TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 24. La cueva de nieve
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Capítulo 24. La cueva de nieve

Al amanecer del viernes, la montaña había desaparecido.

No quedaba arriba ni abajo. Quedaba un blanco que se movía, que aullaba y que se le metía a Diarmad por la nariz, por las mangas y por debajo de los párpados.

Habían dejado el abrigo de la roca antes del alba, porque la nieve entraba de lado y los estaba enterrando vivos, y ahora avanzaban por la ladera pelada sin ver dónde ponían los pies.

Delante, a dos pasos, la ladrona era una sombra con una trenza. Él la seguía agarrado a la cuerda de ganado que ella le había atado a la cintura. «Para no perderte», le había dicho. «O para perderte a propósito. Ya veré.»

Ella se paró de repente y él se le echó encima.

—Aquí.

—¿Aquí qué?

Le señaló algo que él no veía. Una joroba larga y lisa en la ladera, donde el viento había amontonado nieve contra una peña hasta formar una ola parada, más alta que un hombre.

—Un ventisquero. Prieto. —Le dio una patada y la nieve no cedió—. Aquí dormimos.

—¿Dentro?

—¿Prefieres encima?

Sacó del cinto el cuchillo de mango de hueso y se puso a cavar.

• • •

Diarmad había visto levantar torres, empalizadas y graneros. Nunca había visto a nadie construir una casa tan deprisa con tan poco.

Ella cortaba la nieve en bloques con el cuchillo y los sacaba con las manos y con un trozo de corteza de pino que había cogido en el bosque sin que él se diera cuenta. Cavó primero un túnel bajo, que subía en cuesta. Luego, al final del túnel, empezó a vaciar una cámara redonda, hacia arriba.

—La entrada, más baja que el suelo —le explicó sin volverse, entre jadeos—. El frío baja, como el agua. Se queda en el túnel y no sube.

—¿Quién te ha enseñado esto?

—Mi padre. Y una tormenta que casi me mata.

Siguió cavando.

—Tú —dijo después—, quieto ahí. Saca lo que yo te pase. No entres.

—Puedo ayudar.

—Pesas lo que una vaca preñada. Si te apoyas donde no es, se nos cae el techo.

Él se quedó fuera, de rodillas en la boca del túnel, recibiendo bloques de nieve y echándolos ladera abajo. Lo hizo con toda la dignidad que pudo. Tenía la barba helada, las cejas blancas y los dedos sin sensibilidad.

—En Dùn Àird —dijo, para no pensar en los dedos— tengo un salón con doce vigas de roble.

—¿Y dónde está?

—En Dùn Àird.

—Pues mira qué bien te viene.

Al cabo de un tiempo que no supo medir, ella asomó la cabeza por el túnel, blanca de los pies a la cabeza, con la tira de su camisa todavía atada en la frente.

—Pasa. Con cuidado. Y, si se cae, no grites. Gastas aire.

—¿Y si se cae?

—Entonces nos enterramos juntos y le ahorramos el trabajo a Tormod.

Él entró a gatas.

• • •

Dentro había silencio.

Fue lo primero que lo golpeó. Fuera, el mundo entero era un rugido. Dentro, nada. Un silencio redondo, azul, de iglesia vacía, donde se oía la respiración de los dos y el roce de la lana contra la nieve.

La cámara era más grande de lo que había esperado. Podían sentarse sin tocar el techo si inclinaban la cabeza. Ella había dejado un banco de nieve alrededor, más alto que el túnel, y había hecho un agujero en el techo con un palo para que entrara el aire.

Sacó del saco la vela de sebo, la clavó en un hueco de la pared y la encendió con el pedernal a la tercera. La llama tembló y se quedó quieta. La nieve se volvió de oro.

—Es la vela de Tormod —dijo Diarmad.

—Ahora es mía.

Extendieron el plaid de ella en el banco y la capa verde encima. Se sentaron envueltos en las dos mantas, hombro con hombro, con las rodillas dobladas. Hacía frío. Un frío quieto, sin viento, que ya no mordía. Esperaba.

—¿Cuánto? —preguntó él.

