Capítulo 30. Las Tres Piedras
Marsaili le cogió la mano al salir la luna, y Diarmad, que la odiaba, no se la soltó.
No supo por qué se la cogía. Por el hielo de la senda, quizá.
Por la oscuridad entre los pinos. Tenía los dedos fríos y se los apretaba demasiado, y él notó, contra la palma, el hueco del meñique al que le faltaba la punta.
Cuatro dedos y medio. Le pareció que se lo había aprendido de memoria sin querer, como un salmo.
—Lo sacan esta noche —dijo ella—. Hacia Loch nan Ròn. El camino del oeste cruza en las Tres Piedras.
—¿Cuántos?
—Tres. Quizá cuatro. Y un poni.
—¿Arcos?
—No lo sé.
Asintió. Era bueno tener algo que pensar que no fuera ella.
Tres hombres en un camino de noche, cansados, con un niño atado a una silla.
Él se pondría delante, en medio de la senda, con la espada desnuda y la luna a la espalda para que no le vieran la cara.
Ella cogería al chico por detrás. Era un plan de jefe. Hacía días que no tenía uno.
—Tu hermano muerde —dijo.
—Sí.
—Si me muerde, ¿tengo que dejarme?
Ella tardó en contestar.
—Lo que él quiera.
—Entonces que muerda este. —Levantó el brazo derecho, el del vendaje del lobo—. Ya está estropeado. Así no se nota la diferencia.
Esperaba que se riera. Ella siempre se reía de él, era casi lo único seguro que había entre los dos. Ella no se rio. Le apretó la mano más fuerte y siguió andando.
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En el arroyo de la cañada, donde el agua corría negra entre dos lenguas de hielo, se paró en seco.
—MacKerron.
—Me llega al tobillo —dijo él, antes de que pudiera burlarse—. Lo he medido.
—No es eso. —Le soltó la mano. Se la volvió a coger—. Vuelve al sur. Vete con tu hueste.
—Ya hemos hablado de eso.
—No. Escúchame. Yo…
Se calló. Él esperó. La luz de la luna le daba de lado en la cara, en la tira sucia de la frente, en el mechón blanco, y ella tenía la boca abierta para un grito que no salía.
Creyó entenderla. Le estaba devolviendo la libertad. Después del cuchillo, después de la cueva, le decía «vete, no me debes nada». Y aquello, por algún motivo, le dolió más que todo lo demás.
—Juré sobre una piedra protegeros —dijo, con su voz de consejo, la que sacaba cuando no sabía qué otra cosa sacar—. A todos. Mientras viva y tenga nombre. Tu hermano entra en el juramento. Tú no tienes nada que ver con eso.
Ella cerró la boca.
Cruzaron el arroyo. Él, sin mirar el agua.
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Las Tres Piedras estaban en una loma pelada donde el camino de ganado del oeste cortaba la senda que bajaba de los pinos. Tres piedras de pie, altas, inclinadas unas hacia otras igual que tres viejas que se cuentan un secreto. La nieve alrededor estaba lisa y azul. No había nadie.
—Aquí —dijo ella.
Se pusieron a la sombra de la más grande. Desde allí se veía bajar el camino del oeste, negro sobre blanco, hasta perderse en la garganta. Abajo, muy lejos, brillaban los fuegos de Allt Dubh.
Ella seguía con su mano agarrada. Le temblaba.
—Es el frío —dijo, sin que él preguntara.
—Es tu hermano.
—Sí. Es mi hermano.
Le pasó el pulgar por el dorso de la mano, una vez, sin pensarlo. Ella dio un respingo, como si le hubiera tocado una herida. Después habló otra vez, muy deprisa, en voz muy baja.
—Si te digo que te vayas ahora, sin preguntar nada, ¿te irías?
—No.
—¿Ni aunque te lo pidiera yo?
—Menos todavía. —Se le escapó media sonrisa, la primera en dos días—. He estado sentado media tarde en una piedra helada esperándote. No me pienso volver a sentar.
Ella lo miró con una cara que él no supo leer. Luego la apartó hacia el camino.
Se oyó un poni.
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Subía por el camino del oeste, despacio, con un hombre a pie llevándolo del ronzal. En la silla iba atado un bulto pequeño envuelto en un plaid, que no se movía.
