Capítulo 41. La vaca de Lady Muirne
La Gorm no quería mojarse, y Diarmad tampoco.
—Puedes cruzar a caballo —le dijo ella por tercera vez—. Nadie te lo va a echar en cara.
—Me fui de aquí por el agua. Vuelvo por el agua.
—Te fuiste atado a la cola de un toro.
—Detalles.
Amanecía sobre el vado del Aird con la misma niebla de Samhain, baja y lechosa, enganchada a las ramas del aliso.
Hacía un mes. Le parecía un año. Las losas planas asomaban negras entre la espuma y la piedra de moler seguía en su sitio, con escarcha en las muescas de los pulsos.
Olía a río, a humo frío y a ganado asustado.
En la otra orilla esperaba Strath Aird entero.
La hueste había llegado en desorden, con plaids chamuscados y caras de no haber dormido, y la mitad de los hombres buscaba todavía vacas que no iban a encontrar.
Bajo el aliso, la fine: siete u ocho viejos envueltos en capas, con Gilleasbuig Bàn delante y la barba blanca metida en el cinturón por el frío.
Mujeres con niños a la cadera. Y en medio, a caballo, Sorcha, que había cumplido su palabra.
A su lado, en una yegua baya, una mujer pequeña y redonda con una capa de lana gruesa y una cara que no prometía nada.
Lady Muirne.
Un poco apartado, sobre un caballo gris, Tormod. Manto azul, la sonrisa puesta como quien se pone el manto, y Gaoth sentado junto al estribo. Detrás, una veintena de los suyos. Dùghall, con la sien hinchada del golpe de la noche anterior, le sostenía las riendas.
A Marsaili se le resbalaba el ronzal en la mano. Lo apretó.
—Allá vamos —dijo Diarmad.
Entró en el agua.
Ella fue a su lado, por la parte de abajo, la de la corriente, con la Gorm del ronzal.
El agua le mordió las pantorrillas, luego las rodillas.
Estaba tan fría que dolía en los huesos.
Diarmad caminaba muy derecho, con la espada de piedras a la cintura, el ojo izquierdo todavía amarillo y morado, y la mandíbula tan apretada que se le marcaba hasta la oreja.
No miraba la poza. Ella sí. Estaba a diez pasos, verde y lisa, donde lo había sacado del pelo.
Marsaili empezó a canturrear para la vaca. Una tonada de ordeño, sin letra.
Al tercer paso, oyó que él la canturreaba también. Muy bajo. Desafinando.
No se rio. Se le cerró algo en la garganta y siguió cantando más alto, para taparlo a los dos.
Detrás, con un chapoteo de molino, entró Rìgh. Nadie se lo había pedido. Cruzó el vado como si fuera suyo, blanco entre la niebla, y en la otra orilla se levantó un murmullo que fue creciendo.
—El toro.
—Es ella. La lavandera.
—Y el jefe.
—¿Vivo?
—Mojado, por lo menos.
Un pastor viejo se adelantó entre la gente con los brazos abiertos.
—¡Ya os lo dije! ¡Las fantasmas siempre devuelven lo que no les sirve!
Diarmad salió del agua, chorreando hasta los muslos, y se plantó en las losas de la orilla. Por un instante ella temió que se pusiera en jarras. No lo hizo. Abrió las manos vacías, bien abiertas, para que todos las vieran.
—Strath Aird —dijo con su voz de leer un testamento—. Estoy vivo. Nadie me ha embrujado. Estoy calado, que es distinto.
Hubo una risa nerviosa, de esas que se escapan antes de saber si se puede. Gilleasbuig Bàn dio un paso. Lady Muirne, otro.
La madre de Diarmad lo miró de arriba abajo. El ojo. Las costillas que protegía al respirar. La barba, sucia y sin peinar, con las dos puntas apelmazadas de barro. Tenía las manos cruzadas sobre la capa con tanta fuerza que se le veían blancos los nudillos.
—Pedí que me lo devolvieran peinado —dijo.
—Señora —contestó Marsaili—, eso no entraba en el precio.
Lady Muirne la miró por primera vez. Fue una mirada de mercado, que pesaba y no perdonaba nada.
—Ah, ¿no?
Tormod no dejó que el silencio durase.
—Hermanos. —Su voz era cálida y sonaba triste, lo justo—.
Me duele decirlo delante de su madre. Vuestro jefe está embrujado.
Esa mujer es la fantasma del vado, una MacCorrach, la hija de Iain Dubh.
Anoche entró en vuestro campamento con ganado robado y os pisoteó los fuegos.
