TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 18. La feria de San Martín
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Capítulo 18. La feria de San Martín

Para pasar por boyero, a Diarmad MacKerron le sobraban la barba, la espada, el broche y la manera de andar.

—La barba —dijo Marsaili.

—No.

—Las dos puntas se ven desde Inverness.

Se la anudó ella misma con un cordel de cuero, retorcida hacia dentro, igual que se ata la cola de un caballo para el barro, y se la metió bajo la capucha. Él miró al cielo con cara de mártir.

—El broche, dentro.

—Es de mi padre.

—Capas verdes hay mil en esta feria. Broches como ese, uno.

Se lo prendió por dentro, contra la túnica. La espada se la envolvió ella en el trapo de cocina que olía a cebolla, el de la cueva, hasta que pareció un fardo de queso.

—Y no andes así.

—¿Así cómo?

—Como si te fueran a coronar al final del prado.

—Cojeo.

—Cojeas como un rey. Cojea como un boyero. —Le dio el ronzal de una ternera—. Eres Diarmad el boyero. Diarmad hay mil. Y yo soy tu mujer.

—¿Y cómo se llama mi mujer?

—Tu mujer.

• • •

Druim olía a sangre, a humo y a dinero.

Era San Martín y se mataba. En el prado del cruce, entre carros y tiendas de lona, colgaban cerdos abiertos en canal, y las mujeres removían cubos de sangre para las morcillas con los brazos rojos hasta el codo.

Alguien tocaba una flauta que sonaba a cabra con cólico.

En un corro, dos carneros se embestían con ruido de mazo sobre roble, y los hombres apostaban a voces.

Y había ganado, cientos de cabezas, y boyeros cerrando tratos a mano alzada: se escupían en la palma, se daban la palmada y la vaca cambiaba de dueño.

Diarmad no había estado nunca en Druim. Mandaba a Neachdan.

Lo primero que vio, junto al pozo, fue a cuatro cazadores de Tormod.

Los había visto en su patio, comiendo su pan.

Estaban comprando vacas: apartaban a las mejores con la vara y pagaban en plata, sin regatear, igual que se paga lo que se va a vender caro.

Uno tenía la cara picada de viruelas, como un queso viejo. Gòrdan, le decían. El Picado.

Bajó la cabeza. Marsaili le metió el brazo bajo el suyo y se le pegó al costado, con cara de esposa aburrida. Él notó la cadera de ella contra la suya a cada paso y se le olvidó cojear.

—Para Loch nan Ròn —murmuró Marsaili—. Para los isleños.

—Lo sé.

—Ahora lo sabes mirando.

• • •

Vendió las terneras a un isleño a veinte pasos de los de Tormod.

El isleño tenía la barba trenzada, un aro de oro en la oreja y olor a foca. Les miró los dientes y la oreja.

—Doble muesca —dijo—. Strath Aird.

—Buena hierba la de Strath Aird —dijo Marsaili.

—¿Y su dueño?

—Muy ocupado. Se cayó a un río.

El isleño se rio. Miró las terneras otra vez con ojo de tratante.

—¿No las echarán de menos?

—Muchísimo —dijo Diarmad.

Le salió con la voz de leer un testamento. Marsaili le pisó el pie con todo el talón.

—Mi marido es muy sentimental —le explicó al isleño—. Les ha cogido cariño por el camino.

Regatearon. Ella pedía y el isleño se ofendía; él ofrecía y ella se ofendía más. Quedaron en plata y un saco de harina. El isleño se escupió en la palma y se la tendió.

A Diarmad.

Miró aquella mano. Miró las terneras, las suyas, que lo miraban a él con la indiferencia infinita de su especie. Miró a Marsaili, que sonreía con todos los dientes.

Se escupió en la palma y le dio la palmada.

Le dolió más que la flecha.

• • •

La cerveza la vendía una viuda.

Se llamaba Peigi y tenía un tonel bajo un toldo, unos brazos de amasar y una risa que se oía desde los carneros. Le llenó la jarra hasta que la espuma le cayó por los dedos y no le cobró la espuma.

—¿Y ese brazo vendado, boyero?

—Un lobo.

—¿Y el lobo?

—Muerto —dijo Marsaili—. Lo maté yo.

Peigi la miró de arriba abajo.

