Capítulo 28. La tumba de Lachlan
Diarmad llevó el cuchillo de ella en el cinto durante un día entero y no se atrevió a tocarlo.
Salieron de la cueva a media mañana del domingo, a gatas por el túnel, a una luz que hacía daño. La ladera entera estaba blanca y lisa, sin una huella, sin un pájaro. El cielo era de un azul duro, recién lavado. Hacía tanto frío que el aire crujía al respirar.
Bajaron sin hablar.
Él iba delante. No lo decidió. Ella se quedó atrás al salir y él echó a andar, y así siguieron toda la jornada: él abriendo camino en la nieve hasta los muslos, ella pisando en sus huellas. Él no se volvía. Sabía que estaba allí por el ruido de la nieve y por nada más.
El cuchillo le pesaba en la cadera más que la espada.
• • •
No sabía lo que sentía. Esa era la verdad, y era una verdad humillante para un hombre que siempre lo había sabido todo de sí mismo.
Había rabia. Eso sí lo reconocía. Una rabia sorda, que le subía en oleadas y no encontraba dónde romper. Contra ella. Contra sí mismo. Contra Tormod, contra el fuego, contra la noche de septiembre en que todo se había torcido.
Había duelo. Lachlan otra vez, cuatro años después, muerto otra vez. Lachlan con su risa enorme, robando manzanas, metiéndole en el río de niño hasta la cintura y sacándolo cuando gritaba. Lachlan en el barro, junto a la puerta de la sala, con la garganta abierta de lado a lado.
Un cuchillo de hoja de sauce. Corta. Afilada hasta el hueso.
No quería pensarlo y lo pensaba. La mano de ella, la de los cuatro dedos y medio, con aquel cuchillo. La garganta de Lachlan. Se le revolvía el estómago y seguía andando.
Y estaba el juramento. «Juro sobre tu tumba que colgaré al que te mató.
» Lo había dicho de rodillas en San Maelrubha, con la tierra todavía blanda, con su madre detrás llorando sin ruido.
Cuatro años lo había llevado como se lleva una espada al costado: sin pensar en ella, pero sabiendo que estaba ahí.
Era lo único limpio que le quedaba de aquella noche.
Lo único recto. Él había quemado un valle por una mentira, pero aquel juramento era verdad.
Y ahora tenía cara. Y la cara era la de ella.
Eso era lo otro. Lo que no tenía nombre.
La sensación de que le habían robado otra vez.
Primero el toro. Después la dignidad, en la poza del vado.
Después la certeza, en un corral, delante de una vaca vieja.
Y ahora esto, lo último que creía suyo y limpio: su duelo, su juramento, la forma de su odio.
Y además, ella. La de la cueva. La que se le había dormido en el brazo. Eso también se lo habían robado, aunque no sabía si alguna vez había sido suyo.
Al anochecer encontraron una majada caída, tres paredes de piedra sin techo. Él quitó la nieve de un rincón con la capa. Ella se sentó en el otro rincón. Ninguno encendió fuego, porque no había con qué y porque ninguno lo propuso.
No durmió. La oyó a ella no dormir tampoco.
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Fue al alba del lunes, cuando ella se levantó para atarse las botas, cuando él habló por fin.
—Me besaste sabiéndolo.
Ella se quedó con los cordones en las manos.
—Sí.
—Dejaste que yo… —No le salió. Lo intentó otra vez—. Anoche no. La otra noche. Dejaste que te dijera lo que te dije.
—Te dejé tocarme sabiendo…
—Sabiendo que me lo ibas a decir al día siguiente.
—Sabiendo que no podía. —Ella se enderezó. Tenía la tira de su camisa todavía en la frente, sucia, y debajo los ojos hundidos de dos noches—. Por eso paré.
Él la miró. Recordó la rigidez, el «todavía no», la cabeza vuelta hacia el cuchillo en el banco de nieve. Lo recordó todo de golpe, con otra luz, igual que se ve el fondo de un río cuando baja el agua.
