Capítulo 31. La Leum
Había gritado su nombre una sola vez, y el monte se lo había devuelto tres.
Diarmad. Diarmad. Diarmad. Cada eco más flojo, más lejos, hasta que no quedó nada más que el viento entre las piedras y, abajo, las antorchas de Tormod bajando hacia Allt Dubh en fila, tranquilas, sin prisa. Como bajan los que ya han cobrado.
No contestó nadie.
Marsaili se quedó en la loma hasta que la última luz se metió en la garganta. Le dolía el costado donde la habían empujado contra las piedras, y le dolía la boca de apretarla. No le dolía nada de lo que tenía que doler. Eso vendría después. Lo sabía como se sabe el tiempo: por el olor.
Pasó la noche debajo de una peña, sin fuego. Un fuego en aquella loma era una invitación, y ya había aceptado bastantes.
Siempre había medido las cosas en noches. Tres hasta el próximo grano. Una para cruzar el Monadh. Había tardado una noche en venderlo.
Cerraba los ojos y lo veía caer. No el golpe en la nuca, eso había sido rápido y feo y casi no lo había visto.
Lo de antes. Cómo se había vuelto hacia ella con la espada todavía arriba, buscándola entre los hombres de Dùghall para ponerse delante.
Para protegerla. Y cómo, en el último momento, con el suelo viniéndosele encima, la había mirado a la cara.
Y lo había entendido.
Eso era lo que no la dejaba dormir. Que lo había entendido sin que nadie le explicara nada, como entiende un toro el cuchillo cuando ya lo tiene dentro.
—Primero Ailean —dijo en voz alta, a la nieve—. Luego vuelvo a por él. Era un buen plan.
La nieve no le discutió. No hacía falta.
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Al alba bajó al mojón.
Tres piedras grises junto a un abedul tronchado. Escarbó con los dedos hasta que dejó de sentirlos. Debajo, envueltas en un trapo, seguían las tablillas de Tom an Fhuarain: muescas y cruces, cabezas de ganado y plata, todo el otoño de Tormod en madera de aliso.
Las metió en el zurrón. Era lo único de la víspera que no había perdido.
Después subió a la Cresta Gris.
Era un espinazo de roca pelada que se veía desde todas partes, por eso la habían elegido, y arriba el viento cortaba como una cuerda mojada.
Cavó en el blanco hasta encontrar las matas viejas de brezo, las de raíz gorda, que guardan el seco dentro.
Sacó el pedernal. Le temblaban tanto las manos que tardó veinte golpes en arrancar la primera chispa.
El brezo prendió de mala gana. Echó un humo blanco, espeso, que subió recto un momento y luego el viento lo tumbó hacia el norte.
Hacia el Monadh. Hacia Loch na Caillich.
Lo habían pactado en la cueva de la gente, con el MacKerron jurando cosas sobre la piedra del umbral: si hay fuego en la Cresta, venid. Un fuego para decir que todo había salido mal.
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La Leum era una raja en el monte que desde arriba no se veía: unos abedules torcidos y, de repente, una garganta con un arroyo y un prado escondido donde cabían cien vacas sin que nadie las oyera mugir. Se entraba entre dos rocas tan juntas que una vaca gorda tenía que pasar de lado.
Marsaili esperó allí con el zurrón en las rodillas.
Los oyó antes de verlos. Pezuñas en piedra mojada, un mugido corto, alguien que maldecía a una ternera por su nombre. Y luego, por encima del borde de la garganta, algo blanco que no era nieve.
Rìgh bajó la cuesta al trote, con los cuernos por delante y la cola levantada, y no se paró hasta que le metió el morro en el pecho y la tiró de espaldas.
—Quieto. —Le salió un hilo de voz—. Quieto, bruto. Que me matas.
El toro le resopló en la cara y le lamió la oreja entera.
—Sí, yo también. Pero quieto.
Detrás venían los demás. Pàdraig delante, con el hacha al hombro y la manga vacía metida en el cinturón.
Una docena de hombres con lanzas, dagas y palos.
Las vacas. Uilleam, que corrió hacia ella dando saltos en la nieve.
Y al final, con un plaid de hombre atado a la cintura y una lanza en la mano, Raonaid.
