TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 38. Confesión ante el ciervo blanco
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Capítulo 38. Confesión ante el ciervo blanco

Le devolvieron la espada a la hora de la cena, y entonces supo que lo iban a matar.

No esa noche. Esa noche lo querían entero, de pie y con voz. Pero un hombre como Tormod no le devuelve a otro una espada con piedras en la empuñadura si no está seguro de que no la va a usar.

—Pesa lo mismo —dijo el Cazador, abrochándole él mismo el tahalí en la cadera, con dedos de sastre—. La he mandado limpiar. Tenía barro de las Tres Piedras.

—Qué detalle.

—Soy muy detallista. Es mi desgracia. —Dio un paso atrás y lo miró de arriba abajo, igual que se mira un novillo antes de sacarlo a la feria—. Pero así no puedes salir.

No hacía falta preguntar qué. Desde las Tres Piedras no había visto un peine. Las dos puntas de la barba se le habían pegado en una sola, de barro y sangre seca, como la cola de un carnero.

—Dùghall —dijo Tormod.

Dùghall sacó de la manga un peine de hueso. Lo sostuvo con la misma cara con la que sostenía el cuchillo.

—Ni se te ocurra.

—Es por tu bien. Un hombre que confiesa tiene que parecer un hombre que confiesa. Arrepentido, pero limpio. Tu madre me lo agradecerá cuando se lo cuenten.

En aquel mes lo habían atado a la cola de un toro, y aun así aquello fue lo peor.

Dùghall lo peinó en silencio, con tirones de mozo de cuadra, mientras Tormod daba indicaciones desde el brasero: más a la izquierda, sepáralas bien, que se vean las dos.

Neachdan se habría echado a llorar. De rabia o de celos, no estaba seguro.

—Así. —Tormod sonrió—. Ya pareces tú.

• • •

Las condiciones se las repitió en la puerta de la tienda, en voz baja, por si se le habían olvidado en dos días.

—Dùghall irá detrás de ti. Tres de los míos a los lados, con la mano en el cuchillo. El muchacho estará en el corro, para que la hueste vea que los proscritos existen. Cuando acabes, lo suelto. Y mañana mis cazadores bajan de Loch na Caillich sin haber tocado a nadie.

—Lo sé.

—Si sacas la espada, el muchacho primero. —Le colocó el borde de la capa verde, que ya no tenía broche y se le abría en el cuello—. Después la vieja. Después el niño de la viuda. Te lo digo porque te tengo aprecio, Diarmad. Prefiero que lo sepas todo.

Hicieron a pie la media legua que separaba Allt Dubh del campamento de la hueste. Helaba. El río Aird corría a la izquierda, negro, hablando solo. Cada paso le tiraba de las costillas del lado malo. Gaoth trotaba pegado a la pierna de su amo y de vez en cuando se volvía a olerle las botas al preso.

Vio la hoguera desde lejos. Después vio el estandarte.

Lo habían clavado junto al fuego en un mástil de fresno: verde, con el ciervo blanco en pleno salto, el mismo que su padre había llevado a todas las ferias y a la última creach. El viento lo sacudía y el ciervo parecía correr sin moverse del sitio. Conocía esa sensación.

Alrededor estaba Strath Aird.

No entero, pero sí bastante. El hijo del herrero, que se había casado en primavera y le había pedido permiso tartamudeando.

El pastor de la majada alta, que lo subía a hombros de niño para que viera los toros.

Los dos hermanos rubios de la ribera, que no habían ganado un pulso en su vida.

Doscientas caras rojas de fuego, que se volvieron a la vez al oír los pasos.

—¡El jefe! —gritó alguien, con alegría.

Y se calló. Habían visto el ojo. Y los cuchillos.

Tormod entró en el corro con las manos abiertas.

—Hermanos. Os prometí que os lo traería, y aquí lo tenéis. —La voz le salía cálida, rota en el sitio justo—. Herido, ya lo veis. Le he devuelto su espada, porque es vuestro jefe y ningún MacKerron debe hablar desarmado a los suyos. Tiene algo que deciros. Escuchadlo con respeto. Le cuesta.

En el borde de la luz, atado de las muñecas a una estaca, estaba Uilleam. Tenía la boca partida y los ojos muy abiertos.

—Señor —le dijo cuando pasó a su lado—. Señor, no lo diga.

