Capítulo 33. El broche
Uilleam bajó a la Leum antes del alba con un bulto en brazos, y el bulto tenía los pies descalzos y llevaba plata.
—¡Marsaili! —Venía sin aliento, resbalando por las piedras de la entrada—. ¡Marsaili, despierta, que te lo traigo!
Ella ya estaba de pie. No recordaba haberse levantado.
Ailean tenía los labios morados y las piernas mojadas hasta las rodillas, con el barro helado pegado como una costra.
Temblaba entero, en sacudidas, igual que tiembla un potro recién nacido.
Tenía la cara sucia, el remolino de punta y los ojos abiertos de par en par.
Y apretaba contra el pecho, con las dos manos, una cosa redonda y grande que brillaba.
—Lo encontré en el arroyo, abajo de Allt Dubh, donde Pàdraig me puso de vigía —decía Uilleam—. Venía siguiéndolo hacia abajo, a oscuras, sin parar. Casi me lo como con la lanza. Le dije «¿quién va?» y me dijo «un secreto de jefes». ¿Qué es un secreto de jefes?
Marsaili no le contestó. Le quitó al niño de los brazos.
Pesaba menos que en Samhain. Lo notó en los huesos de la espalda, en las muñecas. Lo envolvió en su plaid, lo sentó al lado del rescoldo de turba y le frotó los pies con las manos, fuerte, hasta que él protestó. Eso era buena señal. Los que se mueren de frío no protestan.
—Duele.
—Que duela. Es la sangre que vuelve.
—Marsaili.
—Calla. Respira.
—Marsaili, esto es para ti.
Le tendió la cosa redonda con las dos manos, porque con una no podía.
El broche. La plata del tamaño de un puño, con su aguja larga y su labor de nudos, el mismo que Sìne Mhòr había querido arrancarle de la capa en el corrie. «Entero vale más», le había dicho ella entonces. Ahora le pesaba en la palma como una piedra de río.
—Dice que te diga —Ailean se concentró, frunciendo la frente, para decirlo exacto— que no fue culpa tuya.
Marsaili se quedó con el broche en la mano.
Había pasado dos noches sin llorar. En la loma, gritando su nombre. Debajo de la peña, sin fuego. En la Leum, delante de Pàdraig, quitándole el mando. Se había quedado seca por dentro como una turbera en agosto, y había creído que era fuerza.
No lo era. Era que no había llegado esto.
Se le doblaron las rodillas. Se sentó en la nieve, al lado de su hermano, con el broche apretado contra la boca, y lloró como no lloraba desde los diecisiete años: con la cara abierta, sin ruido al principio y luego con todo, con hipo, con los hombros.
Ailean le echó encima medio plaid, torpe, igual que se tapa a un ternero.
Nadie se acercó. Pàdraig apartó a los hombres con un gesto. Raonaid se quedó mirando desde las vacas con la lanza en la mano, y por una vez no dijo nada.
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Cuando pudo hablar, Ailean ya no podía callarse.
—Le tiene miedo a las gallinas. El toro.
Una parda. Y se meó en el agua bendita del cura, con cubo y todo.
Y se comió la capa del de los broches, que se llama Neachdan y llora.
—Hablaba con la boca llena de gachas calientes—.
Y luego cantó una canción de un obispo, muy alto, para que los guardias lo miraran a él y no a mí.
No te la puedo cantar. Dice que es de jefes.
—¿Quién te ha soltado? —preguntó Raonaid.
—Él. Con los dientes. Toda la noche. Tenía la barba sucia y yo los pies, y estábamos en paz.
Raonaid miró a Marsaili por encima de la cabeza del niño. Fue una mirada larga, de las que se echan a una vaca que ha parido al revés y ha salido bien.
—Le pegaron —dijo Ailean, y se le fue la voz de golpe—. Cuando yo ya estaba en el agua. Oí cómo le pegaban. Y se reía.
Marsaili cerró los ojos.
—¿Los jefes también lloran? —preguntó el niño—.
Yo se lo pregunté. Dice que se atusan la barba, que es lo mismo.
Pero tenía las manos atadas. —Dejó el cuenco en la nieve.
