Capítulo 29. El precio de Ailean
A casa de un ladrón no se entra con lo que es suyo, y Marsaili llevaba las cuentas de Tormod pegadas al pecho.
Se paró en la ladera, sobre la garganta de Allt Dubh, con el sol ya bajando. Abajo subía humo de turba y mugía una manada grande, de las que se reúnen para un viaje. Junto a un abedul tronchado, alguien había apilado tres piedras grises para marcar la senda.
Envolvió las tablillas en el trapo del queso del pabellón, que todavía olía a queso. Rascó la tierra helada con el cuchillo de su padre hasta que le dolieron las muñecas, metió el bulto bajo la piedra de abajo y echó nieve encima. Siete pasos hasta el tronco.
Un otoño entero de vacas de Strath Aird, cruz a cruz. Lo único que tenía contra Tormod aparte de su palabra, y la palabra de una proscrita valía lo que una boñiga en un vado.
Al enderezarse, miró atrás.
En la ladera de enfrente, muy lejos, entre el blanco y el negro de los pinos, había una mancha verde que no era un pino. Grande. Se paró cuando ella se paró.
—Tu clan está al sur, MacKerron —le dijo a la nieve.
No le hizo ninguna seña. Bajó hacia el humo.
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Los centinelas la vieron antes de que llegara a los abedules. Dos hombres con arcos y flechas de pluma azul, que no tensaron la cuerda. Uno se rio.
—El amo lleva tres días mandándonos a buscarte por todo el monte.
—Pues ya me habéis encontrado. Id a decírselo, que se alegre.
No hizo falta. Dùghall salió de entre las tiendas con su cara de hacha y se plantó delante.
—Brazos arriba. Orden del amo.
Marsaili levantó los brazos.
La registró sin prisa y sin ganas, como se palpa la ubre de una vaca que uno no piensa comprar.
Le quitó a Mordaz del cinto y el cuchillo de la vaina.
Le abrió el plaid, le pasó las manos por las costillas, por la espalda, por las piernas.
Le hizo quitarse las botas en la nieve y las sacudió boca abajo.
No le tocó la cara ni una vez. Eso daba más miedo que un bofetón: era un hombre que sabía exactamente dónde no pegar.
Volcó el zurrón. Cayeron el pedernal, una cuerda y un hueso de jamón de ciervo roído hasta el blanco.
—Vaya —dijo una voz cálida a su espalda—. Mi jamón.
Tormod venía del fondo del campamento con el manto azul y el perro negro pegado a la pierna. Sonreía como si ella hubiera llegado a cenar.
—Me han dicho que alguien ha visitado mi corral. Una muchacha que salta empalizadas y un boyero que habla como un obispo. —Cogió el hueso, lo miró con pena y se lo tiró a Gaoth—. Era un jamón muy bueno.
—Era.
—Me faltan más cosas que un jamón, Marsaili.
—Pues búscalas.
Dùghall negó con la cabeza: nada. Tormod la miró un momento largo, ladeando la cabeza. Se encogió de hombros.
—Devuélvele la espada y el cuchillo. Marsaili sin hierro se pone nerviosa, y nerviosa es peor.
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La llevó entre las tiendas. Al fondo de la garganta estaba la manada, cien cabezas o más, y entre las vacas un hombre que no era de allí, con la cara agrietada de sal, un aro de oro en la oreja y una capa de piel de foca. Les miraba los dientes a las terneras con dos dedos.
—Las birlinas llegaron a Loch nan Ròn con la luna —dijo Tormod, sin bajar la voz—. Este ha subido a mirar la que les llevo.
Se paró junto a una empalizada de estacas sin descortezar.
—Desde aquí —dijo—. No te acerques más, que muerde.
En medio del corral, en el barro helado, había un poste de aliso. Al pie del poste, sentado con las rodillas contra el pecho, un niño flaco. Tenía una correa de cuero del tobillo a una argolla. El remolino de la coronilla se le levantaba de punta, como siempre, y ninguna mano se lo había aplastado.
Atado de un pie, como un perro.
A Marsaili se le fue la sangre a las piernas, toda junta.
—Ha mordido a dos de mis hombres —dijo Tormod, con algo que parecía orgullo—. Tiene tu carácter.
—Suéltalo.
—Ven a mi tienda.
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Tenía un brasero de cobre y una piel de oso, y el perro se tumbó encima. Tormod le ofreció cerveza caliente. Ella no la cogió.
