TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 37. Lo que se lleva una ladrona
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Capítulo 37. Lo que se lleva una ladrona

El pastor viejo llegó a la Leum antes del alba con dos noticias, y la peor la había oído junto a un caldero.

Se sentó en una piedra, sin aliento, y sacó de la camisa un trozo de corteza de abedul doblado en cuatro. Letra pequeña, apretada, de alguien que escribe con prisa a la luz de una vela que no se apaga nunca.

Mañana al anochecer, en el prado de los alisos, junto al río, a media legua del vado.

La hueste entera alrededor de la hoguera grande.

Madre y yo, en la torre, por orden «del jefe».

Tormod llevará al muchacho de Glen Corrach para soltarlo delante de todos.

Ha mandado matar dos terneras. Diarmad va a hablar. No sé qué va a decir. S.

Marsaili leyó dos veces. Le pasó la corteza a Pàdraig, que no sabía leer, y él la sostuvo igual que si pesara.

—Hay más —dijo el pastor—. Ayer les vendí turba a los de la cocina de Allt Dubh. Había uno con la cara picada, recién llegado del norte, contándolo a voces junto al caldero. Tienen una docena de hombres y perros alrededor de la cueva. En Loch na Caillich.

Raonaid se puso en pie.

—Si al alba de San Andrés no ven fuego en la Cresta Gris —siguió el viejo, sin mirarla—, entran. Lo dijo así. «Ni la vieja ni el crío.» Y se rio.

—¿Y por qué iban a ver fuego? —preguntó Marsaili. Ya lo sabía. Quería oírlo.

—Porque el MacKerron ha dicho que sí. Que mañana, delante de la hueste, confiesa que se pasó a vosotros. Que lo embrujaste. —El pastor se rascó la nuca—. A cambio, retiran a los perros de la cueva y sueltan al muchacho.

Nadie habló. El arroyo de la Leum siguió a lo suyo.

Marsaili pensó en la voz de testamento. En la barba de dos puntas que se peinaba antes de cada consejo. En un hombre que no se había arrodillado nunca ante nadie hasta la nieve de Tom an Fhuarain.

Iba a tirar su nombre al barro delante de su clan. Por Sìne, que le había mirado los dientes. Por Eòin. Por los críos que lo habían cazado a pedradas.

Por la gente de la mujer que lo había vendido.

—Lo va a hacer —dijo Raonaid, despacio. Y esta vez no lo dijo con asco.

Todos miraron a Pàdraig. Era él quien mandaba.

Pàdraig miró a Marsaili.

• • •

—Tres golpes —dijo ella—. A la vez, o no sirve ninguno.

Se arrodilló junto al fuego y dibujó con un palo en la ceniza: el lago, el Monadh, la Cresta, el río, el prado de los alisos. Ailean se le metió debajo del brazo para ver mejor.

—El primero, la cueva. Pàdraig, Raonaid y seis hombres. Os lleváis los seis ponis de carga y salís ahora. Dos días a pie por el Monadh; con ponis y sin dormir, uno. Llegáis esta noche.

—Tienen una docena de hombres en la puerta —dijo uno de los hermanos de la majada.

—En la puerta que conocen. —Marsaili hundió el palo junto al lago—. El pasadizo sigue por debajo del montículo y sale entre las piedras de la orilla, tapado con una losa. Sìne lo llama la salida de las nutrias. Por ahí se saca la ceniza.

—Yo la he sacado cien veces —dijo Raonaid. Ya tenía la lanza en la mano—. Se pasa a gatas. Una vieja con carácter también, si se la empuja.

—De noche el viento baja del monte al lago. Los perros huelen monte arriba, no hacia el agua. Entráis por la orilla, los sacáis a todos y dejáis el fuego de turba cubierto, para que el montículo siga echando humo por la mañana. Los de Tormod se quedarán mirando una madriguera vacía.

—¿Y luego? —preguntó Raonaid.

—Mañana cruzáis el Monadh con ellos. Por la noche, al pasar por la Cresta Gris, encendéis el fuego vosotros.

Hubo un murmullo. Un hombre se rio, corto, cuando lo entendió.

—El fuego que espera Tormod —dijo Marsaili—. Sus cazadores lo verán, creerán que el MacKerron ya ha hablado y se irán a casa sin entrar. Nadie seguirá vuestro rastro. Y yo, cuando lo vea, sabré que estáis fuera. El domingo al alba bajáis al vado. Allí haréis falta.

—¿Y si para entonces el MacKerron ya ha hablado?

