TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 34. La garganta
23%

Capítulo 34. La garganta

Tormod tenía un brasero de cobre en la tienda, una piel de oso en el suelo y un perro que dormía encima de la piel mejor que su jefe.

—Siéntate, Diarmad. Ahí no, que es de Gaoth.

Diarmad se quedó de pie. Le costaba. Tenía las muñecas atadas por delante, el ojo izquierdo cerrado como una ciruela madura y las costillas del mismo lado tan doloridas que respirar hondo era una decisión.

Dùghall lo había traído del corral a empujones y ahora estaba en la entrada de la tienda, con su cara de hacha y los brazos cruzados.

—Prefiero estar de pie.

—Como quieras. Te caerás antes, pero es tu tienda. —Tormod sonrió—. Bueno, es la mía. Pero ya me entiendes.

Olía a turba buena, a cerveza caliente y a lana seca, y después de tres días en el barro del corral aquel olor le pareció un insulto personal. Tormod mojó un paño en una jofaina y se acercó. Él se echó atrás.

—Quieto. Es agua. —Le limpió la sangre seca de la ceja con mucho cuidado, como una madre—. Dùghall no tiene mano para las caras. Se lo he dicho.

—Díselo más fuerte.

—Yo no grito. —Dejó el paño—. El muchacho de anoche, el flaco, ¿es tuyo?

Uilleam. Lo habían atado al poste donde había estado Ailean, con la misma correa. Se había pasado la noche llamándolo «señor» y pidiéndole perdón por haber cortado solo una vuelta de cuerda.

—Es de Glen Corrach.

—Gritaste que era tuyo.

—Grito muchas cosas cuando me pegan.

El Cazador se rio. Tenía una risa bonita, de las que caen bien. Se sentó junto al brasero y estiró las piernas, y el perro le apoyó la cabeza en la rodilla.

—Te voy a contar lo que va a pasar, Diarmad. No por crueldad. Porque eres un hombre listo y prefiero hablar con hombres listos.

• • •

Lo contó como se cuenta un viaje.

La víspera de San Andrés, la hueste se reuniría alrededor de la hoguera. Diarmad saldría delante de sus hombres, desatado, como el jefe que era. Y les diría, con su propia voz, que se había pasado a los proscritos. Que la Bean Nighe le había sorbido el juicio. Que no merecía el ciervo blanco.

—Y después, tristemente —abrió las manos—, las heridas. Tienes muy mala cara, Diarmad. Todo el mundo lo verá. Nadie se extrañará de que no llegues al alba.

—Y al día siguiente la fine elige caudillo.

—Al hombre que te trajo de vuelta. Que buscó a su jefe por los montes mientras el jefe dormía con una ladrona. —Le rascó las orejas al perro—. Y en primavera me caso con tu hermana. Tu madre está encantada. Dice que tengo buenos dientes.

—Sorcha te ve venir desde el Bealach.

—Sorcha es una niña callada. Las calladas se casan bien.

—Antes muerto que decir una sola palabra de eso.

—Eso ya está previsto. —Sonrió sin malicia, casi con pena—. Lo que hay que decidir es si te mueres callado o te mueres útil. Un jefe asesinado es una pregunta. Un jefe que se arrepiente y muere en su cama es una respuesta. A mí me gustan las respuestas.

Lo miró con el único ojo que le funcionaba. Tanta calma. Tanta razón. Aquel hombre había entrado en su salón hacía cuatro años con la misma voz y él le había dado la mano.

—Ella te vendió —siguió, con suavidad—. Lo sabes. La mandé llamar y vino. Te trajo de la mano hasta las Tres Piedras. Por un niño.

—Ya lo sé.

—No le guardes rencor. Marsaili hace lo que hay que hacer. Siempre lo ha hecho. Es lo que más me gusta de ella.

Fue eso. Que hablara de ella con aquel cariño de propietario, como se habla de una yegua que salta bien.

—Cuando salga de aquí —dijo, despacio, con su voz de leer testamentos—, voy a cumplir un juramento que hice sobre una tumba. Voy a colgar a quien mató a Lachlan, mi hermano de leche. Y sé quién fue.

Tormod no se movió.