—Las vacas viejas —dijo—. Las de la cola de golondrina. Son de Cormac MacKerron. Salieron de Strath Aird la noche de la creach.
Él no lo negó.
—Son buenas criadoras.
—Guiaste a los del barón. Cobraste. Y después nos vendiste a los MacKerron para tapar lo primero.
—Te saqué del fuego, ¿no? —Lo dijo con mucha suavidad—. Te he dado de comer cuatro años. A ti, a tu hermano, a tu vieja de la lengua larga. ¿Quién te compraba las vacas cuando nadie más se atrevía?
—Te las vendía a mitad de precio.
—Vacas que robabas tú. Es un buen negocio, Marsaili, no lo estropees ahora por un poco de vergüenza.
Ella apretó el puño. Le faltaba la punta del meñique y se le notaba más cuando apretaba.
—¿Qué quieres?
—Lo que te pedí en Clach nam Fiann. —Se inclinó hacia el brasero y la luz le dio en los dientes—. Tráeme al MacKerron vivo al cruce de las Tres Piedras, esta noche, cuando salga la luna. Y Ailean duerme contigo.
—¿Y si no?
—Si no, mañana baja con la manada a Loch nan Ròn, y al alba del miércoles lo subo a la birlina de ese que has visto. —Bebió un sorbo—. Allí pagan bien por los niños. Los flacos aguantan mejor el remo que los gordos, dicen.
La tienda se quedó muy pequeña.
—Te doy el toro —dijo ella—. El blanco.
—Tu toro me odia. Y no quiero toros. Quiero al MacKerron, y vivo.
Un muerto no dice nada, y yo necesito que diga algunas cosas.
—Le sonrió—. Una cosa más. Que no lo sepa.
Que venga contigo creyendo lo que tú le cuentes.
Si llega sabiendo a qué viene, se lo veré en la cara antes de que abra la boca. Y el niño se va al agua.
—¿Y si no sé dónde está?
—Lo sabes. Gòrdan dice que dormís en la misma manta.
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Salió del campamento con la espada al cinto y nadie detrás. No hacía falta. Tormod sabía adónde iba a volver.
Subió la ladera con las piernas de madera y, por el camino, hizo lo único que sabía hacer cuando todo se le deshacía. Echó cuentas.
Ailean no se podía robar. Esa noche, no.
Veinte hombres, perros, antorchas, y aquel Gaoth que olía a una ladrona a media legua.
Pàdraig estaba a días de allí. La hueste disparaba a quien se acercara de noche.
Y una birlina con la vela tendida era una ternera perdida en el mar: no se rastrea, no se vuelve a ver.
Un hombre en un corral, en cambio, era una vaca en un corral. Y el hombre venía detrás de ella, solo, con una capa que se veía desde el Bealach.
Y Tormod lo quería vivo y hablando. Vivo quería decir tiempo. Ella ya lo había robado una vez delante de veinte antorchas, y se lo había llevado atado a la cola de un toro.
Lo vendería al salir la luna. Lo robaría antes de que cantara el gallo.
¿Y decírselo? ¿Pedirle que se dejara vender?
Lo había visto hacerse el borracho delante del pabellón: andaba como un abad en procesión y mentía peor.
Tormod le leería la cara a la primera antorcha.
Y si decía que no, bajaría solo a aquel campamento con su espada de piedras y su voz de testamento, y se moriría en el barro a diez pasos de su hermano.
Ella no tenía derecho a pedirle nada. No después del cuchillo.
El plan tenía sentido. Por eso se odió tanto, con la misma frialdad con que se marca a un ternero: rápido, limpio, sin mirar.
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Estaba sentado en una piedra de la loma, de espaldas al viento, con la capa verde llena de escarcha.
Se levantó al verla. Tenía la cara gris de cansancio y las dos puntas de la barba blancas de hielo, tiesas, apuntando cada una a un sitio.
—Tu clan está al sur —le dijo ella.
—Ya sé dónde está mi clan.
—Dijiste que ibas a por él.
—Dije muchas cosas. —Se miró las botas, y luego la miró a ella—. No pensaba dejarte ir sola. Ya sé que te odio. Es otra cosa.
Marsaili tragó saliva. Le pareció que tragaba una piedra del mojón.
—Ven —dijo—. Sé dónde está Ailean.