TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 23. Ceniza en la boca
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Capítulo 23. Ceniza en la boca

Los guardias volvieron sin ternera y con muy mal humor.

Marsaili los oyó antes de verlos: dos voces que discutían en el pinar, cada vez más cerca, y el chasquido de las ramas bajo unos pies que ya no tenían ganas de esconderse.

—… te digo que era un boyero.

—Un boyero que hablaba como un obispo.

—Los hay.

—¡No hay ninguno!

El MacKerron seguía de rodillas en el barro, con la mano en el cuello de la vaca azulada. No se movía. Marsaili lo agarró del brazo y tiró. Fue como tirar de un buey dormido.

—Arriba.

No reaccionó.

—Arriba, o te dejo aquí con tu vaca y que te ordeñen.

Eso sí lo oyó. Se levantó tambaleándose de verdad, esta vez sin fingir, y la siguió a ciegas por detrás del establo. La puerta de la empalizada chirrió al otro lado del patio. El perro viejo, que no había ladrado en toda la tarde, eligió aquel momento para acordarse de que era perro.

Tiró el saco por encima de las estacas. Trepó a la pila de leña. Saltó.

Algo le mordió la frente en el aire. Una punta de estaca, astillada, que no había visto. Cayó del otro lado en la pinaza con un calor húmedo bajándole por la ceja y, al instante, el ojo izquierdo lleno de sangre.

Diarmad cayó a su lado con un ruido de saco de nabos.

—¡Allí! ¡Por la leña!

Corrieron.

• • •

El pinar era viejo y oscuro, con los troncos muy separados y el suelo blando de agujas. Bueno para correr, malo para esconderse. Detrás, la tea de los guardias saltaba entre los árboles como una luciérnaga furiosa. Una flecha se clavó en un tronco a dos pasos, más por rabia que por puntería.

Marsaili corría con un ojo. Con el otro veía rojo.

Oyó el arroyo antes de verlo y torció hacia allí. Bajaba de la ladera entre piedras, poco hondo, rápido y helado. Se metió en él hasta los tobillos y echó a andar corriente arriba, sin salpicar, pisando piedra.

Detrás, Diarmad se detuvo en la orilla.

Fue solo un instante. Ella lo notó igual: el cuerpo grande parado en seco, el agua negra a sus pies. Después él se metió en el arroyo detrás de ella.

—Me llega al tobillo —anunció, en voz muy baja y muy digna—. Lo digo para que conste.

—Que conste.

Subieron por el agua un largo trecho. Las voces se quedaron en la orilla, donde acababan las huellas. Las oyeron discutir otra vez, ahora sobre si un hombre borracho puede correr tanto. Ganó el que decía que no, y la tea dio media vuelta hacia la empalizada.

Salieron del arroyo en una pedrera, donde no quedaban huellas. Treparon hasta un abrigo bajo una roca, con un pino caído delante, y Marsaili se dejó caer contra la piedra.

Diarmad se arrancó una tira del bajo de la camisa. Se arrodilló delante de ella y le limpió la sangre del ojo con el pulgar, con una torpeza enorme y mucho cuidado, y le ató la tira alrededor de la frente.

—Es poca cosa —dijo—. Las heridas de la cabeza sangran como si fueran a matarte. Luego no matan.

—Lo sé.

—Te quedará marca.

—Una más.

Él terminó el nudo. Se quedó de rodillas, mirándola.

Y entonces le llegó.

• • •

No como llegan las cosas que se piensan. Le llegó como el agua de un deshielo, todo junto.

La mano de Tormod en su brazo, cuatro años atrás, entre el humo.

El tirón que la sacó de la puerta de la sala.

Su voz en el oído: «Ya está, ya está, te tengo».

Ailean llorando contra su pecho. El manto azul de Tormod oliendo a quemado.

Y después, tantas veces, aquella misma voz: «Te saqué del fuego, Marsaili.

