Capítulo 36. El precio del nombre
Llevaba seis días contando el tiempo por los cuencos de gachas, y el de aquella mañana no llegó.
—Hoy no comemos, señor —dijo Uilleam al otro lado del poste—. Lo han dicho los de la cocina. Que el jefe tiene que estar flaco para el sábado. Que se le note la fiebre.
—No tengo fiebre.
—Pues tiritáis.
Era verdad. Tiritaba desde el martes, en oleadas que le subían de los riñones a los dientes y se iban sin avisar.
Las costillas se le habían quedado en un dolor sordo, de casa vieja que cruje, y el ojo izquierdo había vuelto a abrirse dentro de un cerco amarillo y morado.
Tenía la cabeza clara. Demasiado. El hambre le quitaba la carne y le dejaba solo los pensamientos, y los pensamientos no abrigan.
El corral de Allt Dubh olía igual que el primer día: estiércol helado, cuero mojado, humo de las tiendas. El arroyo seguía entrando por su hueco de piedras, negro y rápido. Lo miraba mucho. Era el único sitio por donde algo había salido de allí.
—Señor.
—Si me vuelves a pedir perdón por la cuerda, Uilleam, le pido a Dùghall que te amordace.
—No es eso. —El muchacho tragó—. Es que ella estaba en el arroyo. Aquella noche. La vi antes de meterme. Tenía la cara pegada al barro y os miraba.
Diarmad cerró el ojo bueno.
Lo sabía. Había notado algo en la oscuridad del hueco, igual que nota un ciervo al cazador antes de verlo. Se había pasado la noche diciéndose que era el frío.
—No me cuentes nada de ella.
—Pero es que…
—Nada.
No podía permitírselo. Si empezaba a entenderla, querría vivir. Y querer vivir era exactamente lo que Tormod sabía usar.
• • •
Vino a mediodía, con el manto azul, el perro y un hombre que Diarmad tardó en reconocer.
Tenía la cara comida de viruela y las botas blancas hasta la caña de la nieve del Monadh. Olía a caballo reventado. Gaoth se acercó a olfatear a Uilleam y el chico encogió las piernas.
La última vez que lo había visto estaba atado y amordazado debajo de un carro de heno, en Druim. Gòrdan el Picado.
—Ya os conocéis —dijo Tormod, y se agachó delante del poste, con los codos en las rodillas, cómodo—. Cuéntaselo, Gòrdan. Como me lo has contado a mí.
Gòrdan habló sin mirarlo, con voz de inventario.
—Cuatro días en Loch na Caillich, junto al montículo.
Sale humo de turba por la tierra, al alba y al anochecer.
Una boca sola, como de tejón. Dos hombres con lanzas que no saben cogerlas.
Una vieja grande sale cada mañana a vaciar un cubo y maldice al cielo en voz alta.
—Se rascó una costra—. A Dios y a los MacKerron, por ese orden.
Sìne Mhòr. Diarmad vio la mano huesuda midiéndole los dientes en el corrie.
—Un crío pequeño llora antes de que amanezca —siguió Gòrdan—. Otros cinco o seis tiran piedras al hielo del lago cuando la vieja no mira.
El pequeño de Raonaid. Y los otros, los que lo habían cazado a pedradas en el bosque, una noche que ahora parecía de otra vida.
—Tengo una docena de hombres allí —dijo Tormod—. Con perros. Les dejé dicho lo que tienen que hacer, y lo harán, porque les pago por cabeza.
—Habla.
—Eso pretendo. —Sonrió—. El sábado, junto a la hoguera, dices lo que hablamos.
Que te pasaste a los proscritos. Que la lavandera te sorbió el juicio.
Que no mereces el ciervo blanco. Esa misma noche, cuando acabes, mis hombres encienden fuego en la Cresta Gris.
Se ve desde todo el Monadh; los MacCorrach la eligieron por eso, ¿lo sabías?
Mis cazadores ven el fuego y se vuelven a casa.
—Señaló a Uilleam con la barbilla—. Y a este lo suelto delante de la hueste.
Un jefe arrepentido que libera a un proscrito. Queda bien.
—¿Y si no?
—Si al alba de San Andrés no han visto fuego, entran. —Lo dijo con la misma voz con que hablaba del tiempo—. Ni la vieja, ni el crío.