—Por eso lloraste.
Ella no apartó la vista.
—Por eso.
Diarmad apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.
Quería gritarle. Quería decirle que habría preferido saberlo en la cueva el primer día, en el corral, en la fuente, en cualquier momento antes de que ella se le metiera dentro.
Quería decirle que no sabía si la odiaba.
Quería decirle que había llorado él también, en la majada, sin ruido, de espaldas.
No le dijo nada de eso.
Se sacó el cuchillo del cinto y se lo tendió por el mango.
Ella no lo cogió.
—Es tuyo —dijo él—. No sé qué hacer con él.
—Juraste…
—Ya sé lo que juré.
Su voz retumbó en las tres paredes de la majada. Ella no se encogió. Él bajó la voz.
—Cógelo, Marsaili.
Era la primera vez que la llamaba así en todo el día. Ella también se dio cuenta. Cogió el cuchillo despacio y lo metió en la vaina sin mirarlo.
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El camino bajaba de la majada hasta un cruce, en el fondo de una cañada.
Un mojón de piedras y dos sendas abiertas en la nieve por algún pastor más madrugador que ellos.
Una iba hacia el sur, hacia los vados donde Sorcha había mandado a la hueste.
La otra hacia el este, hacia el pinar de Tom an Fhuarain y, más allá, la garganta de Allt Dubh.
Se pararon junto al mojón.
—Voy a la hueste —dijo él.
—Te dispararán.
—Puede.
—La orden es disparar al que se acerque.
—Al que se acerque de noche. Iré de día. Y a cara descubierta. —Se tocó la barba sucia, sin atusarla—. Me conocen. Si no me conocen, que me disparen. Un jefe al que no reconocen sus propios hombres ya está muerto de todas formas.
Ella sacó de debajo del plaid el fajo de tablillas atadas y se lo ofreció.
—Llévatelas.
Él negó.
—Si me disparan, las encontrarán en mi cuerpo, y llegarán a manos de Tormod antes que a las de mi madre. Quédatelas tú. Tú sabrás a quién enseñarlas.
Ella las guardó otra vez. Miró la senda del este. Tenía la cara cerrada y los ojos muy abiertos.
—Ailean está ahí —dijo.
—Lo sé.
—Voy a ir a por él.
—Lo sé.
Se quedaron un momento quietos. El aire crujía. Un cuervo pasó alto, en silencio, hacia el pinar.
Diarmad sintió que tenía que decir algo. Algo de jefe. Algo que cerrara aquello como se cierra un pacto, con palabras justas que no se rompieran después. No encontró ninguna. Encontró solo las que tenía.
—Ve a por tu hermano —dijo—. Yo voy a por mi clan.
Ella asintió una vez. Se dio la vuelta y echó a andar por la senda del este sin mirar atrás. La trenza negra, el mechón blanco, el plaid gastado. Las botas hundiéndose en la nieve hasta la rodilla.
Él la miró irse hasta que el pinar se la tragó.
• • •
Se quedó solo junto al mojón.
Se subió la manga hasta el codo. Puso la mano desnuda sobre la piedra helada, como la había puesto en la tierra de la tumba, cuatro años antes.
Cerró los ojos. Buscó las palabras. Las conocía de memoria.
Las había repetido cada aniversario en San Maelrubha, delante del padre Colmán, con la voz que le salía del pecho como una campana.
—Juro sobre tu tumba, Lachlan —dijo—, que colgaré…
Se detuvo.
Vio una mano de cuatro dedos y medio cavando una cueva en la nieve. Vio unos ojos grises en la luz de una vela, mirando un cuchillo. Vio a una muchacha de diecisiete años en una puerta en llamas.
—Que colgaré al que…
El viento levantó un polvo de nieve del mojón y se lo echó a la cara.
Abrió la boca otra vez. No salió nada.