—Ah. Pues sí que es tu mujer. —Se volvió hacia él y se apoyó en el tonel—. Yo tengo un cerdo entero colgado, recién matado. Y me sobra medio. Mi difunto tenía tus hombros, que en paz descanse. Un desperdicio.

—¿El cerdo o el difunto?

—Los dos.

Marsaili se fue a mirar unos potros, muy derecha.

Bebió. La cerveza era espesa y amarga. Bajo los carros del fondo había niños sentados en la paja.

Hijos de boyeros pobres, descalzos, con los ojos puestos en los cerdos colgados.

Una niña de unos seis años lo miraba a él, a su jarra llena y a su capa buena con un desprecio tan limpio que tuvo que apartar la vista.

Se tocó la bota sin darse cuenta.

• • •

Al caer la tarde encendieron las hogueras grandes y el boyero borracho se subió a un barril.

Era bajo y ancho, con la nariz como una ciruela, y levantó la jarra.

—¿Sabéis la del MacKerron? ¿La del jefe de Strath Aird?

Hubo risas antes de que empezara. La sabían todos y querían oírla igual.

—Tres semanas preparándole la trampa a la fantasma del vado.

¡Tres semanas! —Se atusó una barba que no tenía y medio prado aulló—.

Baja al río en su caballo, con la espada brillando y la barba peinada para la ocasión.

Y la fantasma, que era una moza, le pone una cuerda en el camino.

¡Y el gran MacKerron, al agua, como un saco de nabos!

Carcajadas. Peigi se secaba los ojos con el delantal.

—¡Y ella lo saca del pelo, como a un gato! ¡Y se lo lleva al monte atado a la cola de su propio toro, con toro y todo!

Diarmad apretó la jarra hasta que le crujieron los nudillos.

A un hombre lo mataban por menos. A un jefe, por la mitad. Tenía un nombre que sonaba como una campana en todos los salones del oeste, y se lo estaban pasando de boca en boca por un prado lleno de estiércol.

Y entonces lo vio.

Lo vio desde fuera, igual que lo veían ellos.

Neachdan peinándole la barba para ir a cazar a una lavandera.

Él bajando la loma a caballo, magnífico, con el broche golpeándole el pecho.

La cuerda. El chapuzón. La mano de una mujer agarrándole del pelo.

Su toro, su toro, llevándoselo a rastras al monte sin volverse a mirarlo.

Nadie en aquel prado lo odiaba. Se reían de un hombre que se cae al río, que es de lo que se ríe la gente desde que hay ríos.

Y era gracioso. Era lo más gracioso que había oído en su vida.

Se le escapó por la nariz, primero, un resoplido de buey.

Después ya no pudo pararlo. Se rio de sí mismo por primera vez en treinta y un años, a carcajadas, con la jarra derramándose y un ruido enorme que tapó la flauta.

Se rio de la arquera de Glen Dubh y de su irlandés, y de la calza de Perth.

Se rio hasta que le dolió la pierna de la flecha y tuvo que apoyarse en el tonel.

—¡Y eso no es lo mejor! —gritó, cuando pudo—. ¡Dicen que el toro no le hace caso! ¡Que lo llama y el toro se rasca!

El borracho lo señaló desde el barril, encantado.

—¡Eso no lo sabía yo!

—¡Lo sé de buena tinta! ¡Y que se peina más que su madre!

El prado entero se vino abajo. Peigi le llenó la jarra sin preguntar.

Se secó los ojos con la manga. Se sentía ligero, raro, como cuando se quita una cota de malla después de un día entero. Tardó en notar que alguien no se reía.

Marsaili había vuelto de los potros. Lo miraba con la boca un poco abierta y los ojos de pizarra fijos en su cara, buscando algo que no encontraba donde lo había dejado.

—No te conozco —dijo, muy bajo.

—Diarmad el boyero. —Levantó la jarra hacia ella—. Para servirte.

• • •

Ya era noche cerrada cuando Peigi se les acercó con un farol y cara de haber perdido una apuesta.

—Me queda una tienda. La última, la de los boyeros del fondo. —Se encogió de hombros—. Para los recién casados. Por si a tu mujer se le enfría la feria.

Marsaili cogió la tienda antes de que él pudiera abrir la boca.

Él se echó el fardo de queso al hombro. Al volverse hacia el fondo del prado, por encima de las cabezas, lo vio junto a la hoguera de los compradores, con una jarra que no bebía.

Gòrdan el Picado no miraba al boyero.

Miraba a su mujer. Y la miraba demasiado.