No lo olvides». Ella no lo había olvidado nunca.

Le había vendido vacas a mitad de precio por no olvidarlo.

Le había dado las gracias por el grano, por la plata, por cada mirada.

Tormod no había ido a Strath Aird a jurar su inocencia. Había ido a venderlos. Igual que había vendido el camino a los normandos. Igual que vendía las vacas a los isleños.

No la había salvado. La había cosechado.

Le subió algo desde el estómago que no era vómito y se le parecía mucho.

—Me sacó del fuego —dijo, y le salió una voz que no era suya— que encendió él.

Diarmad no se movió.

—Cuatro años —siguió ella—. Cuatro años dándole las gracias. Cuando el grano no llegaba, pensaba: «Tormod vendrá». Y venía. Y yo me sentía en deuda hasta con el aire que respiraba. —Se rio, una risa fea—. Le daba tus vacas a buen precio, MacKerron. A muy buen precio. Por gratitud.

—Marsaili.

—Y tiene a Ailean.

Lo dijo y ya no pudo decir nada más durante un rato. Se apretó las rodillas contra el pecho. El mechón de pelo suelto se le pegaba a la sangre de la frente.

Él le tendió la mano. Ella se la apartó de un golpe.

—Y tú le creíste.

Diarmad bajó la mano.

—Llegó un hombre a tu puerta —dijo ella, y la rabia le subía ahora limpia, fría, más fácil que lo otro—, un hombre al que no conocías, y te dijo «fueron esos», y tú cogiste antorchas.

No preguntaste. No mandaste a nadie a mirar.

No subiste a Glen Corrach a hablar con mi padre, que te habría recibido en su mesa. Te bastó con su palabra.

—Sí.

—Te bastó con que te diera a alguien a quien odiar.

—Sí.

—¡Deja de decir que sí!

—Es lo único que puedo decir que sea verdad.

Ella se levantó. Él también. Había empezado a nevar sin que se dieran cuenta, copos sueltos y gordos que se posaban en la capa verde, en el barro seco de su barba, en las pestañas.

Y Diarmad MacKerron se arrodilló.

No como se había arrodillado en el corral, derrumbado. Se arrodilló a propósito, en la nieve recién caída, con las dos rodillas, despacio, con la espalda recta. Un hombre que no se había arrodillado ante nadie más que ante Dios y ante la tumba de su padre.

—Te pido perdón —dijo—. Por tu madre. Por tu padre. Por tus hermanos. Por cada tejado. No tengo nada que lo pague. No hay eraic para esto. Pero te lo pido igual.

Marsaili lo miró desde arriba.

El jefe de Strath Aird, con el barro en la barba y la nieve en los hombros, de rodillas en una ladera perdida delante de una ladrona. La voz de testamento se le había quebrado en «tejado». Tenía los ojos claros llenos de algo que ella no quería ver.

Y algo se le rompió dentro, en un sitio que creía de piedra. No se rompió hacia el perdón. Se rompió hacia otro lado que no tenía nombre.

—No me pidas eso —dijo—. Todavía no.

Él asintió. No se levantó.

—Levántate, MacKerron.

—Cuando tú me lo digas de verdad.

—Te lo estoy diciendo.

—No con esa voz.

Se le escapó algo parecido a una carcajada, rota y húmeda, y se tapó la boca. Él seguía allí, de rodillas, tozudo como un buey, esperando.

—Levántate —repitió, más bajo—. Que se te mojan las rodillas, y luego te quejarás toda la noche.

Él se levantó.

Se quedaron uno frente al otro sin tocarse. La nieve caía más deprisa. Ya no eran copos sueltos: era una cortina que venía de lado, del noroeste, y hacía desaparecer el pinar a veinte pasos, después a diez.

Marsaili levantó la cara y olió el aire. Conocía aquel olor. Hierro y vacío.

El viento empezó a aullar en las copas.

—Ventisca —dijo.