Capítulo 39. Ya te robé una vez
La camisa del Cazador se quedó en la piedra, empapada, y la lavandera echó a correr.
Marsaili dejó la sábana gris colgada de un espino de la orilla, donde el viento la movería igual que a una mujer inclinada sobre el agua.
Cortó el canto a media nota, que era lo que más miedo daba.
Se metió entre los alisos con el pelo suelto pegado a la espalda, la ropa chorreando y la ceniza de la cara corriéndole hasta el cuello.
Las antorchas ya bajaban hacia el río. Contó doce. Después, más, sueltas, de curiosos.
—Eso —dijo entre dientes—. Mirad el río.
Corrió agachada aguas arriba, con las piernas entumecidas del agua, hasta la hondonada donde había dejado el potro. Era un pío de tres años que había domado en la Leum en dos tardes y que todavía no había decidido si la quería. Le dio un mordisco al aire cuando la vio llegar.
—Ahora no. Luego me odias.
Le pasó la cuerda por el cuello, se le subió a pelo y apretó los muslos.
Subió la loma por detrás del campamento. Desde arriba se veía todo: la hoguera grande, el estandarte, el corro de hombres medio deshecho, las antorchas que buscaban a una fantasma en la orilla. Y al otro lado, hacia Allt Dubh, la oscuridad se movía.
Lo oyó antes de verlo. Un ruido de tierra que se rompe.
Los dos hermanos de la majada habían hecho bien su parte: el corral de Tormod abierto, la cuerda de los caballos cortada, brezo encendido en la cola de la manada y gritos de boyero.
Ciento y pico cabezas que solo querían huir del fuego, y delante de todas, porque así lo habían puesto, algo blanco.
Marsaili se metió dos dedos en la boca y silbó las dos notas agudas, las que el toro había aprendido en un charco.
Rìgh levantó la cabeza en plena carrera. Mugió, largo, desde el fondo del pecho, y torció hacia ella.
El toro la seguía a ella. Las vacas seguían al toro. Y el campamento de la hueste estaba en medio.
No tenía la culpa de que lo hubieran puesto ahí.
• • •
Entró por el lado de las tiendas, al galope, con la manada a la espalda como una ola de barro.
Las tiendas cayeron igual que caen los sacos de un carro volcado.
Una hoguera reventó en chispas bajo veinte pezuñas y a un hombre se le prendió el plaid.
Saltó al río aullando. Otro trepó al mástil de una tienda con una olla todavía en la mano.
Por todas partes había humo, gritos, mugidos, caballos sueltos de Tormod corriendo entre las vacas con los ojos en blanco.
—¡La lavandera está en el río! —chillaba alguien.
—¡Pues díselo a las vacas!
A su lado corría la Gorm. La vio a la luz de una hoguera que se apagaba: vieja, azulada, pesada, galopando pegada a su rodilla con el resuello de un fuelle y la oreja izquierda partida en dos picos.
Detrás, otras dos de cola de golondrina.
Las vacas de Cormac volvían a cruzar Strath Aird de noche y con humo, igual que hacía cuatro años. Esta vez, hacia el lado bueno.
Llegó al corro.
Lo encontró a la primera. Estaba de pie junto a lo que quedaba de la hoguera grande, con la espada de piedras desnuda en la mano y la capa verde abierta.
Dùghall se le echaba encima con el cuchillo.
Diarmad no retrocedió. Le paró el brazo con el suyo, giró la espada en la mano y le dio con el pomo en la sien, seco, como quien clava una estaca.
Dùghall se fue al suelo de lado y se quedó allí.
Los otros tres cuchillos ya no estaban. Se los había llevado la manada, o el miedo.
En el borde de la luz, Uilleam tiraba de la estaca con todo el cuerpo, como un ternero atado.
Marsaili se echó sobre el cuello del potro al pasar, sacó a «Mordaz» y cortó la cuerda de un tajo. El muchacho cayó de culo en el barro.
—¡Coge un caballo!
Uilleam agarró por la crin al primero que pasaba, un bayo grande con la silla puesta, y se le colgó del cuello hasta que consiguió subir.
—¡Marsaili! ¡Es el de Dùghall!
—¡Pues no se lo devuelvas!