Uilleam hizo un ruido pequeño, de animal pisado.
—Me mentirás —dijo Diarmad.
—Seguramente. —Tormod se encogió de hombros—. Pero tú eres estratega, Diarmad, eso dice todo el mundo. Haz la cuenta. Si dices que no, entran seguro. Si dices que sí, a lo mejor no. Sin ti, esos treinta son muertos de hambre a los que no escucha nadie. No me hace falta matarlos.
Mentía. Diarmad lo sabía igual que se sabe que el hielo de marzo no aguanta. Los de la cueva eran los últimos que podían decir quién guio a quién en 1154. Tormod no los dejaría vivos ni un invierno.
Pero un invierno era más que un alba.
—Hasta la puesta de sol —dijo Tormod, poniéndose en pie—. Piénsalo. Te sobra tiempo; no tienes otra cosa que hacer.
• • •
Pensó.
Pensó en el nombre, que no era suyo. Era de su padre, y del padre de su padre, y del ciervo blanco cosido en verde que había visto ondear sobre Dùn Àird desde que tenía memoria.
Neachdan se lo peinaba cada mañana de consejo, con el espejo de bronce y la boca fruncida.
La gente se quitaba la capucha a su paso porque aquel nombre nunca había mentido ni se había arrodillado ante nadie.
En primavera, una mujer le había dicho que no delante de su fine, y se había pasado el verano entero con la mandíbula apretada. Aquello había sido un arañazo.
Lo del sábado no sería un arañazo. Saldría delante de doscientos hombres que lo habían seguido a la guerra y les diría, con su propia boca, que los había vendido por una ladrona.
Ellos se lo contarían a sus mujeres. Las mujeres a los niños.
En la feria de Druim, dentro de diez años, un boyero borracho lo cantaría, y esta vez nadie se iba a reír.
Su madre lo oiría en la torre. Sorcha también.
Lo enterrarían en San Maelrubha, al lado de Lachlan, y el padre Colmán tartamudearía un responso por un traidor.
Y Lachlan.
Eso era lo peor. Había jurado sobre aquella tumba. Y ahora sabía quién le había abierto la garganta a su hermano de leche, y el precio por salvar a una vieja y a un crío era entregarle a ese mismo hombre el clan, la casa y a su hermana. Con su bendición. En voz alta.
Uilleam lloraba sin ruido al otro lado del poste. Diarmad lo notaba en la madera.
—No lo digáis, señor —dijo el chico, por fin—. Sìne no querría.
—Sìne no querría muchas cosas de mí. Nunca le he hecho caso.
Miró el arroyo.
Cuatro años atrás había tenido delante otra cuenta. Un nombre ofendido a un lado; al otro, un valle lleno de gente que no conocía. Y había elegido el nombre. Había dicho quemad, y el fuego había hecho lo que hace el fuego, y entre lo que hizo había niños.
Aquel orgullo ya lo había pagado Glen Corrach una vez. Con sus hijos.
No iba a dejar que lo pagara dos.
Ella lo había vendido. Lo sabía. Seguía doliéndole en un sitio donde no llegaban las botas de Dùghall.
Pero no se trataba de ella. Se trataba de una mano huesuda que le había mirado los dientes, de un crío que lloraba antes del alba y de cinco o seis que tiraban piedras al hielo. No le debían nada. Él les debía todo.
El honor era lo único que le quedaba entero. No tenía espada ni broche, y tampoco toro. Tenía el nombre.
Se lo podía dar a alguien.
• • •
Tormod volvió con la última luz, cuando el frío empezaba a morder de verdad. Traía una tea, y la sostuvo cerca de su cara para vérsela bien.
—¿Y bien?
Diarmad levantó la cabeza. Le costó. Pesaba más que la espada de piedras.
—Lo diré.
Tormod sonrió. Fue una sonrisa ancha, limpia, blanca, la de un hombre al que le acaban de cuadrar las cuentas. Le dio una palmada en el hombro, como a un buen caballo, y se fue silbando hacia su tienda, con el perro detrás.
Uilleam no dijo nada. Ya no le quedaba qué.
Diarmad se quedó mirando el arroyo hasta que la oscuridad se lo comió entero. Pensó en Ailean, con el agua por las rodillas, aprendiendo solo.