Capítulo 22. Cola de golondrina
Para hacerse el borracho, el jefe de los MacKerron necesitó que una ladrona le enseñara a tambalearse.
—Así no —dijo Marsaili, agachada tras un pino—. Pareces un abad en una procesión.
—Estoy cojeando.
—Estás desfilando. Los borrachos no se caen, MacKerron. Lo intentan y no les sale. —Cogió un puñado de barro del borde del arroyo y se lo acercó a la cara—. Y esto también.
Diarmad retrocedió un paso.
—Ni hablar.
—Llevas la barba como un obispo. Ningún boyero del mundo se peina así.
—Me la peinó Neachdan.
—Hace trece días.
—Se nota todavía. Eso es oficio.
Ella le untó el barro en la barba anudada, en la mejilla y en la capa, con la paciencia con que se embadurna una ubre agrietada, y él lo soportó mirando al cielo.
La empalizada de Tom an Fhuarain asomaba entre los troncos, a cincuenta pasos: estacas de pino afiladas, más altas que un hombre, y una puerta de tablones.
Delante, dos guardias se calentaban las manos en un brasero.
Uno era gordo y tenía cara de haber nacido aburrido.
El otro era un muchacho con un arco. A sus pies dormía un perro tan viejo que ya no se molestaba en levantar las orejas.
—La ternera —le recordó ella—. Sin marca. Blanca, con una mancha en el anca. La has perdido y no la encuentras. Al que la encuentre se la regalas.
—Yo no regalo nada a los hombres de ese.
—Hoy sí. Y no hables como si leyeras un testamento.
—Yo hablo así.
—Pues hoy hablas peor.
• • •
Salió del pinar cantando.
No sabía ninguna canción de borracho, así que cantó una de cosecha, a pleno pulmón y desafinando con convicción. Tropezó con una raíz de verdad, lo cual ayudó mucho.
Los guardias se levantaron. El muchacho tensó el arco a medias.
—¿Quién va?
Diarmad se detuvo, se balanceó con dignidad y señaló al gordo con un dedo solemne.
—Busco una ternera.
—Aquí no hay terneras.
—Eso dice todo el mundo. —Bajó la voz, confidencial—. Blanca. Con una mancha aquí. —Se dio una palmada en la cadera y casi se cae, esta vez sin querer—. Sin marca. Joven y gorda. Se me ha escapado en el pinar y yo ya no veo los pinos. Veo dos de cada.
—¿Sin marca?
—Sin ninguna. —Diarmad se llevó la mano al pecho—. Os lo juro por… por lo que queráis. El que la coja, que se la quede. Yo me vuelvo a la feria a morirme tranquilo.
—La feria fue el martes.
—Por eso tengo tanta prisa.
El gordo se rascó la tripa. Diarmad vio con enorme satisfacción cómo la codicia le subía por la cara, igual que el agua por un trapo.
—El amo dice que no nos movamos de aquí.
—El amo —dijo el muchacho, con rencor— nos paga en plata recortada mientras la buena la guarda donde no va nadie.
—¿Y dónde no va nadie? —preguntó Diarmad, mirando el cielo, distraído.
—En el valle de los muertos, allá arriba. En Glen Corrach. Allí no sube ni el diablo, que dicen que lava la fantasma. —El muchacho escupió—. Y encima nos deja de niñera del crío.
A Diarmad se le pasó la borrachera por dentro de golpe. Por fuera siguió balanceándose.
—¿Qué crío?
—Ninguno. Ya no. Se lo ha llevado al campamento de la garganta, a Allt Dubh, porque aquí mordía. —El muchacho se miró una mano vendada—. ¿Dónde decís que está la ternera?
Diarmad señaló el pinar con el brazo entero, hacia el norte, lejos del arroyo y de Marsaili.
—Allí. Más o menos. Por todas partes.
Los guardias se miraron una última vez y fueron. Él los siguió un trecho, cantando, dejó que se adelantaran gritando «¡ternera, ternera!» por el bosque y se volvió sin hacer ruido.
El perro viejo abrió un ojo al verlo pasar. Lo cerró.
• • •
Marsaili ya estaba dentro. Había saltado la empalizada por donde una pila de leña hacía de escalón y lo esperaba en el patio con un saco al hombro.
—¿Has encontrado a mi hermano?
—No está aquí.
Se lo dijo de frente, sin adornarlo. Lo de Allt Dubh. Lo de que mordía. Ella escuchó con la cara quieta y, al llegar a lo de la mano vendada, soltó una risa corta que no tenía nada de alegre.
