TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 21. La fuente
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Capítulo 21. La fuente

La hermana del MacKerron llevaba un cántaro vacío y ninguna intención de llenarlo.

Lo dejó en el borde de la fuente, junto al chorro, y se quedó mirando la loma con las manos metidas en las mangas. No miraba a su hermano. Miraba el sitio exacto, entre las dos rocas y el acebo, donde estaba Marsaili agachada con la mano en Mordaz.

—Puedes salir tú también —dijo—. Se te ve la trenza.

Se miró la trenza. Asomaba por encima de la roca como la cola de un zorro. Salió.

La fuente brotaba de una peña cubierta de musgo helado, a tres tiros de piedra del campamento, en una hondonada adonde no llegaba el humo de las hogueras. Olía a agua de piedra, a escarcha y, de lejos, a gachas quemadas. Abajo tosían doscientos hombres que se despertaban a la vez.

Sorcha MacKerron era pequeña, de cara pálida y ojos que no se estaban quietos. Se le iban a todo: a la espada de su hermano, a las vendas, al mechón blanco, a las botas, al meñique que faltaba. Lo inventariaba todo sin prisa, igual que un tratante al que le juras que la vaca es joven.

—¿Madre? —preguntó Diarmad.

—Bien. Furiosa. —La chica se arrebujó en la capa—. Cuando Tormod llegó con la noticia, dijo «a mi hijo lo rescato yo», se trajo tres mantas y el cuchillo de la carne y se ha pasado cinco días diciéndole a la hueste por dónde buscar.

—¿Y por dónde buscaban?

—Por donde ella decía. Al principio. Después, por donde decía Tormod, pero dejándole creer que era idea suya. Es muy hábil. —Ladeó la cabeza—. Hoy volvemos a Dùn Àird. Madre dice que la nieve le sienta mal a sus rodillas y a su hijo.

—¿Qué tiene que ver la nieve conmigo?

—Dice que un hijo que se deja robar con toro y todo no merece que su madre pierda las rodillas buscándolo. Que ya volverás. Que siempre vuelves cuando tienes hambre.

Marsaili se mordió la mejilla por dentro. Él se llevó la mano a la barba, se acordó de que la llevaba anudada bajo la capucha y la bajó otra vez.

—Eso lo dice para no llorar —murmuró.

—Sí. Por eso me lo dice a mí y no a ti.

• • •

Hablaron deprisa y en voz baja, con un ojo en la loma. La muchacha contaba las cosas en orden, sin adornos, una detrás de otra, como quien pone piedras en un muro.

—Tormod ha pedido mi mano.

El MacKerron se quedó blanco por encima de la capucha.

—Por la barba de mi padre. ¿A quién?

—A madre. Tú no estabas. Ella lo ve con buenos ojos. Dice que es un hombre que sabe estar en una mesa.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Nada.

—¡Sorcha!

—Si una dice que no, la gente deja de hablar delante de ella. —Lo miró de frente—. Y yo necesitaba que siguieran hablando.

Marsaili la estudió con más atención. Había algo en aquella chica callada que reconocía: el ojo de quien vigila un corral ajeno antes de saltar la cerca.

—El día de las piedras, cuando empezaron las flechas, Tormod no estaba con nosotros. Llegó al final, cuando ya había muertos. Dijo que venía de cubrir el camino del sur. Pero su perro volvió con barro rojo hasta los corvejones.

—En el camino del sur no hay barro rojo —dijo Marsaili sin pensar.

Las dos se miraron.

—No. Lo hay en la loma de las flechas. Lo vi al subir a por los muertos. Es la única tierra roja de toda esa ladera.

Ella conocía aquella tierra. Hierro, decían los viejos. Se pegaba a las pezuñas y no salía en tres días, y por eso nunca bajaba ganado por allí cuando tenía que venderlo: un comprador listo veía el rojo y sabía de dónde venían las vacas. Se le encogió algo en el estómago. Lo apartó.

—Un perro corre por donde quiere.

—Ese no. Ese va donde va su amo. —La hermana se volvió hacia el jefe—. Y otra cosa. Tormod tiene un pabellón de caza en Tom an Fhuarain, en el pinar. Corral, establo y empalizada. En septiembre fuimos madre y yo a llevarle un queso. No nos dejó pasar del patio.