—Íbamos a esperar diez días —dijo Uilleam, sin aliento—. Pàdraig dijo que diez días era mucho. Bueno, no lo dijo. Se levantó una mañana y cogió el hacha.
—¿Cuándo salisteis?
—Hace dos días. Anoche dormimos en la boca del Monadh y esta mañana vimos tu humo. —Miró alrededor—. ¿Dónde está el MacKerron? ¿Y Ailean?
—¿Y Eòin? —le preguntó Marsaili a Raonaid.
—Con Sìne. —Raonaid clavó la lanza en la nieve—. Si se lo come un lobo, lo escupe. Responde a Uilleam.
Marsaili se puso de pie. Se sacudió la nieve. Los miró uno por uno, porque eso se lo debía.
Y se lo contó.
No adornó nada. Las vacas de Cormac en el corral de Tom an Fhuarain, con la oreja en cola de golondrina. La plata extranjera.
—Tormod guio a los del barón en la creach de agosto. Cobró. Y después nos vendió a los MacKerron para tapar lo primero.
—No me sacó del fuego —dijo—. Me sacó de su fuego.
Raonaid se quedó blanca.
—Me dio pan —dijo, muy bajo—. En el corrie. Cuando ardía. Me puso un pan en la mano para Eòin.
Escupió en la nieve. Nadie dijo nada.
Después les contó lo demás. Ailean atado a un poste por un pie. El trato. Las Tres Piedras, Dùghall, el golpe. Y que Tormod se había quedado con los dos.
—Se lo di —dijo—. Al MacKerron. Lo llevé de la mano y se lo di.
Uilleam abrió la boca. La cerró. Tenía dieciséis años y en la cara se le veía todo, y lo que se le veía era que no se lo creía.
—Él juró en la piedra —dijo al fin—. Por nosotros. Yo estaba delante.
—Ya lo sé.
—Era un MacKerron —dijo Raonaid, dura—. No voy a llorar por un MacKerron.
—No te lo pido.
Raonaid sostuvo la mirada un momento. Después la apartó, y Marsaili supo que aquella era la única piedad que le iba a tocar.
Entonces Pàdraig dejó el hacha en el suelo.
Se acercó hasta quedar delante de ella. Llevaba cuatro años detrás de ella, en el vado, en el corrie, en el robo de cada noche. Le había tocado el hombro con la mano buena mil veces, y eso en él era hablar.
Esta vez no la tocó.
—No mandas tú.
Lo dijo en voz baja, y aun así lo oyó toda la garganta. Uilleam dio un paso atrás. Un hombre dejó caer una lanza. Algunos de los que estaban allí no le habían oído la voz a Pàdraig en un año.
—Hoy no.
Marsaili no bajó la cabeza. Era lo único que le quedaba sin vender.
—Bien —dijo.
Pàdraig se volvió y empezó a dar órdenes con la mano: dos hombres a las rocas de la entrada, las vacas al fondo, nada de fuego hasta que oscureciera. Lo obedecieron sin pestañear. Uilleam se quedó un momento, como si quisiera decir algo, y luego se fue también.
Ella se sentó junto al arroyo.
Había mandado treinta bocas durante tres inviernos. Ahora no mandaba ni en sus pies, que no querían moverse.
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Oscureció de golpe, como oscurece en noviembre. En el fondo de la Leum encendieron un fuego de turba que no se veía desde arriba. Oyó a los hombres hablar bajito alrededor, y no oyó su nombre. Eso era peor que oírlo.
Ailean con el pie atado. El MacKerron con la nuca abierta, en algún sitio de Allt Dubh. Los dos a media noche de marcha, y ella allí sentada, sin nada que robar.
Algo enorme y caliente se le apoyó en el hombro.
Rìgh había venido sin hacer ruido, cosa que un toro de su tamaño no debería saber hacer. Le dejó el morro allí, pesado, húmedo, respirándole en el cuello.
Marsaili le pasó la mano por la frente ancha, entre los cuernos.
—Tú también lo echas de menos, ¿verdad?
El toro mugió. Bajo, largo, desde el fondo del pecho.
Era lo más parecido a un sí que sabía decir un toro.