TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 25. Nieve sobre la puerta
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Capítulo 25. Nieve sobre la puerta

Marsaili se despertó porque la vela se estaba ahogando.

No se había apagado. Seguía allí, en su hueco de la pared, pero la llama se había encogido hasta quedar del tamaño de una lenteja, azul en la base, y temblaba sin que hubiera viento. Le pesaba la cabeza. El aire sabía a lana vieja y a aliento.

Se incorporó de un tirón.

—MacKerron. Arriba.

Él gruñó algo desde dentro de la capa. Ella ya estaba a gatas en el túnel. Donde la noche anterior había una boca gris, ahora había una pared blanca, lisa y dura como el yeso. La nieve les había tapiado la puerta mientras dormían.

—¿Qué pasa? —Diarmad asomó detrás de ella, con la barba aplastada de un lado y los ojos hinchados.

—Que nos estamos quedando sin aire. Cava.

—¿Con qué?

—Con las manos que Dios te dio. Y deprisa.

Cavaron los dos. Ella con el cuchillo, él con los dedos, que eran grandes como palas y por una vez sirvieron para algo.

La nieve nueva era blanda por encima y prieta por debajo.

Tardaron mucho más de lo que a ella le gustó.

Cuando por fin atravesaron, entró un chorro de aire helado y una luz gris de mediodía, y los dos se quedaron tumbados en el túnel, respirando como peces fuera del agua.

La vela, detrás de ellos, volvió a crecer.

—¿Esto pasa a menudo? —preguntó él.

—Solo si te mueres.

—Ah. Entonces poco.

Fuera la ventisca seguía. Ella metió un palo largo por el agujero del techo, que también se había tapado, y lo dejó clavado.

—Cada vez que la llama se ponga azul —dijo—, me despiertas.

—¿Y si me duermo yo también?

—Entonces nos despertará Tormod al deshielo. Con mucha pena.

• • •

Fue un día largo y raro.

Marsaili había pasado inviernos enteros en chozas de brezo con treinta personas y una sola olla. Diarmad, por lo que fue descubriendo, no había pasado un solo día de su vida sin que alguien le encendiera el fuego.

Intentó derretir nieve en las manos, como la había visto hacer a ella, y se quejó de que le dolían las palmas.

Intentó coser el desgarrón de su capa con una espina de pino y se pinchó tres veces, todas con un solemne «por todos los santos».

Cuando le tocó repartir el queso, lo cortó en dos trozos idénticos con una precisión de juez y le dio a ella el que, según él, era más grande.

—¿Quién te hacía estas cosas? —preguntó Marsaili.

—Neachdan. Mi madre. Las mujeres de la cocina. Un hombre que solo se ocupaba de los perros.

—¿Y tú qué hacías?

—Mandar.

—¿Todo el día?

—Mandar cansa mucho —dijo él, ofendido—. Y tú no sabrías hacerlo en un salón.

—Mando a treinta personas.

—En un salón, he dicho. —Se enderezó todo lo que le dejó el techo—. Delante de la fine. A ver. Entra un jefe vecino. ¿Qué haces?

—Le miro las vacas.

—No. Te levantas, le das la copa con las dos manos, le dices «sé bienvenido a esta casa».

—¿Y después le miro las vacas?

Él suspiró igual que un hombre que intenta enseñar a leer a un perro.

Se rio sin querer. Le salió de algún sitio que tenía cerrado desde la noche anterior, desde que él había dicho «Lachlan» con aquella voz, y la risa se le quedó en la garganta y se le volvió otra cosa. Se volvió hacia la pared.

Lachlan. Por la noche, en la oscuridad, él le había contestado.

«Grande. Escandaloso. Robaba manzanas y me echaba la culpa.

Me enseñó a no tener miedo de nada, menos del agua.

» Y después se había reído bajito, con el cariño de los hermanos, y ella había tenido que clavarse las uñas en la palma para no gritar.

