TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 40. El hombro
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Capítulo 40. El hombro

Ella tardó en bajarse del potro y él tardó en soltarle la cintura, y ninguno de los dos dijo por qué.

El bosquecillo estaba en una hondonada, entre el campamento y el vado, a media legua del agua: avellanos desnudos, tres abedules y hojas podridas bajo la escarcha.

Desde allí no se veía ningún fuego. Marsaili ató el potro a un avellano y a la Gorm a otro, y la vaca vieja se puso a mordisquear la corteza con la calma de quien ha vivido cosas peores.

Rìgh se echó en la boca de la hondonada, de cara al campamento, como un centinela que no ha pedido nadie.

Uilleam no desmontó.

—Vuelve a la Leum —le dijo ella—. Que los hermanos metan la manada al fondo. Y al alba, todos a los abedules que hay encima del vado. Con Ailean.

—¿Y vosotros?

—Nosotros bajamos al vado.

El muchacho miró a Diarmad y se tocó la frente con dos dedos, igual que un hombre de la hueste delante de su jefe. Después hizo girar el bayo de Dùghall y se perdió entre los árboles.

• • •

Se quedaron solos.

Ella temblaba. Llevaba la ropa empapada del río, la de la lavandera, y la ceniza de la cara se le había corrido en surcos hasta el cuello.

Diarmad se quitó la capa verde. No tenía broche con qué cerrarla, así que se la echó por los hombros y le anudó las dos puntas delante, torpe, con los dedos agarrotados.

Ella se dejó hacer. No lo miraba.

Llevaba ocho días con aquello en la boca. Lo había ensayado atado a un poste, en el barro, y mientras le peinaban la barba. Y ahora la tenía delante y no sabía por dónde empezar.

Empezó por el broche.

—Te mandé un recado. Con tu hermano.

Marsaili se llevó la mano al pecho. Sacó la plata de debajo de la camisa, del tamaño de un puño, caliente de su piel.

—«Que no fue culpa tuya» —dijo—. Ailean lo repitió igual que un padrenuestro. Creí que hablabas de la venta. Que me perdonabas por lástima.

—No hablaba de la venta.

Ella levantó los ojos.

—Hablaba de Lachlan.

La vio quedarse sin color debajo de la ceniza.

—En la tienda de Tormod —siguió, y la voz no le salió de testamento, le salió ronca y baja—, le dije que colgaría a quien mató a mi hermano de leche.

Que sabía quién era. Que eras tú, que me lo habías dicho en la nieve.

Lo dije para romperle la cara. —Respiró—.

Y se le rompió. No pudo soportar que te colgaran por algo suyo.

—No…

—Lachlan peleó en la creach de agosto. Le vio la cara al guía de los del barón.

Aquella noche, en tu puerta, con el hombro abierto, lo reconoció a la luz del fuego.

Le gritó. Y Tormod lo calló. —Le cogió las dos manos, las de los nudillos en carne viva—.

La cicatriz de su mano se la hizo Lachlan, defendiéndose.

Tú le diste en el hombro, Marsaili. Lo degolló él.

Nunca lo había dicho en voz alta. Cuatro años. Ni a su madre, ni al padre Colmán, ni a la tumba. La palabra le salió como sale una espina, y dejó detrás el mismo hueco.

Ella no se movió.

—Gritaba —dijo al fin, muy bajo—. Cayó gritando. Yo lo oía gritar y me fui.

—Te fuiste con un niño de cuatro años en brazos y la casa ardiendo.

—Lo dejé allí.

—Lo dejaste vivo.

Le vio entrar la verdad. No de una vez. A trozos, igual que entra el agua por una pared de turba: primero una mancha, luego un hilo, y luego la pared entera que cede.

Se le doblaron las rodillas.

La sostuvo antes de que llegara al suelo y bajó con ella, a las hojas heladas, de rodillas los dos.

Marsaili se le agarró a la camisa con las dos manos.

Y lloró. No como en la cueva, callada, de espaldas, para que nadie la oyera.

Lloró con la boca abierta contra su pecho, con un ruido de animal herido que le subía de muy hondo, de cuatro inviernos de hondo, de una muchacha de diecisiete años con un cuchillo en la mano.

Él la apretó contra sí y no dijo nada. No había nada que decir. Ninguna eraic paga lo que ella había cargado sin deberlo, ni hay jefe que lo devuelva.