Se volvió hacia ella con los ojos de su madre, de su padre, de todos los que se habían quedado en Glen Corrach—. Tienes que ir a por él.
—Ailean…
—Me prometió enseñarme a no tener miedo del agua. Los dos a la vez. Él tampoco sabe nadar, pero eso no se lo digas a nadie. —Bajó la voz—. Y si no vas, no aprendo.
Marsaili se levantó. Se prendió el broche por dentro de la ropa, contra la camisa, donde pudiera notarlo. Fue hasta Pàdraig.
No le pidió el mando. Le pidió permiso, que era peor.
—Esta noche. Allt Dubh.
Pàdraig la miró mucho rato. Luego levantó cuatro dedos de la mano buena.
—Cuatro —dijo ella—. Bien.
—Yo —dijo Uilleam, que había aparecido detrás como aparece un perro cuando se nombra la comida—. Yo voy. Yo encontré al chico. Si traigo también al jefe, que me nombren senescal.
—Tú no sabes callarte, Uilleam.
—Por él me callo. Te lo juro.
• • •
Fueron cuatro: ella, Uilleam y los dos hermanos de la majada de arriba, que no hablaban mucho y pisaban como gatos. Subieron por el arroyo de Allt Dubh contra la corriente, el mismo camino que había bajado Ailean, con el agua por las pantorrillas y los dientes apretados.
Lo supo antes de ver nada. Demasiada luz.
Tormod había cercado el campamento de antorchas. Una cada diez pasos, clavadas en la nieve, alrededor de la empalizada del corral y de las tiendas. Había doblado la guardia. Se oían voces de hombres que no dormían, y perros, varios perros, inquietos, gruñendo al viento.
—Ha aprendido —susurró uno de los hermanos.
—Ha perdido un niño. Eso enseña.
Se arrastró por el agua hasta el hueco de piedras por donde el arroyo entraba bajo las estacas. Pegó la cara al barro y miró dentro.
Lo vio.
Estaba sentado contra el poste, con la cabeza caída sobre el pecho y las manos atadas atrás. Tenía la cara hinchada de un lado, el ojo izquierdo cerrado y negro, y la capa verde abierta, sin la plata que la sujetaba. No se movía. Por un momento horrible no supo si respiraba.
Después levantó la cabeza. Despacio. Hacia la oscuridad del arroyo. Hacia ella.
No podía verla. No había luz en su lado. Y aun así se quedó mirando el hueco con el único ojo que tenía, muy quieto, como escucha un ciervo.
—Está vivo —dijo Uilleam a su oído, y antes de que pudiera agarrarlo ya se había metido en el hueco con el cuchillo en la mano.
—¡Uilleam!
Fue Gaoth. Lo supo por el ladrido, grave, de perro grande y mimado. Después vinieron los demás perros, y las voces, y un cuerno, y de repente el corral estaba lleno de antorchas.
Vio a Uilleam llegar al poste. Lo vio cortar una vuelta de cuerda. Lo vio caer debajo de tres hombres a la vez.
Y oyó la voz del MacKerron, ronca, rota, con un resto de testamento:
—¡Ese es mío! ¡No lo toquéis, que es mío!
Uno de los hermanos la agarró del tobillo y tiró de ella hacia atrás.
Una flecha se clavó en el barro donde había tenido la cabeza.
Pluma azul. Otra pasó silbando por encima del agua.
Corrieron arroyo abajo, cayendo, levantándose, con los perros detrás, hasta que el agua se llevó el rastro y la noche se los tragó.
• • •
Llegaron a la Leum al amanecer, tres.
Pàdraig estaba en la entrada, entre las dos rocas, esperando. Los contó con la mirada. Contó otra vez.
Ailean dormía junto al fuego, envuelto en el plaid, con un brazo encima de Rìgh, que se había echado a su lado como un perro enorme.
Marsaili se quitó el barro de la cara con la manga. Tenía las manos en carne viva del agua y del frío, y no las sentía.
Pàdraig habló. Dos veces en tres días. Los hombres de la Leum iban a pensar que se acababa el mundo.
—Ahora tiene dos.
Marsaili se tocó el broche bajo la camisa.
—Y yo ninguna excusa.