Capítulo 27. El cuchillo de mi padre
El silencio la despertó, y esta vez no era el de la cueva.
Era el de fuera. El viento se había ido. Durante dos días y dos noches había aullado encima de sus cabezas sin parar, y ahora no había nada: ni aullido, ni silbido, ni el roce de la nieve contra la nieve. Solo una quietud enorme, como la de un establo cuando se ha muerto el último animal.
Por el agujero del techo entraba una luz nueva. Blanca, limpia. Las paredes de la cueva brillaban de un azul pálido de leche aguada.
Había amainado.
Marsaili estaba despierta del todo, con los ojos secos y escocidos, encajada contra el pecho de Diarmad bajo las dos mantas. Él tenía el brazo por encima de ella. Pesaba. Ella lo había agarrado con las dos manos en algún momento de la noche y todavía no lo había soltado.
Lo soltó. Uno a uno, los dedos.
Se sentó. Él abrió los ojos enseguida. No había dormido nada.
—Ha parado —dijo.
—Sí.
—Podemos salir.
—Sí.
Él se incorporó, se pasó la mano por la cara, buscó la capa. Estaba de buen humor. Se le notaba en los hombros, en la forma de estirarse, en cómo la miró de reojo, un poco tímido, con la cara de un muchacho la mañana después de su primera feria. A ella se le encogió algo por dentro hasta dolerle.
Cogió el cinto del banco de nieve, donde lo había dejado la noche anterior. Sacó el cuchillo de su vaina.
El mango de hueso estaba amarillo de años y liso de manos. Primero las de su abuelo. Luego las de su padre, que cortaba con él el pan en la mesa de la sala y lo limpiaba en la rodilla. Luego las suyas. La hoja era corta, gastada por las piedras de afilar hasta tener la forma de una hoja de sauce.
Se arrodilló delante de él y se lo puso en las manos.
Él lo cogió sin entender. Lo miró. La miró a ella.
—¿Qué es esto?
—Es el cuchillo de mi padre —dijo—. Tienes que saber de dónde viene la sangre que tiene.
• • •
Había ensayado las palabras toda la noche, entre lágrima y lágrima, con la cara apretada contra su brazo. Las había ordenado como se ordena un rebaño antes de un vado difícil: primero las mansas, las que no se asustan, y detrás las demás. Al llegar el momento no le salió ninguna en orden.
—La noche del fuego —dijo—. Tú estabas allí. Yo también.
Él no se movió.
—Mi padre ya había caído en el patio. Mis hermanos no sé dónde. Yo estaba en la sala con mi madre y con Ailean, que tenía cuatro años y gritaba. El techo ardía. Mi madre fue a la puerta para sacarnos.
Le temblaba la voz. La obligó a seguir.
—En la puerta había un MacKerron. Grande. Con una espada. Agarró a mi madre del brazo y tiró de ella hacia fuera, hacia el patio, hacia las espadas.
La vio. La vio otra vez como la veía cada noche desde hacía cuatro años: la silueta negra contra las llamas, la mano enorme en el brazo blanco de su madre, el grito de su madre. Y el cuchillo en su propia mano, que había cogido de la mesa sin saber que lo cogía.
—Yo tenía diecisiete años. Tenía este cuchillo. Y se lo clavé.
Él miraba el cuchillo. No a ella. Tenía las manos muy quietas alrededor del mango, los nudillos blancos, y ella pensó en todas las veces que lo había visto tocarse la barba, ponerse en jarras, mover las manos al hablar como si dirigiera una hueste. Ahora no se movían.
Se lo había clavado en el hombro. Por encima, entre el cuello y el brazo, hasta donde le dio la fuerza.
Recordaba la resistencia de la carne, peor que la de un ternero.
Recordaba el grito. Él había soltado a su madre y había caído hacia atrás, al barro, gritando, con la mano en el hombro y la sangre saliéndole entre los dedos.
Ella no había mirado más. Una mano la había agarrado del brazo, la mano de Tormod, y había tirado de ella y de Ailean hacia el fondo de la sala, hacia la puerta del establo, hacia el humo.
Su madre no los había seguido. Nunca supo por qué.
Y nunca supo más de aquel hombre. Solo que cayó, y que gritaba, y que había mucha sangre. Cuatro años creyendo que se había muerto de aquello. Cuatro años viéndolo caer cada noche.
Eso no se lo dijo. Se lo había guardado tanto tiempo que ya no sabía decirlo en voz alta.
—Cuando cayó —siguió—, alguien gritó un nombre. Otro de los vuestros. Lo gritó dos veces, desde el patio. Yo lo oí. Lo he oído todas las noches.
Se le cortó el aire. Lo recuperó.
—«Lachlan.»
El nombre se quedó flotando en la cueva, entre los dos, con el olor agrio de una vela recién apagada.
Diarmad levantó la cabeza muy despacio.
—Lo maté yo —dijo ella.
• • •
No dijo nada.
Eso fue lo peor. Ella había esperado un grito. Un golpe, quizá. Que se levantara y se golpeara la cabeza contra el techo de nieve y lo tirara encima de los dos. Había esperado cualquier cosa menos aquella cara. La cara de un hombre que mira el agua honda sin poder moverse.
—Lo supe el viernes —dijo ella, rápido, porque si se paraba no iba a poder seguir—. Cuando dijiste su nombre. Hasta entonces era un MacKerron sin cara. Un hombre grande en una puerta. No sabía que era tu hermano. No sabía que habías jurado. Y cuando lo dijiste…
Se le quebró. Respiró por la boca.
—Anoche te dije que no. Tú creíste que era por el fuego. Por mi madre. —Negó con la cabeza—. No era por el fuego. Era por esto. No podía dejarte… No podía dejar que me tocaras sin que lo supieras. Eso no se le hace a nadie. Ni a un MacKerron.
Pensó en el ganado. Era lo único que sabía pensar cuando todo lo demás se le deshacía. Una vaca con la pata mala no se vende tapándole la pezuña con barro. Se vende diciéndolo, o no se vende. Y ella no había querido venderse con barro en la pata.
—Juraste colgarlo —dijo—. Sobre su tumba. Lo dijiste aquí.
Se señaló el pecho, el sitio exacto donde iba la soga.
—Aquí está.
Diarmad bajó los ojos al cuchillo. Lo tenía en las dos manos, sobre las rodillas, igual que se sostiene una reliquia.
El mango amarillo. La hoja de sauce. Lo miró mucho rato.
Ella vio cómo se le movía la mandíbula, cómo se le tensaban los tendones del cuello, cómo se le iba la sangre de la cara poco a poco, hasta dejarle los labios grises.
Fuera, en la ladera, cayó un bloque de nieve de alguna rama, con un ruido sordo. Un cuervo graznó lejos, sobre el pinar, el primero en dos días. La vela, que ya no hacía falta, se consumía en su hueco de la pared con una llama derecha y pequeña.
Ella esperó. Se dio cuenta de que estaba esperando la soga, o el cuchillo, o el desprecio. Cualquiera de las tres cosas le habría parecido justa. Se quedó de rodillas delante de él, con las manos vacías sobre los muslos, y lo dejó mirar.
Cuando por fin levantó la cara, no tenía nada en ella. Ni rabia ni pena. Era una cara de piedra, de las que ponen en las tumbas de los jefes.
—Lo sabías —dijo. Tenía la voz muy baja, muy tranquila, y aquella tranquilidad era peor que cualquier grito—. Toda la noche lo sabías.