—Que hable. Nadie se acuerda de lo que dijo un hombre cuando le pasan cien vacas por encima de la hoguera. —Clavó el palo en el otro lado de la ceniza—. El segundo golpe soy yo. En el río, junto a la hoguera, de lavandera.

—Ya no asustas a nadie —dijo Raonaid—. Todo Strath Aird sabe que la fantasma eres tú con la cara sucia.

—No necesito asustarlos. Tormod no me quiere asustada. Me quiere. —Le salió más seco de lo que pensaba—. Me oirá cantar y mandará al río a sus cuchillos, a traerme. Esos cuchillos son los que rodean al MacKerron.

—¿Y el tercero?

Marsaili sonrió. No fue bonito.

—El tercero es el que más me gusta. La manada de Tormod espera en Allt Dubh para ir a Loch nan Ròn.

Más de cien cabezas, con las vacas viejas de la marca de Cormac.

Mañana al anochecer Tormod se lleva a sus mejores hombres a la hoguera, y en el corral quedarán cuatro guardias, como mucho.

Vosotros —señaló a los que quedaban— abrís el corral, yo canto y las sacamos al paso, arroyo arriba, media legua, hasta la loma que cae sobre el prado. Por el lado contrario al río.

—Cien vacas no van calladas a ningún sitio —dijo el hermano mayor.

—Conmigo sí. Llevo tres inviernos haciéndolo.

—Y Rìgh delante —dijo Ailean.

—Y Rìgh delante. Lo dejo con cien vacas y la nota larga, y no se mueve de allí ni para ir a misa.

—¿Cómo sabremos cuándo soltarlas?

—No las soltáis vosotros. —Se llevó dos dedos a los labios sin soplar—.

Cuando los de Tormod estén metidos en el agua buscándome, silbo las dos notas.

Rìgh carga hacia mi silbido, y mi silbido está al otro lado del campamento.

Vosotros gritáis, agitáis brezo encendido y la manada sigue al toro.

Entran por el lado de la hoguera grande, lejos de las tiendas de la hueste.

Yo monto en el potro pío, que estará atado en los alisos, y entro con ellas hasta el corro.

Saco al MacKerron y a Uilleam. El otro potro, para Uilleam.

—¿Y la azul? —preguntó Ailean. Todos se volvieron a mirarlo—. La vieja de la oreja rara. Se arrimaba a las estacas y me lamía la mano.

—La Gorm corre a mi lado y me la quedo —dijo Marsaili—. El domingo tiene cita con una señora.

• • •

Raonaid se cruzó de brazos.

—Todo esto por un MacKerron.

—Sí.

—¿Por lo que le debes? ¿Por haberlo vendido?

Marsaili se puso de pie. El broche le pesaba bajo la camisa, contra el esternón, donde lo llevaba desde hacía ocho días.

—Lo que le debo no se paga con una noche. Y lo que hice no se lava con un robo.

Miró a Ailean, que la miraba con la boca abierta.

—Voy porque le soltó la correa a mi hermano con los dientes.

Porque se dejó moler a palos cantando para que nadie mirara al arroyo.

Y porque no pidió nada a cambio. —Tragó—.

Tormod me dijo una vez que todo está en venta.

Hasta yo. Ese hombre no se lo ha creído nunca. Mañana va a regalar lo único que tiene.

—Pues yo voy con el toro —dijo Ailean.

—Tú te quedas en la Leum, con el pastor.

—Me prometió…

—Lo del agua. Ya lo sé. Por eso te quedas. Para que tenga a quién cumplírselo.

Pàdraig no dijo nada.

Cruzó la ceniza, pisando sin cuidado el lago y el Monadh, y se paró delante de ella. Levantó la mano buena y se la puso en el hombro. Un momento. Con el peso de siempre.

Luego recogió el hacha y se fue hacia los ponis.

—Eso es que sí —dijo Raonaid—. Para él, eso es un discurso.

Se echó la lanza al hombro y fue detrás. A medio camino se volvió.

—Si a mi hijo le pasa algo, Marsaili, te lo cobro en MacKerron. A pedazos.

—Me parece justo.

Salieron al primer gris del alba, ocho personas y seis ponis por la raja entre las rocas, y la Leum se quedó de repente muy grande.

Marsaili abrió el zurrón. Debajo de las tablillas de Tormod, doblado, estaba el lino gris de la noche de Samhain, el de la lavandera. Olía todavía al río de Strath Aird. Se lo echó sobre los hombros.

Rìgh levantó la cabeza al fondo del prado y bufó.

—Mañana lavo una camisa —le dijo—. La del Cazador.