—Ese es Ailean.
—Lo sacaremos de allí.
—Lo sacaré yo. —Dejó el saco en el suelo y lo abrió—. Mira esto antes.
Había pan, un queso, una vela de sebo y medio jamón de ciervo. Diarmad la miró.
—Llevo dos días comiendo raíces —dijo ella—. A mí no me mires así.
Debajo de la comida había una bolsa de cuero y un fajo de tablillas de madera atadas con una tira. Abrió la bolsa. Plata. Mucha. Peniques gruesos, limpios, con la cara de un rey con corona y cetro.
Los había visto una sola vez, en la mano de un mercader de Perth que comerciaba con los ingleses. En las Highlands no corría una moneda así.
—Plata de normandos —dijo.
En las tablillas había muescas en hilera y, al principio de cada una, un dibujo tosco grabado a punta de cuchillo: una birlina.
Y debajo, otras marcas. Diarmad las reconoció con un frío que le subía desde las tripas.
Eran marcas de oreja. La doble muesca de Strath Aird. La de su gente. Hilera tras hilera.
—Mis vacas —dijo—. Vendidas a los isleños. Una por una.
—Ya lo sabías.
—Saberlo no es esto.
Ella ató otra vez las tablillas y se las metió bajo el plaid, contra el pecho. Dejó la bolsa de plata donde estaba.
—Hay una cosa más —dijo—. En el corral. Quiero que la veas tú.
• • •
El corral estaba detrás del establo, cercado de piedra seca. En el barro pisoteado había una docena de vacas de cría, flacas de invierno, con escarcha en el lomo.
Marsaili señaló a tres, en el rincón. Viejas. Con los cuernos gastados y la cara llena de canas.
—La primera vez que vi a Tormod con estas fue en Clach nam Fiann. Le pregunté por la marca y me dijo que era de los isleños. —Se le quebró algo en la voz y lo recompuso—. No es de los isleños. No es de nadie que yo conozca. Y yo las conozco todas.
Diarmad se acercó.
La más vieja tenía el pelo de un gris azulado, el color del humo cuando llueve. Volvió la cabeza hacia él. En la oreja izquierda, cicatrizado desde hacía años, tenía un corte en forma de V abierta, dos puntas y una muesca en medio.
Una cola de golondrina.
Se quedó inmóvil.
Vio a su madre en el establo de Dùn Àird, de rodillas en la paja, con la ternera recién nacida entre las piernas y su cuchillo pequeño en la mano.
El corte rápido, la sangre poca, la ceniza en la herida.
«Las de tu padre se distinguen», le dijo aquella vez, y él tenía nueve años y quería ser el que sujetaba la ternera.
La cola de golondrina era la marca de Cormac.
Solo de Cormac. Ningún otro hombre de Strath Aird la usaba.
Y aquella vaca era la Gorm. La reconocía por el color, por la mansedumbre, por la forma que tenía de levantar el morro. Era la favorita de su madre.
Había salido de Strath Aird en agosto de 1154. La noche de la creach, con otras sesenta, entre los saqueadores del barón. La noche en que su padre se desangró en las rodillas de Ailsa.
La Gorm alargó el cuello y le olió la mano. Resopló. Le empujó el pecho con el testuz, suave, como hacía con su madre cuando le llevaba sal.
Las cosas se le fueron colocando solas, una detrás de otra, como piedras que caen.
Si la vaca estaba allí, Tormod la tenía de la creach.
Si la tenía de la creach, había tenido parte en el botín.
Si había tenido parte en el botín, era uno de ellos.
Uno de los que guiaron a los normandos por la montaña y dejaron mantos y un puñal para que pareciera cosa de Glen Corrach.
Y luego había ido a Dùn Àird con la cara limpia a jurarle que eran los MacCorrach.
Y él le había creído sin preguntar, porque estaba ciego de pena y Tormod le dio un sitio adonde mirar.
Glen Corrach no había guiado a nadie. Los viejos que ardieron, los hombres de las puertas, las mujeres, el marido de Raonaid, los padres de la mujer que tenía al lado. Inocentes. Todos.
Le fallaron las piernas y cayó de rodillas en el barro del corral. No intentó levantarse. Tenía la mano en el cuello de la Gorm, y la vaca se dejaba, caliente, quieta, con el aliento húmedo en su muñeca.
Marsaili estaba de pie a su lado. No la miró. No podía.
—Quemé tu casa —dijo— por una mentira.