—Al queso sí, supongo —dijo Marsaili.

—Al queso sí. —A la chica se le movió la comisura de la boca—. Dijo que el establo estaba lleno de pulgas. A madre no la ha detenido una pulga en su vida. Pero él lo dijo sonriendo, y ella se volvió.

Dio un paso adelante.

—¿Tiene un niño con él? Ocho años, flaco, con un remolino aquí. —Se tocó la coronilla—. Se lo llevó de Loch na Caillich hace una semana. Dijo que a su pabellón, para que estuviera caliente.

—A la hueste no ha traído ningún niño.

—Entonces está allí.

—Si está en algún sitio, está donde no deja entrar a nadie.

Le flojearon las rodillas, y no supo si era alivio o miedo. Las dos cosas, como dos vacas que tiran de una misma cuerda hacia lados distintos.

• • •

—Podemos retrasarlos —dijo la muchacha—. Un día. Quizá dos.

—¿Cómo, si os vais hoy?

—Le diré a madre que he soñado con agua.

Su hermano abrió la boca. La cerró.

—Madre cree en los sueños —le explicó a la ladrona, ya que él seguía con la boca cerrada—. En los míos, por lo menos. Desde que soñé que padre no volvía de los pastos. Y no volvió.

Lo dijo sin cambiar de voz. A Marsaili el golpe le llegó al pecho igual.

—Si sueño con agua, madre mandará a todos a buscarlo por los vados del sur antes de irse. Y Tormod no podrá negarse, porque delante de la hueste a madre no le dice que no nadie. Ni él.

—Eso es mentir a tu madre —dijo Diarmad.

—Sí.

—Delante de mí.

—Tú te has dejado robar por una fantasma. No estás para dar lecciones.

Abajo sonó un cuerno corto: el relevo de los centinelas. Sorcha puso el cántaro bajo el chorro y esperó a que se llenara mirando el agua, muy tranquila.

Él se le acercó y le puso la mano en la cabeza, encima de la capucha, un momento torpe y pesado, igual que se le pone a un caballo que se ha portado bien.

—No te cases con nadie.

—Hoy no tenía pensado.

—Sorcha.

—Vete. Que te veo.

Volvió hacia las rocas a grandes zancadas, con la espalda muy recta, como un hombre que no quiere que se le note nada.

La chica no lo siguió con la mirada. Siguió a Marsaili, que había empezado a apartarse también, y le habló sin levantar la voz.

—Mi hermano te mira como mira su espada.

Marsaili se detuvo.

—¿Y cómo mira su espada?

—Mucho. —Se apoyó el cántaro lleno en la cadera—. Ten cuidado: la limpia mucho.

Se fue colina abajo con el agua, tarareando, sin volverse ni una vez.

• • •

Esperaron en la loma, tumbados en el brezo helado, hasta que el sol pasó por encima del pinar.

Vieron salir del campamento una partida pequeña: seis jinetes, dos mulas cargadas, la hermana muy derecha en una yegua gris y, delante, una mujer redonda y menuda envuelta en tres mantas encima de un poni, que apartaba de un manotazo a un hombre empeñado en sujetarle las riendas.

Miró de reojo al MacKerron. Tenía la mandíbula apretada y los ojos claros fijos en aquel bulto de mantas, igual que un niño mira una puerta que se cierra.

Al rato, los cuernos llamaron y doscientos hombres se pusieron en marcha hacia el sur, hacia los vados. Detrás, a caballo y con el perro negro al lado, iba un manto azul.

—Ha funcionado —dijo ella.

—Es mi hermana.

—Es una mentirosa estupenda.

—Es mi hermana —repitió él, con un orgullo que no le cabía en la capucha.

Marsaili se puso en pie y se sacudió el brezo de las rodillas. El pinar de Tom an Fhuarain quedaba al norte, a media mañana de marcha. Allí había un corral cerrado, un establo con pulgas y, si quedaba un poco de justicia en el mundo, un niño con un remolino.

—Tormod se ha ido al sur con la hueste. El pabellón se queda con dos guardias, o tres. Quizá un perro viejo.

—Es una casa ajena. Con empalizada.

Ella sonrió. Era la primera sonrisa de la mañana.

—Sé entrar en corrales ajenos.

El MacKerron se levantó, se sacudió la capa verde y la miró desde toda su altura.

—Me consta.