Hizo girar al potro, que protestó con un relincho de doncella ofendida, y lo frenó delante de él.
Diarmad la miró.
Lo que vio, ella lo sabía: una mujer chorreando, con la cara gris de ceniza y rayada de agua, el pelo negro suelto hasta la cintura, el mechón blanco pegado a la sien y un potro pío que intentaba morderle la rodilla a él. La lavandera de los muertos, a caballo, en mitad de una estampida.
Él tenía el ojo izquierdo amarillo y morado, la cara más flaca, la barba peinada en dos puntas con un esmero absurdo. Lo habían peinado para que la vendiera a ella. Le dieron ganas de matar a alguien y no había tiempo.
Le tendió la mano.
—Ya te robé una vez, MacKerron. He venido a robarte otra.
No contestó enseguida. Se quedó mirándola con aquella cara de jefe que se ha caído de un caballo y no sabe todavía si se ha roto algo. A su alrededor, Strath Aird corría en todas direcciones.
—Estaba a media frase —dijo por fin.
—Ya la acabarás otro día.
Le cogió la mano. Tenía la palma caliente, a pesar de todo. Subió a la grupa con un gruñido de costillas rotas que le llegó a ella por la espalda, y el potro se hundió un palmo de ancas y lo pensó muy seriamente.
—No aguanta a dos —dijo él.
—Aguanta a uno y medio. No pesas lo que crees.
Iba a picar al potro cuando lo oyó.
—Marsaili.
No gritó. Tormod no gritaba nunca. Le habló desde el humo con la misma voz de sentarse a la mesa, de contar plata en las piedras, y aquello le heló la sangre más que cualquier grito.
Venía hacia ellos entre las tiendas caídas, con la espada en la mano y el manto azul manchado de barro, y Gaoth pegado a la pierna.
—Baja de ese caballo —le dijo—. Te vas a hacer daño.
Alargó la mano hacia la cuerda del potro.
Marsaili soltó la nota larga.
Rìgh venía de vuelta por el corro, enorme, buscándola. Al oírla clavó las patas en el barro y se paró en seco. Justo allí. Entre ellos y Tormod. Una pared blanca que echaba vaho por el morro y bajaba los cuernos hacia el manto azul.
Le bufó a Tormod en la cara.
Gaoth gimió y se escondió detrás de las piernas de su amo. Tormod se quedó con la mano tendida al aire, mirando al toro a los ojos. Por encima del lomo de Rìgh, sus ojos buscaron los de ella. No había rabia en ellos. Había otra cosa, peor, que ella no quiso nombrar.
—Ese toro nunca me ha querido —dijo, casi con pena.
—Ese toro tiene buen juicio.
Picó al potro.
Al pasar junto al estandarte se inclinó y echó el lazo. Cayó a la primera sobre los cuernos de la Gorm, que trotaba perdida entre dos tiendas, y la vieja vaca vino detrás de ella sin discutir, como venía siempre lo que se ataba bien.
• • •
Salieron del campamento por la ladera del este, al galope, con el humo detrás. Uilleam iba al lado, en el bayo de Dùghall, riéndose como un loco.
—¡Señor! ¡No lo dijo! ¡No llegó a decirlo!
—Casi —dijo Diarmad.
—¡Casi no cuenta!
La Gorm resoplaba al extremo de la cuerda. Y detrás, sin prisa, a su trote de rey, venía Rìgh. A la grupa del potro, Diarmad no miró al toro. El toro tampoco a él.
Diarmad le rodeaba la cintura con los brazos. Al principio con cuidado, igual que se agarra a una desconocida en una feria. Después, cuando el potro saltó un regato y estuvo a punto de tirarlos, con fuerza. Ya no la soltó.
Ella notaba su pecho en la espalda, su aliento en la nuca, el temblor de las costillas cada vez que el potro pisaba mal. Notaba también lo otro: que no le decía nada. Que la sujetaba como se sujeta uno a lo que hay, porque no hay otra cosa.
Lo había sacado del agua dos veces. Lo había vendido una. Las cuentas no le salían.
—Te vendí —dijo, sin volverse.
Los brazos de él se apretaron un poco más.
—Ya lo sé. Calla y cabalga.