TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 19. Una sola manta
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Capítulo 19. Una sola manta

Peigi llevaba la sortija del MacKerron en el dedo gordo.

Marsaili la vio a la luz del farol, debajo de los carros del fondo, cuando fue a devolverlo. La viuda estaba en cuclillas con un caldero de caldo de cerdo y un cazo, y los hijos de los boyeros pobres le tendían escudillas desde la paja, en fila, sin empujarse. Al levantar el cazo, la plata brilló.

Ella la había tasado en el monte, la noche de Samhain. Dos terneras. Tres, a un isleño con prisa. Le había desaparecido del dedo en algún momento y la había dado por perdida en el Corrach.

—Bonita sortija —dijo.

Peigi no levantó la vista del caldero.

—Me la dio tu hombre esta tarde, mientras tú mirabas potros. Me dijo que en una feria de San Martín nadie se acuesta con la tripa vacía. —Llenó otra escudilla—. Le dije que con esto comen todos hasta Candelaria. Se puso colorado como una morcilla.

Marsaili se quedó con el farol en la mano.

—Y otra cosa te digo —añadió la viuda—. Si fuera mío, no lo dejaba dormir en una tienda de lona.

—No es tuyo.

—Eso ya lo he visto. —Peigi le dio el cazo a una niña para que rebañara—. Anda, vete. Que a esos se les enfría la paciencia antes que el caldo.

• • •

La tienda olía a perro mojado y tenía el ancho justo de una vaca tumbada. Una manta de boyero, áspera, que picaba. Un suelo de paja. Y él, sentado en un rincón con la cabeza contra la lona, desenvolviendo la espada del trapo de cebolla.

Cuando terminó, la tendió a lo largo en medio de la paja. Desnuda. Las piedras de la empuñadura recogieron la luz del farol.

—¿Eso es por mí o por ti? —preguntó ella.

—Por los dos.

—Muy noble.

—Es lo que hay. —Se quitó la capucha y se desató el cordel de la barba con un suspiro de alivio, igual que quien se quita unas botas apretadas. Las dos puntas cayeron sobre la túnica, aplastadas y torcidas—. Mi senescal lloraría.

Marsaili apagó el farol. Se tumbó a su lado de la espada, de espaldas a él, con Mordaz a mano y la manta hasta la oreja. La manta era una sola, así que la otra mitad le tocó a él, y la espada quedó debajo, entre los dos, como una frontera que se puede tocar.

Afuera, la feria seguía cantando. Alguien había vuelto a coger la flauta.

—¿Te ha ofrecido también el cerdo? —dijo ella a la oscuridad.

—Y el hidromiel. Y a su difunto, si lo desenterraba.

—Qué mujer tan generosa.

—Mucho. —Una pausa—. ¿Eso son celos?

—Eso es cuenta. Media tienda es mía y no me gusta que la alquilen otras.

Lo oyó reírse por la nariz. Desde la tarde, aquel hombre se reía con una facilidad que la ponía nerviosa, igual que un perro que de pronto no ladra.

• • •

Hablaron porque no podían dormir.

Él le habló de Ailsa, la mayor, casada al otro lado del Bealach y encinta de su primer niño, que le mandaba cartas que el padre Colmán le leía tartamudeando en las partes tiernas.

De Sorcha, que callaba tanto que la gente se olvidaba de que estaba y hablaba delante de ella.

De su madre, que había ganado más pleitos mirando a la gente que todos los jueces del rey.

—Te corta la carne —dijo ella.

—Tiene manías.

—Ya me lo dijiste.

—Pues sigue teniéndolas.

Y ella, sin saber cómo, le habló de los suyos.

De su padre, que le enseñó a leer las orejas de las vacas antes que a contar: «Una vaca te cuenta su vida por la oreja, si la sabes escuchar».

De sus dos hermanos, que la tiraban al loch en verano para que aprendiera a nadar y la sacaban cuando dejaba de insultarlos.

De su madre, que cantaba a los potros para domarlos y decía que con los hombres valía la misma canción, más lenta.

No dijo nombres. Los nombres se quedaron en la garganta, detrás de la paja y de la espada. Él no los pidió.

—Te vi con Peigi —dijo al fin.

—Ya lo sé. Me lo has dicho dos veces.