Notó que también a él le corría algo por la cara, hasta la barba.

Los jefes se atusan la barba, le había dicho al niño. Tenía las dos manos ocupadas.

• • •

No supo cuánto tiempo pasó. La Gorm seguía mordisqueando la corteza. Rìgh resopló una vez en la boca de la hondonada.

Ella se separó un poco. Tenía la cara hecha un desastre de ceniza y lágrimas, y el mechón blanco pegado a la sien.

—Te vendí —dijo—. No te voy a decir por qué, porque ya lo sabes. Y no te voy a decir que no lo haría otra vez, porque no lo sé. Te llevé de la mano a las Tres Piedras. Te miré la cara cuando caíste. —Le tembló la boca y la sujetó—. Perdóname. No por Ailean. Por ti.

Él le apartó el pelo mojado de la frente, donde el corte de Tom an Fhuarain se estaba cerrando torcido.

—Yo quemé tu casa.

—Ya me pediste perdón. De rodillas, en la nieve.

—Aquella vez lo pedía un jefe. Un jefe que paga lo que debe y se va a dormir tranquilo.

—Negó con la cabeza—. Esta noche he estado a media frase de tirar mi nombre al fuego delante de mi hueste.

Y ¿sabes qué he pensado mientras lo hacía?

Que me daba igual. Que si con eso tu vieja y tus niños seguían respirando, me daba igual.

Ella lo miraba sin pestañear.

—Toda mi vida he ganado, Marsaili. Mi padre me dejaba ganar.

Mis hombres me dejaban ganar. Hasta los pulsos en la piedra del vado.

—Le apretó las manos—. Contigo pierdo. He perdido el toro, la dignidad, el suelo bajo los pies, el nombre.

Te perdí a ti en las Tres Piedras. Y no quiero ganarte nada.

No quiero que me debas nada. Te pido perdón por el fuego, y no te pido nada a cambio.

Se oyó a sí mismo y no reconoció la voz. Era la de un hombre que pierde y no se muere.

—Mírame, a ghràidh.

Ella lo miró.

—Diarmad.

Se lo había gritado una vez desde una loma, después de venderlo. Ahora se lo dijo bajito, a un palmo de la cara, con los ojos de pizarra fijos en los suyos. Le pareció que su propio nombre no había sido nunca suyo hasta ese momento.

—¿Puedo? —preguntó ella.

Esta vez lo pedía ella.

—Siempre.

Lo besó. Sabía a sal, a ceniza y a río helado. Fue lento, sin hambre, con la frente de ella apoyada después contra la suya y las manos de los dos mezcladas encima del broche. Fue el beso de dos que han perdido lo mismo y ya no se lo echan en cara.

• • •

Rìgh se levantó.

Lo oyeron crujir en la escarcha y mugir bajo, una sola vez, con la cabeza vuelta hacia el norte.

Diarmad miró hacia allí. Por encima de los avellanos, lejos, en el espinazo pelado de la Cresta Gris, que se veía desde todas partes, había una luz. Pequeña, roja, temblando. Crecía.

—Brezo —dijo Marsaili, y se le quebró la voz de otra manera—. Es Pàdraig. Él y Raonaid salieron a por los de la cueva. Si los sacaban a todos, encenderían la Cresta.

—¿A todos?

—A todos. Si no, no hay fuego.

La vieja. El crío. Los niños del corrie. Se le aflojó algo en las piernas que no se le había aflojado en toda la noche. Había estado dispuesto a regalar su nombre por ellos, y ya estaban fuera, sin que él tuviera que pagar nada.

Ella le leyó la cara.

—No has perdido el nombre —dijo—. Lo has prestado un rato. Y te lo he robado de vuelta.

Él se rio. Le dolieron las costillas.

Se quedaron mirando el fuego de la Cresta, abrazados, envueltos los dos en la capa verde.

Ella le contó lo de Sorcha en pocas palabras: la escala, el sueño de un toro blanco cruzando el agua, su madre y los viejos del clan en el vado al alba.

Era la primera noche en un mes en que no tenía que pensar nada solo.

—Al alba —dijo—. En el vado. Delante de todos.

Marsaili le apoyó la cabeza en el hombro y miró a la Gorm, que había dejado la corteza y los miraba a ellos.

—Con una vaca.

—Con una vaca.