Uno. Un solo hombre.
Sacó la espada. Las piedras de la empuñadura le brillaron en la mano con la luna. Se adelantó un paso, fuera de la sombra, para ponerse en medio de la senda.
Y la nieve se levantó.
Así lo vio. Detrás de las piedras, a los lados del camino, debajo de plaids blancos de escarcha, la nieve se puso de pie y tenía hombres dentro. Diez. Once. Lanzas, hachas, una cara estrecha de hacha delante de todas. Dùghall.
No pensó. Se volvió buscándola a ella, con la espada arriba, para ponerla a su espalda.
Ella no estaba a su espalda. Estaba junto a la piedra grande, inmóvil.
El primero le llegó por la izquierda y él le apartó la lanza y le dio con el pomo en la cara.
El segundo rodó por la nieve con la pierna doblada, y el tercero se echó atrás con la mano en el brazo.
Era mejor que todos ellos. Lo sabía sin pensarlo, con las muñecas.
Pero eran once, y el brazo del lobo le ardía, y la nieve le llegaba a la rodilla, y cada vez que paraba un golpe había otro detrás.
—¡Corre!
La voz de ella. Rota. Por encima del hierro.
Se volvió. La luna le dio de lleno en la cara a Marsaili, y Diarmad la vio.
Sabía lo que estaba pasando. Lo había sabido todo el camino. En aquella cara no había sorpresa. Había otra cosa, mucho peor.
Algo le reventó en la nuca.
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El suelo vino hacia él muy deprisa. Tenía nieve en la boca. No sentía las manos. Veía de lado: botas, la piedra grande, las rodillas de ella.
Y las cosas se le colocaron solas. «Tres. Quizá cuatro.» La mano que temblaba. El arroyo. «Si te digo que te vayas.» El poni con su bulto, subiendo despacio para que él saliera de la sombra.
Unas botas buenas se pararon delante de su cara. Un perro negro le olió el pelo.
—Buenas noches, MacKerron —dijo una voz cálida—. Te estábamos esperando.
Era su frase. La de Samhain, en el vado. Se la había dicho él a ella, encantado de sí mismo, con veinte antorchas en las lomas. Quiso reírse. No le salió.
Tormod se agachó y recogió la espada de la nieve. La giró a la luz de la luna, mirando las piedras.
—Bonita. Pesa demasiado para lo que corta.
—Dame a Ailean.
La voz de Marsaili. Muy cerca. Muy entera.
—Mañana, Marsaili. Cuando el MacKerron haya hablado.
—Me lo prometiste.
—Te prometí que dormiría contigo. Y dormirá. No he dicho qué noche.
Diarmad vio las botas de ella echar a correr hacia el poni. Vio a dos hombres cortarle el paso, agarrarla de los brazos, y la vio revolverse como una yegua sin domar. La empujaron. Oyó el golpe de su cuerpo contra la piedra grande, un ruido sordo, y un quejido que ella se tragó enseguida.
—Basta.
Tormod no levantó la voz. No la levantaba nunca.
—No te hago daño porque vas a ser mía —le dijo a ella, con mucha dulzura—. No tientes.
Intentó levantar la cabeza. Quería mirarla una vez más, y no sabía para qué.
La nieve se volvió negra.
• • •
Despertó de frío.
Estaba boca abajo en la nieve, con las muñecas atadas a la espalda y la cabeza llena de agua hirviendo.
Había antorchas. Hombres que se movían, que ataban a sus heridos, que se reían bajo.
Un poni resoplaba en algún sitio. Alguien dijo «abajo, a la garganta», y las antorchas empezaron a ponerse en fila.
No estaba la espada. No estaba ella.
Entonces, desde arriba, desde la loma oscura, llegó un grito.
—¡Diarmad!
El monte se lo devolvió. Diarmad. Y otra vez, más lejos, más flojo. Diarmad.
Era la primera vez que le oía su nombre en la boca. Diecisiete días de MacKerron, de escupirle el apellido igual que un hueso de endrina, y lo decía ahora. Ahora, con la voz rota en dos.
Dos hombres lo levantaron por los brazos.
Diarmad apretó los dientes contra la nieve que le quedaba en la boca y no contestó.