Capítulo 35. Las dos que se callan
La empalizada de Dùn Àird estaba hecha para parar a hombres con espadas, no a una mujer con una cuerda de vacas.
Marsaili lanzó el lazo a la tercera estaca contando desde la esquina, la que tenía la punta partida, y la cuerda se cerró con un chasquido seco.
Esperó. Nada. Un perro ladró lejos, en los establos, y se calló.
El viento bajaba del Bealach oliendo a nieve vieja y traía, desde la loma, el humo de las cocinas del jefe: turba, grasa de cordero, pan.
Le crujieron las tripas. Les dijo que se callaran.
Había salido de la Leum al anochecer, con permiso de Pàdraig, que había asentido una vez sin mirarla.
Media noche de camino, por las lomas, rodeando los fuegos de la hueste acampada río arriba.
Ahora quedaba poco para la medianoche y la torre del jefe se recortaba encima de ella, piedra abajo y madera arriba, con una sola ventana encendida en lo alto.
Trepó. Pies contra las estacas, manos en la cuerda, sin ruido. Lo había hecho en corrales de medio Strath Aird. Nunca en el del dueño.
Al otro lado se quedó agazapada junto a un montón de leña, mirando la ventana. Tenía un plan para llegar hasta ella. Era un plan malo.
No le hizo falta.
La contraventana se abrió. Una cabeza pequeña se asomó, miró el patio, miró el montón de leña, y algo cayó desde arriba, desenrollándose: una escala de cuerda con travesaños de madera.
Marsaili se quedó mirando la escala.
Arriba, la cabeza hizo un gesto de impaciencia.
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El cuarto de Sorcha olía a cera, a lana teñida y a manzanas guardadas. Había un telar con una pieza a medio tejer, verde y blanca, un arcón, una cama estrecha con una piel encima y una vela de sebo junto a la ventana que, por lo que se veía, no se había apagado en varias noches.
—Llevo tres noches mirando la empalizada —dijo la muchacha, recogiendo la escala—. Sabía que vendría alguien. No sabía si tú o él.
—¿Y si llega a ser uno de los de Tormod?
—Les habría tirado la escala igual. Y luego el arcón. —Señaló la pared del fondo con la barbilla—. Habla bajo. Madre duerme ahí. Ronca como un fuelle de herrero. Si deja de roncar, te metes debajo de la cama.
Al otro lado de la pared, efectivamente, roncaba alguien con la constancia de un molino.
La hermana del MacKerron se sentó en el arcón, con las manos en el regazo, y la miró de arriba abajo. Las botas reventadas. El barro hasta las rodillas. Las manos en carne viva. El corte de la frente, que se estaba cerrando mal.
—Él no viene contigo.
No era una pregunta. Marsaili negó con la cabeza.
—¿Está vivo?
—Ayer lo estaba.
—Tormod dice que lo rescató. —Hablaba sin subir ni bajar la voz, como quien va dejando caer piedras en un pozo para medirlo—.
Que lo encontró en manos de los proscritos, herido, con fiebre.
Que no puede verlo nadie hasta que se reponga.
Madre fue a Allt Dubh hace tres días y no la dejaron pasar de la entrada. Dijeron que dormía.
—No tiene fiebre. Tiene un ojo cerrado, las costillas hundidas y un poste a la espalda.
La muchacha no se movió. Solo se le apretaron un poco los dedos sobre la falda.
—¿Cómo lo sabes?
Marsaili pudo mentir. Tenía la mentira en la boca, ya hecha, redonda. La escupió.
—Porque lo llevé yo. Tormod tenía a mi hermano. Le llevé a tu hermano a cambio.
El ronquido del otro lado de la pared siguió, igual, como una rueda que gira sin saber lo que muele.
Sorcha la miró mucho rato. Tenía los ojos de su hermano, pero más oscuros, y no se le estaban quietos: le iban a la boca, a las manos, al mechón blanco, otra vez a la boca. Leyéndola entera.
—¿Y tu hermano?
—Se escapó. Lo soltó él. Con los dientes.
