cayó de costado con un juramento de boyero. La flecha pasó por donde había estado su cabeza y se clavó en el aliso con un golpe seco.

—¡Te iba a dar a ti! —le gritó ella desde el suelo.

—Por eso.

Sacó la espada de piedras.

Los de Tormod ya cruzaban las losas a caballo, veinte hombres contra la orilla, y la hueste no se movía.

Doscientos MacKerron mirando, con la mano en el puño de la espada y la cara de no saber a quién había que matar.

Diarmad lo entendía. Llevaban un mes oyendo que su jefe estaba embrujado.

Y su jefe había vuelto calado, con un ojo morado y una MacCorrach.

Entonces bramó Gilleasbuig Bàn.

—¡Al jefe! —El viejo se sacó la barba del cinturón y desenvainó una espada que no había visto la luz desde el rey David—. ¡Al jefe, hatajo de terneros! ¿A qué esperáis, a que os lo escriban?

Y Strath Aird se movió.

Del conjunto no vio mucho más. Una pelea en un vado no tiene conjunto: tiene piedras que resbalan, agua que tira de las piernas y caballos que se espantan.

El primero que le llegó era un hombre de barba rala con un hacha corta.

Diarmad le paró el golpe, le dio con el pomo en la cara y lo dejó sentado en el río.

El segundo le entró por la izquierda, por el lado del ojo malo, y la hoja le pasó tan cerca que le peinó la barba.

—¡Diarmad, a tu izquierda!

—¡Ya lo sé!

—¡Pues no lo parece!

Marsaili había salido de detrás de la piedra con «Mordaz» en la mano y peleaba como peleaba siempre: abajo, rápido y sin vergüenza.

Le cortó la cincha a un caballo y el jinete se fue al agua con silla y todo.

Le pisó la mano a otro. Un tercero levantó la espada sobre ella y se encontró delante una montaña blanca que resoplaba.

Rìgh no embistió. No le hizo falta. Se quedó plantado en medio del vado, con los cuernos bajos, y los caballos de Tormod se negaron a pasar. Uno tiró a su jinete. Otro se volvió a la orilla de la que venía con el hombre gritando en la grupa.

Del monte bajó un alarido.

Levantó la vista un instante. Por la ladera de los abedules venían corriendo los de la Leum, una docena de hombres flacos con hachas y palos de espino, y Uilleam delante, aullando como si le pagaran por ruido.

Detrás, más despacio, una hilera de ponis peludos.

Mujeres. Una vieja diminuta encaramada en el más pequeño.

No tuvo tiempo de alegrarse. Dùghall había tirado el arco y venía a por él por las losas, con la espada baja y la cara de hacha sin una sola expresión.

Peleaba bien. Mejor que bien. No hablaba, no amagaba, no perdía un paso. Cada golpe lo empujaba hacia atrás, hacia abajo, hacia el lado de la corriente. A la tercera parada notó el agua en los muslos. A la quinta, en la cintura.

La poza.

Lo supo sin mirar. El fondo se iba. El agua tiraba de él con una mano fría y paciente, y por un instante el mundo se le encogió hasta el tamaño de un pozo. Volvía a tener siete años. Volvía a estar en el fondo verde, con la boca llena.

—¡Diarmad! —La voz de ella, desde algún sitio—. ¡Pisa la losa! ¡A tu derecha, la grande!

La encontró con el talón. Plana, ancha, viva. Se afirmó en ella.

Dùghall lanzó la estocada que iba a acabar con todo, larga y limpia, y Diarmad ya no estaba donde la esperaba.

Dùghall murió en el borde de la poza, sin un ruido, y el río se lo llevó dos pasos antes de dejarlo en la orilla.

Él salió del agua jadeando, con las costillas ardiendo y la espada goteando río. El vado era un barullo de hombres, caballos sueltos y vacas mugiendo. Los de Tormod se rendían o huían. Varios ya estaban en el suelo con dos MacKerron sentados encima.

Buscó el manto azul.

Lo encontró lejos. Tormod había vuelto grupas y subía al galope por la orilla, hacia el noroeste, con Gaoth corriendo pegado a los cascos del gris. No miraba atrás. No le quedaba nada allí que mirar.

Diarmad supo adónde iba antes de pensarlo. Al noroeste no había nada más que monte, nieve y un valle negro.

—Glen Corrach —dijo.

—La plata. —Marsaili ya estaba a su lado, sin aliento, con un tajo en la manga y los ojos de pizarra encendidos—. La guarda donde no va nadie. Se va a las islas.

No dijo más. Silbó entre dientes, un silbido bajo de arriero, y un potro sin silla que daba vueltas por la orilla vino trotando hacia ella. Era uno de los de anoche. Se le subió de un salto, a pelo, sin brida, agarrada a las crines.

—¡Marsaili, espera!

—¡No!

Y salió al galope detrás de Tormod.

Rìgh levantó la cabeza, la vio irse y echó a trotar detrás de ella, chorreando, enorme, con la indiferencia de quien ya sabe a quién pertenece.

Diarmad miró alrededor. Necesitaba un caballo.

El potro pío seguía atado en el bosquecillo, a media legua.

Los de Tormod habían huido con los suyos o andaban sueltos por el río.

El más cercano era una yegua gris, de belfo caído y lomo hundido, que mordisqueaba la hierba helada bajo el aliso con una calma absoluta.

—¡Esa no! —gritó Gilleasbuig Bàn—. ¡Esa yegua tiene más años que yo!

—Pues que corra como si tuviera la mitad.

Montó. La yegua lo miró por encima del hombro con el desprecio de una abuela. Arrancó al trote. Luego, cuando él le clavó los talones, a un galope que sonaba a fuelle roto.

Ningún MacKerron había salido nunca a la guerra en una yegua con canas. Alguien tenía que ser el primero.

En el camino de la orilla se cruzó con la hilera de ponis. El que los guiaba, flaco y manco, era Pàdraig. Detrás venían diez de los suyos, Raonaid con un hacha al hombro y, en el poni más pequeño, con el bastón cruzado sobre las rodillas, Sìne Mhòr.

—Tú te quedas, abuela —le estaba diciendo Raonaid—. Ese poni no llega ni a la loma.

—No me pierdo yo el final por un poni. —Sìne vio a Diarmad y entornó los ojos—. Anda. El del agua. Sigues vivo.

—Más o menos.

—Lo de más o menos se cose.

Pàdraig no preguntó nada. Miró hacia el noroeste, por donde se perdían el potro de Marsaili y la mancha blanca del toro, y levantó la mano buena. Los diez se pusieron en marcha detrás de él.

—¡Uilleam! —gritó Diarmad por encima del hombro—. ¡El niño se queda contigo! ¡No lo pierdas de vista!

Uilleam, que tenía a Ailean agarrado del cogote para que no se escapara al río, levantó el brazo.

Diarmad iba a espolear otra vez cuando oyó a su madre.

Lady Muirne seguía en el vado, junto a la Gorm, con el cuchillo pequeño todavía en la mano. Tenía delante a la fine entera, siete viejos y doscientos hombres mojados que la miraban como se mira a la única persona que parece saber lo que hace.

—¿Qué miráis? —les dijo—. Seguid a vuestro jefe. —Y señaló con el cuchillo el camino por donde se había ido el potro—. Y a esa.