—No. Esta noche. Con el caldero. —Se volvió en la paja, hacia él, aunque no se veía nada—. Llevaba tu sortija.

Silencio. Después, muy digno:

—Me pesaba en la bota.

—Valía dos terneras.

—Por eso no se la di a un isleño.

—¿Por qué se la diste a nadie?

Tardó en contestar.

—Había una niña. Debajo de un carro. Me miraba la jarra. —Se le notaba la incomodidad en la voz, la de un hombre al que le han pillado haciendo algo que no sabe explicar—. Me miraba muy mal.

Marsaili no contestó.

Pensó en el hombre del vado, el de la capa y la espada desnuda, el que había bajado a cazarla con veinte antorchas.

Pensó en el hombre de la tea de Glen Corrach.

Y pensó en este, que se ponía colorado como una morcilla porque una niña descalza lo había mirado mal.

No sabía cómo meterlos a los tres en la misma tienda.

Y en el cinto tenía un cuchillo de mango de hueso con sangre vieja de un hombre que él había querido como a un hermano.

Alargó la mano por encima de la manta, a ciegas, y tocó la espada. Fría. Él debía de estar haciendo lo mismo, porque sus dedos se encontraron encima del granate. Los de ella, vendados. Los de él, calientes. Ninguno los retiró. Ninguno los movió tampoco.

Así se durmió. Con la mano en la frontera.

• • •

La despertó el frío.

Un soplo helado en la nuca, de lona levantada. Abrió los ojos sin moverse. Las hogueras de fuera se habían quedado en brasas y la feria roncaba. En la entrada de la tienda había una sombra agachada, con algo en la mano que no era un cazo.

La sombra entró a gatas. Olía a cerveza y a humo. Pasó junto a ella, despacio, buscando a tientas, y le tocó la trenza. Se paró. Después se inclinó sobre el otro lado, sobre la cara de él, donde la barba suelta asomaba por encima de la manta.

—El MacKerron —susurró la sombra, con un asombro casi alegre.

Marsaili le echó la manta por la cabeza.

Fue todo a la vez y sin un grito. Ella encima de la manta con todo su peso.

Él despierto de golpe, con el brazo bueno alrededor del cuello del bulto y el malo sujetándole la mano del cuchillo contra la paja.

El bulto pataleaba. Una bota golpeó el palo de la tienda y la lona entera tembló.

Fuera, alguien cantaba una canción de cosecha y la dejó a medias.

Marsaili sacó la cabeza del intruso de la manta lo justo para verle la cara a la luz de las brasas. Picada de viruelas. Gòrdan. Lo había visto en Clach nam Fiann, contando las vacas que ella le vendía a Tormod.

Él abrió la boca para gritar.

Ella le metió dentro el trapo de cebolla.

Gòrdan puso unos ojos enormes. Lloraba. Era la cebolla.

—Cuerda —susurró el MacKerron.

—Ya.

Le ató las muñecas a la espalda con el lazo de ganado, y luego los tobillos a las muñecas, con el nudo de las terneras que no se dejan marcar la oreja. Él lo miró hacer en silencio.

—¿Lo matamos? —preguntó ella.

—No.

—Muerto lo buscan antes.

—Atado lo encuentran tarde. —La miró por encima del bulto—. Y no mato a hombres atados en tiendas prestadas.

Lo sacaron entre los dos, a rastras, hasta un carro de heno que había a diez pasos, y lo metieron debajo, entre las ruedas, con heno por encima. Gòrdan resoplaba cebolla. Al tercer resoplido dejó de intentarlo.

Volvieron a la tienda a por sus cosas. Ya no había tiempo de dormir. Ella miró al cielo: todavía negro, pero con ese gris en el borde del este que avisa sin prisa.

—Tenemos que irnos antes del alba —dijo.

—Lo sé.

Marsaili cogió el saco de harina del isleño. Lo pesó en la mano. Después lo dejó junto al caldero de Peigi, debajo de los carros, sin decir nada, y no se volvió a ver si él la miraba.

La miraba.

Fue al recoger el carcaj de Gòrdan, caído junto a la tienda, cuando se paró en seco. Sacó una flecha. Le dio la vuelta hacia las brasas.

Pluma azul. Teñida. La misma que le había salido del pecho a Fearghus Liath en las piedras, mientras preguntaba qué decían.