—Eso es muy de Diarmad —dijo ella—. Lo de los dientes, digo. De pequeño mordía las riendas cuando perdía en las carreras.
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—Tormod anunció ayer en el campamento que el jefe hablará la víspera de San Andrés —siguió la muchacha—.
Delante de la hueste, junto a la hoguera grande.
Que tiene algo que decir a sus hombres. Y al día siguiente la fine se reúne en el vado y elige caudillo.
—Hizo una pausa—. Madre ha vuelto muy callada de Allt Dubh.
Cuando madre se calla, hay que preocuparse.
—Lo va a obligar a decir algo.
—Lo sé. No sé qué.
—Yo tampoco. Pero sé lo que es Tormod.
Y se lo contó. El corral de Tom an Fhuarain. Las vacas viejas, mansas, criadoras. La oreja izquierda cortada en cola de golondrina. Su hermano de rodillas en el barro, con la mano en el cuello de una de ellas.
—Dijo que esa marca la cortaba vuestra madre. Con su cuchillo.
Sorcha se quedó blanca.
No poco a poco. Entera, de una vez, como se queda la leche cuando la miras. Se levantó del arcón, fue a la ventana y se quedó mirando la noche, de espaldas, con los brazos cruzados.
—Yo tenía dieciséis años —dijo al fin—. Padre volvió en unas parihuelas. Ailsa le sostuvo la cabeza hasta el final, y después madre le lavó la cara ella sola y no dejó que nadie más lo tocara. —Se miró la mano derecha—. Tormod me la besó el domingo. Esta. Delante de madre.
—Lávatela.
—Ya me la he lavado. Muchas veces. Ahora sé por qué.
Se volvió. Tenía los ojos secos, y eso a Marsaili le dio más miedo que si hubiera llorado.
—Madre no cree papeles —dijo Sorcha—. Ni juramentos. Ni a los hombres guapos, aunque le haya costado un poco con este. Madre cree caras. Y vacas.
—Entonces le llevaré una vaca.
La otra parpadeó. Luego, por primera vez en toda la noche, se le movió la comisura de la boca.
—¿Una de esas?
—La más vieja. Si la reconoce, no le hace falta nada más.
—La reconocerá. Reconoce un ternero suyo en una feria de mil cabezas. —Se sentó otra vez en el arcón, ya pensando—. El alba de San Andrés, en el vado. Allí se reúne la fine. Yo llevaré a madre. Y a los viejos, aunque tenga que arrastrar a Gilleasbuig Bàn de la barba.
—¿Cómo vas a llevarla?
—Le diré que he soñado con un toro blanco cruzando el agua.
—¿Y te creerá?
—Me creyó con lo de padre.
Al otro lado de la pared, el ronquido se paró.
Las dos se quedaron quietas. Marsaili ya tenía una rodilla en el suelo, camino de la cama. Sorcha levantó una mano: espera. Se oyó un crujido de tablas, un gruñido de vieja, una palabra que no se entendió. Y después, otra vez, el fuelle.
Sorcha soltó el aire.
—Siempre para en el mismo sitio. Creo que sueña con el que le vendió la yegua baya.
• • •
Faltaba poco para el alba cuando Sorcha volvió a desenrollar la escala por la ventana.
Antes de que Marsaili pasara la pierna, le puso una mano en el brazo. No la apretó. Solo la dejó allí, un momento, ligera.
—¿Lo quieres?
Marsaili miró el patio, la empalizada, el humo de las cocinas, la loma. Todo lo que había sido de él antes de que ella se lo quitara.
—Lo vendí.
—Eso no contesta.
Tardó. Fuera empezaba a clarear por encima del Bealach, una raya gris sin calor.
—Sí.
Sorcha asintió, una vez, igual que asiente una tratante cuando le cuadra el precio.
—Mi hermano no sabe perder —dijo—. Nunca ha aprendido. Padre lo dejaba ganar en todo y madre le corta la carne. —Le soltó el brazo—. Enséñale.
Marsaili bajó dos travesaños. Se paró con la cara a la altura del alféizar.
—Esa es la idea.