TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 20. La orden de la hueste
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Capítulo 20. La orden de la hueste

A Diarmad le costó doce días y una feria volver a ver su estandarte, y cuando lo vio tuvo que agacharse detrás de una roca para que no lo mataran.

El ciervo blanco ondeaba sobre verde al pie de la ladera, en un asta clavada delante de la tienda grande.

Su tienda. La de las franjas verdes y blancas que su madre había mandado coser cuando lo hicieron jefe.

Alrededor, en la hondonada, humeaban las hogueras de doscientos hombres.

Caballos atados en hilera. Lanzas en haces.

El olor a gachas y a estiércol le subió por la ladera, y le pareció el mejor olor del mundo.

Habían salido de Druim con las estrellas y andado todo el día sin comer, siguiendo el rastro que deja una hueste, que es como el que deja una manada pero con más basura. Marsaili no había hablado mucho. Llevaba la pluma azul de Gòrdan en la cabeza, y se le notaba.

—Es mi gente —dijo él.

—Ya lo sé.

—Voy a bajar.

—No.

Lo dijo sin volverse, tumbada en el brezo a su lado, con los ojos en el campamento. Él ya se había incorporado sobre un codo.

—Son mis hombres, Marsaili. Me conocen desde que llevaba faldones. Basta con que me vea uno.

—Mira quién guarda la puerta.

Diarmad miró.

En el borde del campamento, en los pasos de la ladera, había centinelas cada cincuenta varas. No eran de los suyos. Lo vio en la manera de estar, apoyados en el arco y no en la lanza. Lo vio en los carcajes. Plumas azules.

—Los de Tormod —dijo ella—. A ese de la izquierda le vendí veinte vacas en septiembre. Cuenta con los dedos.

Diarmad se tumbó otra vez despacio.

• • •

Bajaron con la última luz, entre dos rondas, hasta un peñasco que asomaba sobre el campamento, a treinta pasos de la tienda grande.

Ella iba delante, pegada a la tierra, igual que quien se acerca a un corral ajeno de noche.

Él detrás, intentando que un hombre de su tamaño pareciera una mata de brezo.

No lo consiguió del todo, pero nadie miró.

La tienda tenía el faldón delantero levantado, y dentro ardía un brasero.

Su madre estaba sentada en un taburete, envuelta en tres mantas, más pequeña de lo que la recordaba. Sorcha, a su lado, en el suelo, con las rodillas abrazadas y los ojos yendo de una cosa a otra.

Y en la silla del jefe, en su silla, estaba Tormod.

Manto azul. Sonrisa tranquila. El perro negro tumbado a sus pies, con el hocico en la bota. Tenía delante una tabla con carne asada y un cuchillo, y estaba cortando la carne en trozos pequeños, con mucho cuidado, para ponérselos a su madre en el plato.

A su madre. Que no dejaba que nadie le cortara nada. Ni el pan.

Diarmad notó que se le cerraba la mano sobre una piedra.

—Respira —murmuró Marsaili.

—Le está cortando la carne.

—Ya lo veo.

—A mi madre.

—Peor sería que te la cortara a ti.

Tormod levantó la mano izquierda para servirle vino.

A la luz del brasero se le vio el dorso, la cicatriz fina y blanca que le cruzaba los nudillos.

Una viga de Glen Corrach, había dicho él aquella noche.

Diarmad la había visto mil veces en su mesa sin mirarla dos.

Ahora la miró, y no supo por qué se le quedó en los ojos.

Su madre cogió el plato. No dio las gracias. Lady Muirne no daba las gracias por nada, y a Diarmad, por primera vez en su vida, eso le pareció una buena noticia.

• • •

Los dos centinelas pasaron por debajo del peñasco cuando ya era noche cerrada, haciendo la ronda sin ganas.

—¿Y tú te lo crees? —decía uno.

—Lo ha visto Gòrdan. Con sus ojos.

—Gòrdan ve doble desde San Miguel.

—Esta vez no. Dice que el jefe estaba en una tienda de la feria, en Druim, con la fantasma del vado. La de las vacas. Dormidos en la misma manta como marido y mujer.

—¿El MacKerron? —El primero soltó una risa—. Si a ese no hay mujer que lo aguante. Se peina más que ellas.

Marsaili, a su lado, apretó los labios. Diarmad no supo si era para no reírse o para no morder.