—Fue ella. Me lo dijo en la nieve, con el cuchillo de su padre en mis manos. Le clavó ese cuchillo en la puerta de la sala. La colgaré yo mismo del aliso del vado, delante de todo Strath Aird.

No lo pensaba. No sabía ya qué pensaba. Pero quería ver algo romperse en aquella cara tan bonita, y lo vio.

• • •

El otro se quedó callado mucho rato. Gaoth levantó la cabeza, inquieto, y le lamió la mano.

Y entonces se rio. Bajito. Con una especie de ternura.

—¿Ella? —Negó con la cabeza—. Ella le hizo un agujero en el hombro. Nada. Un rasguño de niña asustada. Yo la vi.

Notó que el suelo de la tienda se inclinaba.

—Tu hermano de leche me conocía de agosto.

—Hablaba ahora mirando el brasero, igual que se recuerda una cosecha mala—.

Peleó en la creach. Me vio la cara cuando yo traía a los del barón por la senda de las cabras.

Y aquella noche, con el hombro sangrando y todo ardiendo, me volvió a ver.

Me gritó a la cara. «A ese lo he visto antes. » Había que callarlo.

Levantó la mano izquierda hacia la luz del brasero. La cicatriz fina le cruzaba el dorso, blanca.

—Me la hizo él. Tenía buen pulso, para estar medio muerto.

Lo recordó entonces. No lo había olvidado nunca, pero no lo había mirado.

El alba gris sobre Glen Corrach. Él, de rodillas en el barro, con Lachlan boca arriba entre los brazos.

Y Tormod a su lado, con la capucha echada y la mano envuelta en un trapo, diciendo en voz baja: «Una viga. Me he cortado sacando a una niña».

Y después, mirando a Lachlan:

—A los MacCorrach les gusta degollar —dijo ahora, igual que entonces—. Te lo dije. Te lo creíste enseguida.

Una viga. En toda aquella noche no había visto caer una sola viga cerca del hombre de la capucha, que se había quedado atrás, lejos de la sala, mirando.

—Yo no quería —siguió, y parecía verdad—.

Era un buen hombre, creo. Pero si hablaba, ardía yo.

Y Marsaili habría ardido conmigo, porque la habrían casado con un traidor o no la habría querido nadie.

La saqué del fuego. A ella y al niño. Eso no lo hizo nadie más.

—Se miró la cicatriz—. Así que no, Diarmad.

A Marsaili no la cuelga nadie. Ni tú, ni la fine, ni Dios.

Lo que se le debe a Lachlan se me debe a mí.

Lo dijo con orgullo. Con el orgullo tranquilo de un hombre que se ha mirado al espejo cada mañana durante cuatro años y le ha gustado lo que veía.

• • •

Ya no lo oía.

Pensaba en la cueva de nieve. En ella con la cara del color de la nieve al oír el nombre de Lachlan. En sus manos poniéndole el cuchillo de mango de hueso entre las suyas. Lo maté yo. En el llanto callado de madrugada, cuando creía que él dormía.

Cuatro años. Cuatro años cargando con un muerto que no era suyo. Robando ganado, criando a un niño, enterrando viejos, con aquel hombre en la espalda. Y él se lo había dejado cargar un día más, y otro, por orgullo, porque juró en una tumba y los MacKerron no desjuran.

No lo había matado.

No lo había matado ella.

Algo se le soltó en el pecho, debajo de las costillas rotas, algo que llevaba atado desde las Tres Piedras o desde mucho antes. Y antes de poder evitarlo, Diarmad MacKerron, preso, apaleado, sin broche y con un ojo cerrado, se echó a reír.

Se rio tanto que tuvo que doblarse por las costillas. Se rio con lágrimas, con la boca abierta, con un ruido que no era del todo risa. Gaoth se levantó de la piel y ladró. Dùghall descruzó los brazos.

El Cazador lo miraba sin entender. Por primera vez desde que lo conocía, no tenía preparada la cara.

—¿De qué te ríes?

No podía contestar. Pensaba en ella. Solo en ella. En que tenía que salir vivo de aquella tienda para decírselo.

Tormod se puso en pie y se recompuso la sonrisa igual que se recoloca el manto.

—Ríete —dijo—. Te queda poco.