Uno de los de Tormod le dio un pescozón. Diarmad no se volvió.

• • •

Se puso delante del fuego. El calor le dio en la cara y el frío se le quedó en la espalda.

Un jefe tiene muchas cosas: tierra, vacas, hombres, una torre. Ninguna es suya. Las hereda y las entrega. Lo único que se hace él solo es el nombre, y el nombre no se entrega: se gasta. Él iba a gastar el suyo esa noche, entero, delante de los únicos hombres a los que les importaba.

Pensó en una vieja con lengua de víbora, en una cueva bajo un montículo. En un crío pequeño que se chupaba el puño. En otro niño, flaco, con el agua por las rodillas y un broche en las manos.

Abrió la boca y le salió la voz de leer testamentos.

—Hombres de Strath Aird.

Nadie se movió. El fuego chascaba.

—Hace un mes, en el vado, una mujer me sacó del agua y me llevó al monte. Eso lo sabéis. Os habrán contado que fue a la fuerza. —Tragó. Las palabras le sabían a ceniza, a la ceniza fría de un corrie quemado—. Al principio, sí.

Tormod asintió, muy levemente, igual que asiente un maestro cuando el niño recita bien.

—Después me quedé con ellos. Porque quise. Comí su pan. Dormí bajo su techo.

Era mentira, y lo peor era lo poco que le costaba, porque se parecía muchísimo a la verdad. Vio que algunos bajaban los ojos. Vio a otros apretar la mandíbula. El pastor de la majada alta se quitó la capucha, igual que en un entierro.

—Esa mujer… —siguió, y ahí se le atascó.

Me sorbió el juicio. Esa era la frase. Se la sabía. No salía.

—Sigue —murmuró Tormod a su lado, sin dejar de sonreír a la hueste.

—Esa mujer es una MacCorrach. Y yo me pasé a los suyos. Y no merezco…

Desde el río llegó un canto.

Una voz de mujer, alta y delgada, sin palabras, de las que se cantan para que una vaca suelte la leche. Y debajo, a compás, un golpe seco. Otro. Otro. Ropa mojada contra una piedra.

Doscientos hombres se volvieron hacia la oscuridad.

—La lavandera —dijo alguien.

Varios se santiguaron. Daba igual que Tormod hubiera contado en cada fuego que la Bean Nighe era una mujer de carne y hueso. Una cosa es saberlo de día.

—Dicen que lava la camisa del que va a morir antes del alba —susurró uno de los hermanos de la ribera.

—¿Y de quién es la camisa?

Nadie contestó. Más de uno se miró el pecho.

—La mía la llevo puesta —dijo el hijo del herrero, muy serio.

Diarmad no se rio. Tenía el corazón en la garganta, porque conocía aquella voz. La había oído canturrearle a un toro en un corte de turba, de madrugada, cuando ella creía que él dormía.

Al río no. Por el río no, que es donde mira todo el mundo.

Tormod también la conocía. Se le iluminó la cara, y durante un instante pareció un muchacho que ve llegar a la novia por el camino. Gaoth levantó las orejas hacia el agua y gimió.

—Ahí la tenéis —dijo sin levantar la voz, y señaló el río a sus hombres—. Traédmela. Viva y sin un rasguño. Al que le toque un pelo, se lo arranco yo.

Una docena de los suyos salió corriendo hacia el agua con antorchas. Detrás fueron otros de la hueste, sin que nadie se lo mandara. El corro se aflojó. Quedaron Dùghall a su espalda, los tres cuchillos y Uilleam en su estaca.

—Sigue, Diarmad —dijo Tormod, suave—. Esto no cambia nada. Mis cazadores siguen en la cueva.

La cueva. La vieja. El crío.

Abrió la boca para seguir.

Y entonces se acordó del vado, la noche de Samhain. Una lavandera cantando en la orilla, sus hombres mirándola con la boca abierta, y mientras tanto, a sus espaldas, sin un ruido, su ganado yéndose por el otro lado del río.

Ella nunca estaba donde miraba todo el mundo.

Por el otro lado del campamento, el que daba a Allt Dubh, llegó un mugido. Uno solo, larguísimo, desde el fondo de un pecho enorme. Lo habría conocido en cualquier parte. Lo había oído cada mañana desde que aquel toro era un ternero que le cabía en los brazos.

Y el suelo empezó a temblar.