Capítulo 32. El niño del poste
El poste era de aliso, y el niño atado al otro lado lo odiaba con más ganas que la madera.
Lo notaba en la espalda. Estaban sentados en el barro helado del corral de Allt Dubh, uno a cada lado del mismo tronco, él con las muñecas atadas por detrás y el chico con una correa de cuero crudo del tobillo a una argolla.
Cada vez que él se movía, Ailean se apartaba lo que le daba la correa. Que era poco.
—No te voy a morder —le dijo.
—Tú quemas. No muerdes.
Llevaba un día entero oyendo variaciones de aquello. El chico tenía un repertorio corto, pero lo trabajaba bien.
El corral era una empalizada de estacas sin descortezar, alta como dos hombres.
Un arroyo entraba por un lado, pasaba bajo las estacas por un hueco de piedras y salía por el otro, negro y rápido.
Fuera mugía la manada de Tormod. Dentro olía a estiércol, a cuero mojado y a miedo de niño, que huele a leche agria.
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Dùghall vino a media mañana.
Cara de hacha, estrecha, de filo, y unos ojos que no gastaban nada. Se agachó delante de él y lo miró igual que se mira una cuba para ver si gotea.
—¿Dónde se esconden los MacCorrach?
—En el corazón de los justos.
Dùghall no se rio. Le cruzó la cara con el puño, de revés, sin levantarse. El ojo izquierdo de Diarmad se llenó de luces y después de agua.
—¿Dónde?
—En el corazón de los justos —repitió Diarmad, con el ojo cerrándosele—. Ya sé que te pilla lejos.
El segundo fue en las costillas, con la bota. Le quitó el aire y las ganas de ser ingenioso. Cuando pudo respirar, había otra voz en el corral, cálida, de buen anfitrión.
—La cara no, Dùghall. —Tormod estaba en la puerta de estacas, con el manto azul y el perro negro pegado a la pierna—. Esa cara la necesito para hablar. Las costillas, si te aburres.
Se fue sin mirar al niño.
Ailean lo había visto todo con los ojos muy abiertos, grises, de pizarra. Los de su hermana, y los usaba igual: para pesar a la gente.
—¿Por qué no se lo dices? —preguntó.
—Porque no.
—Tormod dice que mi hermana te ha traído para cambiarte por mí.
Diarmad apoyó la cabeza en el poste.
—Tormod dice muchas cosas.
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La había odiado de madrugada, atado en la nieve, con el grito de ella rebotando por las lomas. Diarmad. La primera vez que le oía su nombre, y se lo gritaba después de venderlo. La había odiado con método, como se odia a quien te ha robado dos veces.
Pero el odio necesita no entender, y él tenía al chico a la espalda. Ocho años. Un remolino que no se dejaba aplastar. Una correa en el tobillo, como a un perro. Y cualquier alba, la birlina de los isleños.
Conocía aquella cuenta. La había hecho él, cuatro años atrás, con Lachlan en el barro. Un hermano de leche muerto a un lado de la balanza; al otro, un valle entero. Y había elegido el valle, y había mandado prender el fuego, y no había dormido bien desde entonces.
«Yo quemé un valle por un hermano de leche. Ella vendió a un hombre por un hermano.»
La diferencia era que ella sabía que lo estaba haciendo.
Lo entendía tan bien que le dolía más que las costillas. Perdonarla, todavía no; se le atascaba debajo del esternón. Pero ya no podía odiarla limpio, y para un hombre que había vivido cuatro años de un odio limpio, eso era casi peor.
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Con la noche llegó el miedo del chico.
No lloraba. Respiraba muy deprisa, muy flojo, como un ternero que se ha quedado fuera del establo.
—¿Sabes que mi toro le tiene miedo a las gallinas? —dijo Diarmad al aire.
Silencio.
—Pánico. Una gallina parda de la cocina de mi madre lo persigue por el patio y él corre con la cola levantada. Mi madre dice que es lo único en Strath Aird que obedece a una gallina, además de mí.
—Mentira.
—El día que lo bendijo el capellán, se meó en el agua bendita. Con el cubo y todo. El padre Colmán tardó tres domingos en dejar de tartamudear. Bueno, tartamudea siempre, pero esos tres domingos tartamudeaba más.