Tenía el cuchillo al cinto. Pesaba como una piedra de molino.

• • •

A media tarde él cogió el cuchillo.

No se lo quitó. Se lo pidió, alargando la mano, con toda naturalidad.

—Préstamelo.

—¿Para qué?

—Para afeitarme. —Se tocó la barba, que se había convertido en un nido helado de barro seco y pelos tiesos—. Si mañana o pasado me presento ante mi hueste, quiero estar presentable. Un jefe no aparece delante de doscientos hombres con esta cosa.

—No.

Le salió demasiado rápido y demasiado fuerte. Él levantó las cejas.

—Te lo devolveré.

—Con ese no.

Puso la mano encima del mango de hueso. Él se quedó mirando la mano.

—Es un cuchillo —dijo despacio.

—Es el de mi padre. —Tragó—. Y además, no. Si te quitas eso, te pareces a alguien.

—Me parezco a mí.

—Por eso.

No supo explicarlo mejor. Con la barba de dos puntas era el MacKerron, la capa verde y la voz de testamento, el hombre al que podía odiar desde lejos. Sin ella sería solo un hombre con una cara, sentado en una cueva de nieve, mirándola de aquella manera. Y no estaba preparada para la cara.

Él la miró un rato largo. Luego bajó la mano.

—Como quieras —dijo—. Me presentaré como un oso. Que se asusten.

• • •

Comieron el jamón de ciervo de Tormod, que estaba bueno, y eso la enfadó.

Se sentaron envueltos en las dos mantas, hombro con hombro, porque no había otra forma.

Al principio con cuidado. Luego sin cuidado, porque el frío no respetaba nada.

Ella tenía la mano derecha, la del meñique corto, encima de la rodilla, y él puso la suya al lado.

No encima. Al lado. Los nudillos se tocaban.

Ninguno de los dos movió la mano en mucho tiempo. Fuera, el viento cambiaba de tono, subía, bajaba, y dentro solo se oía el chisporroteo del sebo y la respiración de él, más lenta que la suya, más profunda, como si incluso respirando tuviera que demostrar que era el jefe.

Ella notaba su calor a través de la lana. Su olor, que era de barro, de humo de vela y de algo más debajo que era solo suyo. La forma en que se le quedaban quietos los dedos cuando ella se movía, igual que se queda quieto un caballo que no quiere asustar a otro.

«Díselo», pensó. «Díselo ahora, antes de que la mano te traicione.»

No se lo dijo.

—Mi padre murió con la cabeza en las rodillas de Ailsa —dijo él de pronto, mirando la llama—. Mi hermana mayor. Llegó la primera al patio y se sentó en el barro con él. Dice que no habló. Que solo la miraba, como si le diera rabia irse antes de comer.

—¿Y tu madre?

—Mi madre no lloró. Ni en el entierro ni después. Aquel invierno empezó a cortarme la carne en la mesa. —Sonrió apenas—. Un día, sin más. Cogió mi plato y se puso a cortar. Yo tenía veintisiete años. Le pregunté por qué y me dijo: «Para tener algo que hacer con las manos».

Marsaili sintió que algo le apretaba la garganta.

—Y la dejaste.

—Es mi madre.

La mano de él se movió entonces, poco, y se le metió entre los dedos. Los cuatro dedos y medio. No preguntó. Ella tampoco apartó la suya.

Afuera, el viento aullaba encima de la cueva como un perro al que no dejan entrar.

—¿Qué quieres cuando acabe todo? —preguntó él.

Ella no tuvo que pensarlo.

—Volver a Glen Corrach. Plantar algo que no se queme.

Él tardó en hablar. Cuando lo hizo, la voz de testamento había desaparecido. Quedaba solo la voz de un hombre.

—¿Y conmigo?

La vela crepitó.

Marsaili miró sus dedos entrelazados, los de él tan grandes, los suyos con la punta que faltaba, y el cuchillo de su padre en el cinto, a dos dedos de las dos manos.

No contestó.