Capítulo 26. Lo que piden las manos
Diarmad había recibido muchas respuestas en su vida, pero ninguna tan larga como aquel silencio.
Duró lo que tardó la vela en gastar una uña de sebo. Ella seguía mirando sus manos entrelazadas, y él seguía con la pregunta colgando en el aire helado de la cueva, igual que un hombre que ha tirado una piedra a un pozo y no oye el agua.
Pensó en retirarla. En decir «olvídalo», con voz de jefe, y soltarle los dedos. Era lo digno. Era lo que habría hecho cualquier MacKerron con una pizca de orgullo.
No le soltó los dedos.
—No te he pedido nada —dijo, por fin—. Lo sé. No tengo derecho a pedirte nada. Te quemé la casa.
—Ya lo sé.
—Solo quería saber si cabía.
Ella levantó la vista. Tenía los ojos grises muy abiertos, con la llama dentro.
—¿Si cabía qué?
—Yo. En lo que quieres. —Se le atascó la voz y la desatascó a la fuerza—. Aunque sea en una esquina. Con las vacas.
Algo se le movió a ella en la cara. No era una sonrisa. Era la parte de antes de una sonrisa, la que todavía no ha decidido.
—Las vacas no te soportan.
—Tu toro no me soporta. Las vacas me tienen respeto.
—Las vacas te tienen lástima, MacKerron.
—Es una forma de respeto.
Ella se rio. Bajito, por la nariz, con la frente vendada y el pelo hecho un desastre. Y Diarmad, que había visto reír a muchas mujeres en muchos salones, pensó que no había visto nunca nada que le diera tanto miedo.
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—Voy a besarte —dijo—. Si no quieres, dímelo ahora.
—Llevas todo el día pidiéndome cosas. El cuchillo. Que te enseñe a coser.
—Esta es la última.
—Mentiroso.
—Sí.
Ella no se lo dijo. Le puso la mano libre en la cara, en la mejilla, donde la barba empezaba, y lo miró un momento, como se mira un vado antes de meter el caballo.
La besó él. Despacio al principio, con cuidado, porque se acordaba del primer beso en la majada, cuando los dos se habían echado atrás asustados.
Ella no se echó atrás. Le devolvió el beso con la boca fría y luego caliente, y le agarró la pechera de la camisa con el puño, y a Diarmad se le olvidó dónde estaba.
Se le olvidó el frío. Se le olvidaron Tormod, la hueste, la orden de disparar, el corral, la vaca vieja. Se le olvidó que él era el MacKerron y ella la MacCorrach y que entre los dos había un valle quemado.
Quedaron solo las dos mantas, la nieve azul alrededor y ella.
Ella se apartó un instante, sin aliento. Se desabrochó el cinto y lo dejó en el banco de nieve, a su espalda: el cuchillo de mango de hueso, la vaina. Él vio que lo dejaba lejos, fuera de la manta, como quien deja fuera de casa algo que no puede entrar. No entendió por qué. No le importó.
Ella volvió a buscarlo.
Fue distinto entonces. Más hondo. Con hambre.
Las manos de ella se le metieron bajo la camisa, por la espalda, heladas, y él dio un respingo que la hizo reír contra su boca.
Después las manos se calentaron. Le recorrieron las costillas, los hombros, la cicatriz vieja que tenía bajo el omóplato y que ella encontró sin buscarla, con la yema de los dedos, como se encuentra una marca en la oreja de una vaca.
Él le besó la mandíbula, el cuello, el sitio donde el pulso le latía como un pájaro atrapado. Ella olía a nieve y a humo y a sí misma. Se le había soltado la trenza y el pelo negro se le derramaba por encima de los dos, frío por fuera, caliente por dentro.
Diarmad la miraba entre beso y beso y no se lo creía.
La mujer que le había robado el toro. La que lo había sacado del agua dos veces.
La que había cavado aquella casa con un cuchillo y una corteza de pino.
La tenía debajo de su capa verde, con los labios hinchados y los ojos grises medio cerrados, y le parecía algo que no había hecho nada para merecer.
Algo que se roba. Algo que, si uno se lo queda, lo cuelgan.
Le puso la mano en la cintura, bajo la lana, en la piel.
Y se detuvo.
No se apartó. Se quedó quieto, con la frente contra la de ella y la respiración rota.
—Dime —dijo, muy bajo—. ¿Quieres esto?
Ella tardó en contestar. La tenía tan cerca que le sentía el corazón.
—Sí.
Él la besó otra vez. Ella le devolvió el beso. Le pasó los brazos por el cuello y lo atrajo hacia sí, y durante un momento no hubo nada más en el mundo.
Después notó cómo se ponía rígida entre sus brazos. No de golpe. Poco a poco, igual que se hiela un charco.
—No —dijo ella.
Diarmad se quedó inmóvil.
—No. Todavía no. —Le temblaba la voz—. Todavía no, MacKerron. Lo siento.
Él retiró la mano de su cintura enseguida y la dejó sobre la manta, a la vista, donde ella pudiera verla.
—No lo sientas.
—No es que no…
—No tienes que explicarme nada.
Ella giró la cabeza hacia el banco de nieve. Hacia el cinto, el cuchillo, la vaina. Lo miró un momento largo, como si allí estuviera la respuesta. Después cerró los ojos.
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Durmieron abrazados. O ella durmió, o hizo como que dormía, de espaldas a él, encajada contra su pecho bajo las dos mantas. Él le pasó el brazo por encima y ella se lo agarró con las dos manos, igual que una niña agarra una cuerda.
Diarmad se quedó despierto, mirando la llama.
Lo supo entonces con una claridad que le dio vértigo.
No era el frío ni la cueva ni los días de huida.
No era deseo, o no era solo eso. Estaba enamorado de ella.
De la ladrona. De la MacCorrach. De su boca sucia y sus manos de cuatro dedos y medio y la forma en que lo llamaba MacKerron con el mismo tono con que se escupe un hueso de endrina.
Y tenía miedo. Más que en la poza del vado. Más que en el río crecido.
«Todavía no.» Lo entendía. Claro que lo entendía.
Él había quemado su casa. Su madre había muerto en aquel fuego, sus hermanos, su padre.
Él había abierto los ojos el jueves, en un corral, delante de una vaca vieja.
Ella llevaba cuatro años con los ojos abiertos, y aquello no se olvidaba en una cueva por mucho que dos bocas se buscaran.
Cómo iba a dejarse tocar del todo por las manos que habían dado la orden.
Le pareció justo. Le dolió igual.
Esperaría. Esperaría lo que hiciera falta. Hasta Glen Corrach con techo, si era eso. Hasta la vejez.
La vela se puso azul y él metió el palo por el agujero del techo, con cuidado de no despertarla, hasta que entró aire.
Fue de madrugada, con la llama ya muy baja, cuando la sintió llorar.
No hacía ruido. Ni un sollozo. Solo le temblaban los hombros, a sacudidas pequeñas y regulares, y de vez en cuando se le cortaba la respiración. Le caía algo caliente en el brazo, donde ella lo tenía apretado contra la cara.
Creía que él dormía.
Diarmad no se movió. No dijo su nombre. No preguntó. Se quedó con los ojos abiertos en la oscuridad azul de la nieve y la apretó más fuerte contra su pecho, despacio, hasta que ya no cupo nada entre los dos.