Oyó una cosa al otro lado del poste. Podía ser un sorbo de nariz. Podía ser una risa estrangulada.
—Y una vez se comió la capa de mi senescal. El broche lo escupió en el estercolero. Neachdan estuvo una semana buscándolo con un palo y llorando.
—¿Por la capa?
—Por el broche. Neachdan quiere más a los broches que a la gente.
Esta vez fue una risa. Corta, sin querer, enseguida tragada. Y por primera vez en todo el día la espalda del chico no se apartó del poste.
—¿Los jefes también lloran? —preguntó Ailean, muy bajo.
Pensó en la poza del vado, en el agua negra cerrándosele encima.
—Los jefes se atusan la barba —dijo—. Es lo mismo.
—Tú no puedes. Tienes las manos atadas.
—Por eso tengo cara de mal humor.
Otro silencio, distinto.
—Yo no sé nadar —dijo el chico, como quien suelta una piedra muy pesada—. Tormod dice que en la birlina, si lloras, te tiran al agua.
A Diarmad se le cerró la garganta. Esperó a que se le abriera.
—Yo tampoco sé nadar.
—Mentira.
—Es un secreto de jefes. No lo sabe ni mi madre. Si se lo cuentas a alguien, tendré que nombrarte senescal para que me guardes el secreto, y entonces tendrás que querer a los broches.
—¿Y tú tienes miedo del agua?
—Muchísimo.
Ailean lo pensó.
—Pues habrá que aprender.
—Habrá que aprender —dijo Diarmad—. Los dos a la vez. Así nadie se ríe de nadie.
• • •
La correa del tobillo era de cuero crudo, mojado y vuelto a helar, con un nudo de boyero apretado hasta ser piedra. Los guardias no habían pensado que un hombre con las manos atadas pudiera hacer nada con él.
No habían pensado en los dientes.
—Sube el pie.
—¿Qué?
—El pie. Aquí, a mi boca. Y no me des una patada, que ya me han dado bastantes.
—Tienes la barba sucia —dijo el chico, subiendo el pie con mucha desconfianza.
—Y tú los pies. Estamos en paz.
Le costó media noche. El cuero sabía a barro, a sangre suya y a pie de niño. Cada vez que el guardia de la puerta se volvía, paraba; cada vez que se reía con el otro, mordía. Ailean aguantó con el pie en el aire y los dientes apretados de frío, sin quejarse ni una vez. Igual que su hermana.
El nudo cedió poco antes del alba.
—Escúchame bien —susurró Diarmad—. El arroyo pasa por debajo de las estacas. Hay hueco. Por ahí sales.
El chico miró el agua negra y se le fue el color.
—No cubre —dijo Diarmad—. Lo he medido con los ojos toda la tarde. Te llega a las rodillas. Es agua de jefes, de la que no hace falta saber nada.
—¿Y tú?
—Yo no quepo. Soy demasiado importante.
Ailean no se rio. Lo miraba con los ojos de ella.
—Coge el broche —dijo Diarmad—. El de mi capa. Desabróchalo tú, que yo no puedo.
Los dedos del chico, torpes y helados, soltaron la aguja. La plata pesaba tanto en su mano que tuvo que cogerla con las dos.
—Dáselo a tu hermana. Dile… —No sabía si era verdad. Sabía que era lo que ella necesitaría oír, y que él no iba a estar allí para decírselo—. Dile que no fue culpa suya.
—¿El qué?
—Ella lo sabrá. Sigue el arroyo hacia abajo y no te pares. Venga.
El chico se tumbó en el barro y se arrastró hacia el hueco.
Diarmad se aclaró la garganta, levantó la cabeza y se puso a cantar.
Cantó a voces la canción más indecente que conocía, la de la molinera y el obispo, desafinando con un entusiasmo que habría hecho llorar a su madre. Los dos guardias se volvieron. Uno se acercó con la tea.
—¡Calla, MacKerron!
—¡No puedo, me ha venido la devoción!
Le dieron. Primero para que se callara y luego porque no se callaba. Él se reía en el barro, con la boca llena de sangre y el ojo cerrado, cantaba la estrofa del obispo entre golpe y golpe y no miró hacia el arroyo ni una vez.
Siguieron hasta que dejó de reírse.
Para entonces, Ailean ya estaba fuera.