—Pues esta lo aguanta. Y a Gòrdan lo dejaron atado debajo de un carro, con un trapo en la boca. Ha llegado a mediodía oliendo a cebolla que tumbaba.

—¿A cebolla?

—No preguntes. Él no lo explica. —El segundo escupió—.

Tormod lo ha dicho delante de todos esta tarde, en el corro.

Que el MacKerron está embrujado o vendido.

Que la fantasma lo tiene cogido de la barba.

Y que si baja alguien del monte de noche, se tira primero y se pregunta después.

Aunque diga que es el jefe. Sobre todo si dice que es el jefe.

—¿Y si trae algo escrito?

—Ni papeles ni recados. Todo lo que venga de los proscritos es mentira. Lo ha dicho Tormod y ha dicho que sí la señora.

Se alejaron hacia la otra punta del campamento. Sus voces se perdieron entre los relinchos.

Diarmad se quedó mirando el ciervo blanco, que ya no se veía, solo el asta contra el resplandor de las hogueras.

Tenía doscientos hombres ahí abajo. Hombres a los que había enseñado a coger la lanza.

Hombres que habían comido en su salón, que le debían bodas, cosechas y alguna vida.

Si bajaba ahora, alguno de ellos le dispararía con la conciencia tranquila, por obedecer, por salvar al jefe de sí mismo.

Y Tormod lloraría en el entierro con la voz rota y llevaría a su madre del brazo.

Así se hacía. Así lo habría hecho él.

Apretó tanto los dientes que le dolió la mandíbula. Marsaili le puso la mano en el brazo, encima de la venda del lobo. No dijo nada. La dejó allí.

—Un jefe al que dispara su hueste —dijo él, muy bajo— no es un jefe. Es un blanco.

—Pues no seas un blanco.

—¿Y qué soy?

—Un boyero con hambre. —Le apretó el brazo—. Piensa. ¿Quién de ahí abajo no se cree nada de lo que dice Tormod?

Diarmad volvió a mirar la tienda. Sorcha seguía en el suelo, con las rodillas abrazadas, mirando el brasero sin parpadear.

—Mi hermana —dijo—. Desde que murió nuestro padre va sola a por el primer agua, antes del alba. Dice que es la única hora en que no habla nadie.

—¿Dónde está la fuente?

Él señaló con la barbilla hacia una hondonada, fuera del humo, donde blanqueaba una peña cubierta de musgo.

—Allí. Si no la ha cambiado de sitio para fastidiarme.

• • •

Pasaron la noche en el brezo, entre dos rocas y un acebo, a tiro de piedra de la fuente. Sin fuego. Con su capa por encima de los dos y la de ella debajo, y el frío subiendo de la tierra a mordiscos.

Ella estaba de espaldas, pegada a él. La trenza le hacía cosquillas en la boca.

—¿Por qué te reíste? —preguntó Marsaili de pronto—. En la feria.

Él lo pensó. Allá abajo, alguien tosía junto a una hoguera.

—Porque era verdad —dijo—. Me caí al río como un saco de nabos.

—Eso ya lo sabías.

—Lo sabía. No lo había visto.

Ella tardó en contestar.

—Te queda bien —dijo al fin—. Reírte.

—Se lo diré a Neachdan. Que lo añada a la lista de cosas que me quedan bien.

—¿Es larga?

—Mucho. Empieza por la barba.

La oyó reírse contra la capa, sin ruido.

Antes del alba se volvió hacia él en la oscuridad, le sacó la barba de debajo de la capa y se la anudó otra vez con el cordel, a tientas, deprisa, con dedos fríos que se le quedaron un momento en la mandíbula. Él no se movió.

—Para que te conozca tu hermana —dijo ella— y no te conozca nadie más.

El cielo se puso gris. Abajo cantó un gallo de alguien, desafinado.

Y por la vereda de la hondonada, sola, con un cántaro vacío apoyado en la cadera y la capucha echada, subió Sorcha.

No miró la fuente. Miró la loma. Miró las dos rocas y el acebo, igual que si supiera exactamente qué había detrás.

Diarmad se levantó del brezo con las rodillas crujiendo y salió a la vereda.

Su hermana no se sobresaltó. No corrió hacia él. Lo miró de arriba abajo, el barro, la venda, la capucha, la barba atada con un cordel de boyero, y algo le tembló en la boca.

—Ya sabía yo que no estabas muerto. Eres demasiado presumido para morirte en un sitio feo.