Os ha quitado el toro, os ha quitado al jefe, y ahora hasta se trae una vaca de mi manada para burlarse de nosotros.
Se oyó el murmullo otra vez, más feo. Alguien escupió en la escarcha.
Marsaili no le contestó a Tormod. Llevó a la Gorm por las losas, despacio, hasta dejarla delante de la yegua baya. La vaca resopló una nube de vaho y bajó la cabeza azulada, mansa, vieja, con las ancas huesudas de criar terneros.
—Señora. Me han contado que no leéis cartas.
—Ni a las ladronas.
—Entonces no me leáis a mí. Leed esto.
Le levantó la oreja izquierda a la vaca con dos dedos.
Lady Muirne no le miró la cara a nadie. Desmontó sin ayuda, con un gruñido de rodillas viejas, y se acercó a la Gorm. Le tomó la oreja en la palma, como se toma la mano de un niño, y pasó el pulgar por el corte. La cola de golondrina. Dos picos limpios y una muesca en medio.
La vio quedarse blanca. No de golpe. Poco a poco, desde los labios.
La mujer se llevó la mano al cinturón y sacó un cuchillo pequeño de hoja gastada. Lo sostuvo junto a la oreja, sin tocarla, midiéndola contra el corte.
—Esta marca la hice yo —dijo—. Con este cuchillo. Era de Cormac.
Nadie respiraba en el vado. Hasta el río parecía bajar más callado.
—Salió de aquí la noche que me lo mataron.
Levantó la cabeza. No miró a su hijo. Miró a Tormod.
—¿Qué hace en tu manada, Tormod?
Tormod sonrió. Tenía una sonrisa preciosa, blanca, de las que ella se había pasado la infancia esperando.
—Señora, la compré a los isleños. Uno compra lo que le venden.
—Y vende lo que roba —dijo ella.
Sacó del zurrón las tablillas de madera atadas con un cordel y se las tendió a Gilleasbuig Bàn. El viejo las desató con dedos torpes. Muescas y cruces: cabezas y plata.
—Son suyas. De su pabellón de Tom an Fhuarain. Vacas de Strath Aird vendidas en Loch nan Ròn, todo el otoño. Yo se las robaba a ellos. —Señaló a la hueste con la barbilla—. Y él me las compraba a mí. No me enorgullece. Pero las cuentas son suyas.
Gilleasbuig Bàn levantó la mirada de las tablillas y la clavó en Tormod.
Entonces habló Diarmad.
—Hay más. —No levantó la voz. No le hizo falta—. La noche de Glen Corrach, Lachlan gritó algo antes de que lo perdiéramos de vista. «A ese lo he visto antes.» Alguno de vosotros lo oyó.
Hubo un silencio. Un hombre canoso, al fondo, se quitó la capucha.
—Yo lo oí. —Tenía la voz ronca—. Creí que hablaba de un normando.
—Hablaba del guía. Lachlan peleó en la creach de agosto. Le vio la cara al hombre que traía a los del barón por la montaña. —Diarmad no apartó los ojos de Tormod—. Y esa noche se la volvió a ver, a la luz del fuego. Lo encontré en el barro. Lo calló alguien que no podía dejarlo hablar.
—Eso es una historia de borracho —dijo Tormod, con suavidad.
—Enséñales la mano izquierda.
Tormod no se movió. La mano seguía bajo el manto azul.
—Enséñala —dijo Gilleasbuig Bàn.
Marsaili miró aquella mano mientras salía.
La conocía. La había tenido en la cintura bailando en Glen Corrach a los quince años, la había sentido tirar de ella entre las llamas, contar plata en las piedras, rascarle las orejas a Gaoth.
La cicatriz fina cruzaba el dorso, blanca.
Se la había visto cien veces. Nunca había preguntado.
«Lachlan tenía un cuchillo», pensó. «Lachlan se defendió.»
Tormod la miró a ella, solo a ella, como si en el vado no hubiera nadie más. Y siguió sonriendo un momento.
Luego dejó de sonreír.
Fue lo más aterrador que había visto en su vida. La cara no se le torció ni se le encendió. Solo se le vació, como se vacía un corral cuando se abre la cerca.
—¡A mí! —gritó. Y era la primera vez que ella lo oía gritar.
Los veinte se movieron a la vez. Hierro fuera de las vainas. Los caballos se encabritaron en la escarcha. Dùghall soltó las riendas de su amo, sacó el arco del hombro, puso una flecha de pluma azul en la cuerda y tensó.
Apuntaba a Diarmad.
No lo pensó. Soltó el ronzal de la Gorm y se puso delante de él.