Ella escuchó el aullido, lejos, encima de sus cabezas.

—Dos días. Puede que tres.

Diarmad miró la llama un rato largo.

Sabía lo que tenía que hacer. Lo sabía desde el corral, desde la nieve, desde que se arrodilló. Un hombre no pide perdón por la mitad de una cosa.

—Quiero contarte lo de Glen Corrach —dijo—. Entero.

Notó cómo se ponía rígida a su lado.

—Ya sé lo de Glen Corrach. Estaba allí.

—Sabes lo tuyo. Lo mío no lo sabe nadie.

Ella no dijo que no. Él se lo tomó como un sí.

Se lo contó en orden, porque era la única forma de contarlo sin que se le deshiciera en la boca.

El mensajero de agosto, con el caballo reventado.

Su padre, que no volvería. Sesenta vacas de menos, siete hombres muertos y un rastro de mantos y un puñal que no era de nadie.

Las semanas de no dormir. Y en septiembre, Tormod en la puerta de Dùn Àird, con su manto azul y sus dientes blancos, diciendo «fueron los míos, y me avergüenzo».

—Tenía la voz de un hombre honrado —dijo—. Me pareció valiente. Un MacCorrach que entregaba a los suyos por justicia. Le di la mano.

La llama se inclinó. Él siguió.

—Fuimos de noche. Él se quedó atrás, con la capucha puesta. Yo dije «quemadlo». Esa palabra la dije yo. No dije «matadlos». No dije nada de las mujeres. —Tragó saliva—. Pero el jefe era yo. Y el fuego no sabe lo que dijo el jefe.

Ella no lo miraba. Miraba sus propias manos.

—Al amanecer busqué a mis hombres. Faltaba uno. Lachlan.

La sintió quedarse sin aire a su lado. Tan quieta que creyó que se había dormido. Se volvió: tenía la cara del color de la nieve, sin sangre, con los ojos grises clavados en la llama.

Él pensó que era el fuego. Que la había hecho volver a aquella noche.

—Era mi hermano de leche —siguió, más bajo—. El hijo de mi nodriza. Dormimos en la misma cuna. Lo encontré en el barro, junto a la puerta de la sala que ardía. Muerto.

No dijo más. En la cabeza lo veía igual que entonces, a la luz de las brasas: Lachlan de espaldas, con los ojos abiertos y la garganta abierta, un tajo limpio de lado a lado. Degollado como un cordero. Eso no lo había dicho nunca en voz alta. No iba a decirlo ahora.

—Me arrodillé en su tumba, en San Maelrubha —dijo—, y juré que colgaría al que lo mató.

Ella cerró los ojos.

El silencio de la cueva se hizo tan grande que Diarmad oyó caer una gota de sebo.

• • •

Fue ella la que se movió primero. Sin decir nada, le cogió el brazo derecho y le subió la manga.

La venda del lobo estaba sucia, tiesa de sangre vieja y de agua del arroyo. Se la soltó con cuidado, vuelta a vuelta. Debajo, los agujeros de los colmillos se habían cerrado en costras moradas. La carne de alrededor estaba caliente, pero no hinchada.

—Está limpio —dijo ella, en voz baja.

Calentó nieve en la mano, encima de la llama, hasta que goteó, y le lavó las costras con los dedos.

Despacio. Le faltaba la punta del meñique y lo compensaba con el pulgar, como una costurera que trabaja con una aguja rota.

Le arrancó otra tira a su propia camisa, porque la de él ya no daba más de sí, y le vendó el brazo de nuevo.

Diarmad la miraba hacer. La tira de la frente se le había manchado de rojo oscuro. El mechón blanco se le había soltado de la trenza y le caía sobre la venda. Tenía las manos heladas y no le temblaban.

Él no recordaba cuándo lo había tocado alguien con tanto cuidado. Su madre no contaba. Su madre le cortaba la carne, que era otra cosa.

Ella anudó la venda y no le soltó la muñeca.

—¿MacKerron?

Le salió una voz rara. Baja, áspera, como si le costara pasar por la garganta.

—Dime.

—¿Cómo era Lachlan?